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No tires piedras al tejado de tu vecino, si el tuyo es de vidrio -- Alfonso J. Palacios Echeverría

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Panamá profundo

El 24 de Diciembre, como regalo de Navidad de la Iglesia Católica para la humanidad, la prensa internacional destacó que Benedicto XVI, en su discurso de fin de año, lanzó una dura crítica contra la población homosexual de todo el planeta (no solamente contra los homosexuales católicos, entendámonos), señalando que este hecho irrebatible: la existencia de la homosexualidad en la actualidad y a través de la historia de la humanidad, en todas las culturas conocidas, es “como una amenaza tan grave para la humanidad como los cambios climáticos que registra el planeta”.

O sea: según ello el planeta debió haber desaparecido hace ya mucho tiempo, pero sigue allí, con homosexuales y todo.

Leer estas declaraciones me causó estupor, aunque era de esperarse que quien ya había cometido toda clase de barbaridades verbales en contra de otros grupos y nacionalidades con sus declaraciones públicas, desde que asumió el pontificado de Roma, se dejara venir con tan virulentas y aberrantes expresiones.

Luego de superar el asombro que me causaran sus palabras, me invadió un profundo dolor al constatar que quien las realizaba era, en primer lugar, el supuesto representante de Cristo en la tierra –y sobre esto me refiero más adelante, sobre la postura de Cristo- , y que en segundo lugar provenía del representante supremo de la Iglesia Católica , un colectivo en donde la homosexualidad es práctica común y, lo que es peor, la pederastia comprobada la ha llevado ante los tribunales de justicia ¡por fin! causándole al menos daños económicos enormes.

Mi primera reacción se expresa en el título de este artículo: no tires piedras al tejado de tu vecino si el tuyo es de vidrio, y para ello no requiero dar ninguna explicación. Usted entiende perfectamente qué quiero decir. Solamente que ahora, cuando ya está manchada la Iglesia Católica por sus propios delitos, resulta una cortina de humo realizar estos “gestos”; que eso son: gestos vacuos y sin sentido.

Por ello, y a riesgo de ser malinterpretado, acusado e incluso perseguido por fanáticos y fundamentalistas católicos, me atrevo a realizar estas consideraciones, como un acto “cristiano” hacia quienes nacieron con la condición homosexual como preferencia sexual, a pesar de no practicar dicha creencia religiosa, aunque creo conocerla un poco mejor que la mayoría de quienes la practican, porque la he estudiado a conciencia. Y para que no quede duda alguna de ciertas fuentes, me baso en consideraciones de un sacerdote católico, a quien cito más abajo, y que ha trabajado a fondo con homosexuales.

Debo en primer lugar señalar que Jesús nunca condenó la homosexualidad. No hay un solo pasaje en los evangelios que pueda interpretarse en ese sentido sin falsear gravemente el texto y su contexto. Por otro lado, la constancia con que los evangelios canónicos hacen referencia al hecho de que Jesús nunca rechazó a nadie, que se acercó a las personas que eran despreciadas y marginadas en su tiempo, que tenía una intención clara de reintegrar a quienes eran marginados o excluidos de sus comunidades, que lo caracterizan como una persona esencialmente misericordiosa, pero que luchaba a brazo partido contra quienes utilizaban la religión para marginar y excluir y que, precisamente por eso, recibió amenazas y fue finalmente ajusticiado, todo ello indica que el Jesús que nos transmiten los evangelios no condenó nunca la homosexualidad ni a las personas homosexuales, aunque esta afirmación pueda parecer un anacronismo, pues el concepto de “persona homosexual” es bastante reciente.

Desde luego que esto no quiere decir que el campo de la sexualidad sea un campo ajeno al seguimiento de Jesús. La dignidad de la persona, el respeto a las diversidades, la justicia y la equidad en las relaciones interpersonales, son todos valores que entran en juego en el ejercicio de la sexualidad. Cuando la iglesia recomienda relaciones humanas y no cosificantes, respetuosas y no impositivas, fieles y no mentirosas, no hace otra cosa que arrojar una luz de evangelio sobre esta realidad que es tan decisiva para la felicidad de la persona.

Reconocer la homosexualidad como una señal de diversidad que no tiene por qué merecer un calificativo moral negativo, no implica que las personas homosexuales no tengan que ajustarse a los estándares morales cristianos en sus relaciones interpersonales. Todos, homosexuales y heterosexuales, están llamados a la santidad dentro de las iglesias cristianas, y cada uno la alcanzará de acuerdo con su naturaleza, pero todos regidos por los valores del evangelio.

En segundo lugar, creo que hay dos realidades en confrontación. Por un lado, a pesar de que la discriminación a las personas homosexuales sigue estando presente en muchos países, el panorama actual marca una tendencia irreversible a su aceptación y al reconocimiento legal de la diversidad sexual como un hecho irrefutable. La cantidad de países que continúan considerando las relaciones entre personas del mismo sexo como delito a perseguir son cada vez menos.

Se han establecido mecanismos, en la Unión Europea , por ejemplo, para que ningún país miembro tolere discriminación alguna por motivos de orientación sexual. Todo esto no es solamente un dato anecdótico, sino la muestra globalizada de lo que yo llamo una “mutación de conciencia”. Se va llegando cada vez con más claridad a la concepción de que la democracia, para serlo cabalmente, tiene que ser ajena a la exclusión, a la marginación y a la desigualdad, asegurando el pleno ejercicio de los derechos y de las libertades de las personas. Este cambio que se está dando en la conciencia de los individuos y las colectividades.

Se va abriendo paso una nueva concepción, que muchos llaman “cambio antropológico”, en el que las personas homosexuales comienzan a ser vistas, consideradas y tratadas, como personas diferentes, pero sin que esa diferencia marque una desigualdad en la dignidad y los derechos.

Esta toma de conciencia está muy lejos de ser una moda temporal o la señal del deterioro de las condiciones morales del mundo. Se trata de caer en la cuenta de que estamos frente a una realidad antropológica que sencillamente es así. Se trata de un auténtico descubrimiento humano, aunque pueda parecer banal. Nos estamos dando cuenta sencillamente de que hay gente que es así, y que son más de lo que nos imaginamos, lo cual no convierte a estas personas en algo especial ni las hace ni más ni menos capaces para realizar cualquier cosa.

Lo tercero que debo resaltar, para claridad de los lectores, es que, para la Iglesia Católica , todo lo que tiene que ver con sexo pareciera ser malo, sucio. La sexualidad se concibe como una tentación permanente y tiene como fin echar a perder las cosas buenas. El sexo se concibe como un mal que origina otros males y, por tanto, la vida sin el ejercicio de la sexualidad sería mucho mejor.

Es cierto que esto no aparece así en los documentos oficiales, pero sí se deja ver en la práctica pastoral cotidiana. Está también la idea de que el sexo tiene como única finalidad la procreación y que cualquier uso del sexo fuera de tener hijos no es bueno y la culpabilización del placer. Finalmente, es también un lastre la mentalidad que juzga la bondad o maldad de una persona solamente en referencia al ejercicio de su sexualidad.

El sacerdote católico Raúl Lugo Rodríguez, en su libro “Iglesia Católica y Homosexualidad” considera seis puntos concretos que refutan esta posición. Indicando lo siguiente:

El sexo es bueno. Fue puesto por Dios como oportunidad de realización personal y de maduración en comunidad. Es una fuerza constructiva, que equilibra, que permite alcanzar la felicidad. La sexualidad no se identifica con la genitalidad, es mucho más que eso, es una fuerza integradora de la personalidad, que permite una sana apertura al ‘otro/a’. La sexualidad es, también, un camino al misterio del Dios amor.

La unión genital entre un hombre y una mujer tiene dos finalidades, no solamente una: se trata de crecer en el amor y de fundar una familia. Ninguno de estos fines es más importante que el otro. En el caso de las relaciones que tengan en sí mismas la imposibilidad de la procreación (relaciones entre personas estériles, relaciones homosexuales) la atención debe centrarse en el cumplimiento de la otra finalidad.

El placer es parte importante del ejercicio de la sexualidad y, en general, de una vida sana y fecunda. No somos estoicos: somos cristianos. No amamos el dolor, aspiramos a construir una sociedad feliz en la justicia y la fraternidad.

La vida humana es mucho más que ejercicio de sexualidad. Han de preocuparnos tanto los valores de la justicia y la igualdad, como la pureza y la castidad. La normatividad eclesiástica sobre la vida sexual no ha de tener como finalidad la represión de la libido, o la supresión de la libertad de decisión y de elección de cada persona, sino garantizar que el ejercicio de la sexualidad se mantenga en la dimensión humanizante y humanizadora.

La combinación de libertad y responsabilidad es la clave para una vida sexual cristiana. Es un espacio que no queda al margen de nuestro seguimiento de Jesús. Esto no quiere decir, sin embargo, que la iglesia institucional tome las decisiones en la cama que solamente a las personas implicadas les corresponde asumir.

Por último, una advertencia que no es ociosa. El sexo es muy importante para tratarlo a la ligera. Ya lo dice el dicho:”puede más un par de tetas, que un par de carretas”. En el ejercicio de la sexualidad es nuestra vida la que va en juego. Las decisiones en materia de sexualidad tienen el poder de transformar la vida en un cielo o en un infierno. Por eso hay que evitar a toda costa la banalización de la sexualidad. Una vida auténticamente humana y cristiana ha de integrar el ejercicio de la sexualidad en un arco amplio que supere la simple animalidad o la búsqueda desenfrenada del placer.

Finalmente, el mismo pontífice señala “aquí se trata de un hecho de fe en el Creador y de escuchar el lenguaje de la creación, cuyo desprecio sería la autodestrucción humana”, considerando este mensaje apocalíptico como solamente para los católicos, pues para los otros miles de millones de pobladores del planeta estas palabras no poseen ningún significado ni importancia. Ellos creen en otras cosas, y en muchas culturas no cristianas la homosexualidad se acepta como una variante más de la actividad sexual. Por lo tanto, como la fe es un acto libérrimo, de selección y decisión personal, ningún dogma puede imponernos qué es bueno o malo, aceptable o inaceptable.

Además… seamos serios… cuando el techo es de vidrio, no se nos debería ocurrir tirar piedras a nada ni nadie.

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