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Nuestra fe como un verbo -- Pilly y Dina

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Moceop

Matrimonio mexicano, recién casadas en Valencia.
Su boda fue ocasión también de una celebración cristiana original. Enriquecen con su vida y su presencia al grupo cristiano Lambda.
Somos un matrimonio de mujeres inmigrantes de América Latina que vivimos con alegría la presencia de Dios en nuestras vidas. Y queremos compartir nuestra experiencia de compatibilidad de fe y orientación sexual.

La fe ha sido una actitud que desde pequeñas, en el seno de nuestras familias, nos fue inculcada como un requisito de vida, como una necesidad humana, ambas con una formación católica continua en las etapas básicas de nuestras vidas, una estudió hasta los 17 años en una escuela de religiosas y, la otra, en el catecismo, cursos de verano, grupo de adolescentes, evangelización y grupo de crecimiento.

Durante nuestra educación en la fe, la preparación a los sacramentos y en las celebraciones dentro de la iglesia, el tema del lesbianismo fue un tema velado, oculto, no nombrado, desde la óptica donde lo que no tiene nombre, no existe. Ese no dar cabida en el discurso familiar, educativo, espiritual fue siempre un deber pendiente de los adultos que participaron en nuestra formación.

En nuestros recuerdos no encontramos un señalamiento, ni bueno ni malo, por la preferencia sexual hacia las personas del mismo sexo; en la homilía dominical únicamente se concibe hasta la fecha, la unión entre un hombre y una mujer, por lo tanto el tema del lesbianismo, simplemente no aparecía en el discurso religioso y a nuestra forma de entenderlo, al silenciarlo, tampoco daba cabida a ser condenado o permitido de forma directa, abierta a la comunidad, al menos en los espacios religiosos donde nos desenvolvimos. Situación que contrastaba con la gama de sentimientos ambivalentes que durante la pubertad y la adolescencia fueron manifestándose en nuestro interior. Porque ese tema no pronunciado, es en esa moral oculta donde se introyectaba como prohibido.

Desde lo individual antes de conocernos, cada una vivía la fe dentro del formato tradicional, asistencia a los actos religiosos obligatorios y participando de las tradiciones culturales de nuestro país que son tan arraigadas. Sin poder compartir con la comunidad religiosa y familiar nuestra verdadera fe: La creencia en un Dios que nos ama, tal y como somos, que nos dio la vida y conoce hasta nuestros más profundos sentimientos. Que nos ofrece la oportunidad de ser felices, y la esperanza permanente en que el amor es la fuerza que mueve y transforma el mundo.

El reto mayor no lo tuvimos con asumir nuestra orientación sexual, ni con nuestra confianza en Dios y su amor incondicional, sino con la forma de vivir en plenitud nuestra relación con Dios y nuestra relación de pareja, es decir, compartiendo con otr@s nuestro crecimiento espiritual, viviendo activamente su palabra, de manera total, visibilizándonos ante la comunidad con la que compartimos la fe. En este aspecto de nuestras vidas, el ocultamiento había sido una forma casi natural de vivir en aparente armonía, pero con un malestar interior que no tenía que ver con el hecho de amarnos, era la incomodidad de no ser honestas, compartir nuestro amor con los familiares, amigos y con quienes vivimos la utopía de un mundo distinto, sin temores, en libertad, con igualdad y respeto a tod@s los hij@s de Dios. Tal incongruencia nos provocaba un sentimiento de incomodidad. Porque fingir lo que no somos es un dolor muy singular que aleja de la palabra del Señor.

Desde que nos conocimos y nos enamoramos empezamos a compartir la fe, nos reconocimos una a la otra con el amor de Jesús entre nosotras y comenzamos a asistir juntas a los actos religiosos, a leer la palabra, a incluir en nuestros planes la bendición de Dios. Esta forma íntima de compartir la fe, nos dio la fuerza de visibilizarnos ante la familia y los amigos, asumiendo con la fortaleza que el Señor nos dio, las consecuencias, enfrentamos rechazo por un lado pero también aceptación y alegría por otro.

Fue así como entre los misterios del plan divino, llegó a nosotras el primer contacto con una comunidad ecuménica donde otras personas LGTB se reúnen para compartir la fe, la Iglesia de la Comunidad Metropolitana Reconciliación (ICM). Descubrimos la alegría de compatibilizar nuestra fe y nuestra orientación sexual. De cara a una comunidad donde ser lesbiana no era prohibido, y ser cristianas no tenía porque ser una aberración, sino una bendición.

En la Ciudad de México, la Iglesia de la Comunidad Metropolitana Reconciliación cada domingo celebra el servicio religioso y allí acuden las personas sin importar su orientación sexual y teniendo la oportunidad de poderla manifestar, sin ser discriminados, sino más bien, acogid@s con respeto y dignidad. A pesar de vivir en una provincia a 10 horas de la Iglesia, una luz se abrió en nuestras vidas.

Celebramos en la Iglesia de la Comunidad Metropolitana “Reconciliación” (ICM) nuestra ceremonia de Santa Unión. El rito de Santa Unión, tiene por objeto reconocer la presencia de Dios en la pareja formada por dos hombres o dos mujeres. Es un rito que se recupera de la tradición cristiana primitiva, y cuyos datos más antiguos nos llegan del siglo III de la era cristiana.
El rito de Santa Unión, tiene dos diferencias importantes con el rito de Santo Matrimonio, que también se celebra en la ICM; la primera es que el rito de Santa Unión es más antiguo dentro de la tradición cristiana, pues el de Santo Matrimonio se instituyó en el S. XIII mientras que, como ya hemos dicho, la Santa Unión existe desde el siglo III. La segunda diferencia estriba en que en el Rito de Santa Unión, se bendice a la pareja formada por dos hombres o por dos mujeres, mientras que en el rito de Santo Matrimonio se bendice la pareja formada por un hombre y una mujer.

Ninguna diferencia más existe entre ambos ritos, pues en los dos se bendice el amor existente en la pareja, independientemente de que sean homosexuales o heterosexuales.
Para nosotras esta ceremonia nos permitió manifestar públicamente que contamos con la presencia incondicional de Dios en nuestra vida de pareja, la presencia de un Dios que no discrimina por la clase social, raza u orientación sexual. Saber que podemos contar con él en los momentos de acoplamiento que se viven en toda relación de pareja, que podemos pedirle su luz y especialmente que somos dignas de participar en la eucaristía, porque su cuerpo y su sangre son símbolos de Amor.

Coincidimos en que si hemos sido creadas a imagen y semejanza de Dios y que si Dios es amor, somos fruto de su amor.
No esperamos reconocimiento o aprobación por parte de la jerarquía católica, porque sabemos que contamos con lo más importante y es la presencia y el amor de Dios. Pero también porque hemos descubierto que hay una Iglesia fiel a su palabra, al mensaje de Amor que con Jesús ha llegado a nuestras vidas para trasformarla.

Cuando llegamos a España buscamos esa Iglesia que habíamos descubierto y hemos crecido a lado del Grupo Cristiano Lambda y de las Comunidades Cristianas Populares, donde hemos dejado de ser espectadoras de las celebraciones litúrgicas y hemos empezado a andar un camino de servicio, de alegría y de lucha en diferentes causas por la igualdad, la tolerancia, el respeto a la diversidad de Dios.

Estamos en continua formación, aprendiendo, pero especialmente desaprendiendo, porque así como el tema de la orientación sexual, son muchos los temas pendientes de nuestra primera formación en la fe.
Hace unos meses, le dimos carácter legal ante los hombres y mujeres en España a nuestra unión a través del matrimonio civil y después de ello, celebramos una eucaristía de acción de gracias por nuestro enlace civil, renovando nuestros votos de la Santa Unión.

Damos gracias a Dios por este tiempo juntas, por la dicha de tenernos la una a la otra, por las experiencias vividas, por la dicha de poder conciliar nuestra fe con nuestra orientación sexual sin culpa, por la forma de enfrentar cada día lo cotidiano y para renovar nuestra promesa de mediar las dificultades que se nos presenten, teniendo como principios el respeto, el amor, la colaboración.

Vivimos nuestra fe como un verbo en todo sentido, entendiendo que el verbo implica una acción, es decir que como hijas de Dios padre y madre, ejercemos nuestro derecho a la Fe, un derecho que nos fue otorgado incondicionalmente por nuestro creador. Y con las obligaciones del pueblo de Dios, de actuar en busca del bien común, de la libertad, de la solidaridad, de la justicia, del amor entre tod@s.

Hoy más que nunca nos sentimos dignas de recibir el cuerpo y la sangre de Crist@ y con la plena convicción de que el Amor no se niega, ni se condiciona. El Amor de Dios está entre nosotras y compartirlo es una de las tantas formas de vivir su palabra.

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