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Navidad. Habitar el descampado -- Nicolás Alessio, teólogo

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Navidad
Habitar el descampado
Los desterrados encuentran su casa
Nuestro «oikos», la Pachamama, casa-madre tierra nos cuida. Somos cubiertos por su seno húmedo y cálido.

Estaba desnudo y me cubrieron, peregrinaba y me alojaron. Metáforas del amor que da un lugar, que permite al otro ser. Gestos que hacen posible el arraigo, las raíces. Los despojados, los saqueados por el sistema que todo lo arrasa, por los imperios de la desolación, necesitan el cobijo. No pueden ser los «sin terruño», los “sin lugar”.

Proclamamos el derecho a ser cubiertos, atendidos en el desamparo. Es el desabrigo de los que quedan afuera y la orfandad de los que, desde las fronteras, pugnan por su lugar.

Dios ha mirado a los afligidos, atormentados en Egipto, en la casa de la muerte, y los invita a liberarse, promete una tierra y un futuro. Los invita a rescatarse, pero antes, los cubre con su sombra ante las amenazas del peregrinar. En la casa de mi Padre hay un lugar, muchos lugares, dirá Jesús.
Pero no se trata del refugio de los cobardes o de los cómodos. Cuando Dios se llega y acampa entre los pobres, se hace habitante de nuestra morada, lo hace para ser parte de la fiesta y del combate.
La fiesta de pertenecer a nuestro linaje y el combate contra todos los que atenten contra nuestros herederos. La morada en el desierto de los sencillos es la morada de todos los refugiados del mundo.
Juan gusta de los símbolos. Fuego, agua, viento. Las «moradas en la casa de mi Padre” de las que habla Jesús, nos llaman la atención. En la mentalidad judía eran algo muy concreto, tangible, por más que sean las «moradas» del más allá que, por otra parte, siempre es un “más acá”.
Es el consuelo para los discípulos en sus luchas, por eso no podemos solo entenderlo como una promesa de un horizonte lejano, sin tiempo ni “topos”.
Más vale preguntarnos ¿cuál es la «casa» de su Padre? Hay una mención en otro texto referida al Templo de Jerusalén. Lugar sagrado que ha sido convertido en lugar de negocios por los mercaderes inescrupulosos, una “cueva de ladrones”.
Explotación de los empobrecidos. ¿Acaso nuestra madre tierra no ha sido convertida en «lugar de negocios», en esa “cueva” para saqueadores?
Un lugar toxico, lleno de desechos, imposible de habitar. El sacrilegio mejor disimulado por mercaderes de la agonía. La perversión más sutil de nuestros territorios y vecindades.
Las finanzas contaminantes amenazan de muerte a cientos de miles de nosotros, de nuestras crías, de nuestro humus vital. Las finanzas han amenazado de muerte a nuestra madre tierra y ya no nos puede abrazar sin mancharnos.
La posada de Dios no puede ser convertida en el lugar de la especulación que todo lo ensucia.
¿Donde posarán sus cuerpos los sin refugio, aquellos a quienes se les ha quitado el lugar para ser, el cobijo para arraigar, el hogar para el amor?
Hemos quedado desnudos y frágiles ante los demonios neocoloniales de las semillas envenenadas.
Y es claro, la casa de su padre tiene que ser la casa de los desprotegidos. De los que no tienen ni casa ni consuelo.
Voy a prepararles un lugar. El «lugar» esta, pero hay que conquistarlo, hay que merecerlo, hay que lucharlo. Es el lugar del banquete, pero hay que estar vestido de fiesta. Y el vestido de fiesta es también la vestidura del combatiente.
Del que conquista para sí y para otros un lugar, un dominio, un territorio.
En la navidad Dios se puso, se llego a nuestra morada. A nuestra casa. Ya no habita en la lejanía ni en templos construidos por manos de hombre, como dirán los profetas. Es el “con nosotros”, que viene a prepararles un hogar a los huérfanos y excluidos.

Por eso cuando quisieron construir un tabernáculo, un lugar para Dios en el desierto son los profetas los que dicen que Dios no necesita ni oratorios ni capillas.

El universo es su tienda. Y en ese universo sobre todo el corazón de las víctimas. Las victimas pueden encontrar su morada en Dios porque Dios encontró su casa en ellos.

Por eso Jesús promete prepararles «un lugar». No tener «un lugar» es enfrentar la muerte sin armaduras. Es no ser nadie. No existir, no estar en ningún lugar. Y sin el “oikos” no hay comunión, fraternidad.

Por eso Jesús promete «estar» cuando dos o tres se reúnan en su nombre. Por eso promete hacer de nuestros cuerpos su templo y que llegara un “kairós”, el tiempo de los adoradores en espíritu y en verdad.

Y si Jesús prepara un lugar es para que también nosotros seamos capaces de preparar el acampe a otros. Acogida en nosotros de los sin techo, de los errantes sin lunas y ni soles. Preparar una habitación, un lugar para ser.

Así, la Navidad, es el acontecimiento de los desterrados. Nada que ver con una fiesta social o familiar. En todo caso, vale preguntarse en la reunión familiar, ¿qué festejamos? ¿o es ya una pregunta inútil?

Para una cultura básicamente nómada, acostumbrada al rigor del desierto, solo protegida por sus carpas y tiendas, el tema de la casa no es un tema menor. La casa representa el lugar del cobijo, de la protección, de la supervivencia, de la vida, del futuro. La casa del Padre Dios es el lugar simbólico de todas las carpas y tiendas que sean necesarias para protegernos de todos los desiertos.
El abrazo tierno a todos los maltratados.

Esto es Navidad. Un recién nacido, en la labilidad del que no tiene nada, y que además, según los textos sagrados, “no encontró un lugar”, primera experiencia de despojo, de precariedad, y, sin embargo, encuentra abrigo.

En realidad, porque su lugar es el firmamento todo. El pesebre, ese establo, es el universo.

No queremos desiertos llenos de mendigantes de agua y dignidad, acechados por la muerte antes de tiempo, por agonías previsibles, por acuciantes gritos desesperados. Por caídos antes del alba, como cuando nos extinguimos de manera prematura.

Por eso conmemoramos la Navidad.

La navidad es la memoria de aquellos despojados que encontraron su refugio, su cobijo.

Porque cuando el hijo del hombre encontró donde cobijarse ya nadie debiera soportar ningún destierro.

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