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Mujeres y minifaldas -- Coral Bravo

Publicado en

El Plural

En el VI «Encuentro Mundial por las familias» celebrado a mediados de mes en México, la Iglesia Católica ha vuelto a dar muestras de su profunda y ancestral misoginia, así como de la intolerable falta de respeto a las mujeres que caracteriza su ideario y sus pautas de actuación.

El periodista mexicano Mario Gálvez, en un artículo publicado el día 17 en la revista Milenio, reproduce literalmente las palabras vertidas por el arzobispo de Santo Domingo, Nicolás de Jesús López, quien, en el mencionado Encuentro católico, afirmó que «con escotes pronunciados y minifaldas las mujeres están provocando al hombre». Por su parte, el obispo auxiliar de Tegucigalpa, Darwin Ruby Andino, manifestó, de la misma guisa, que «debido a la ropa provocativa que usan las mujeres se exponen a violaciones, a que las usen, que las traten como un trapo viejo, porque desvaloran su persona y su dignidad».

Culpables
El obispo de Ciudad Juárez -donde desaparecen y son asesinadas en impunidad cientos de mujeres-, ignorando cualquier atisbo de humanidad y sentido coherente de la ética, afirmó, por su lado, que «la mujer no solo tiene que cambiar su manera de vestir, sino sus actitudes. Se ha perdido el pudor en la familia mexicana». Y, no queda ahí la cosa, y traspasando los límites de lo que Valle-Inclán definiría como el esperpento, una mujer, la religiosa Alexandra Marcillo, manifestó, imagino que en un arrebato de «fervor místico», que «las mujeres tienen la culpa de que las ataquen».

Pedofilia
Estas indignantes afirmaciones me recuerdan unas declaraciones similares del Obispo de Tenerife, de hace aproximadamente un año, quien, para justificar la pedofilia, argumentó que «el abuso de menores se produce porque hay niños que lo consienten y que incluso lo provocan». Se trata, sin duda, de la misma consigna: culpabilizar a la víctima del abuso sexual cuando el abusador es un miembro de la Iglesia.

Represión
La feroz represión sexual a la que se somete a los adeptos, no solo del cristianismo, sino de cualquier organización religiosa, a lo que lleva es a la patología sexual y a la perversión, la cual pretenden justificar con la culpa de la víctima. Porque la anulación de la sexualidad, como una función importante de la fisiología y la afectividad del ser humano, es una atrocidad que no debiera ser consentida. Como no deberíamos consentir, de ningún modo, la apología de la indignidad de la mujer que preconizan los jerarcas católicos.

La manzana
Durante veinte siglos el catolicismo ha inoculado en la sociedad el desprecio a lo femenino. Ya la primera mujer bíblica, Eva, fue la culpable del «pecado original» que, según el ideario católico, se cierne implacable sobre la humanidad. El morder la manzana prohibida (la manzana de la ciencia y el saber) fue el gran pecado de la primera mujer. Es decir, el que Eva osara indagar, conocer, cuestionar y experimentar, ha sido durante muchos siglos el argumento perfecto para culpar a la mujer de la que consideran la gran mácula de la humanidad…. ¡Tremendas consecuencias de un simple
mordisco a una manzana, la verdad…!.

Vejaciones
¡Buen comienzo tuvimos las mujeres desde el principio del cristianismo! Y así nos ha ido a lo largo de la historia, siendo sometidas (no por los hombres, sino por las religiones) a dos únicos modelos antagónicos: la mujer virginal, aquella que desconoce el placer a pesar de ser madre, o la pecadora, la mala, la que, por su atractivo, constituye un peligro para el hombre…porque la felicidad, el contento y el placer son una amenaza para este ideario represor que basa sus fundamentos teológicos en el sufrimiento, la divinización del dolor, el sacrificio y el famoso y aterrador «valle de lágrimas» -como promesa de una supuesta felicidad tras la muerte, ¡tiene narices…!-. Y ni qué decir del islamismo fundamentalista, que, aun hoy, continúa sumiendo a las mujeres en las más inimaginables vejaciones.

Ya no
En fin, no pretendo, en absoluto, teorizar sobre ningún dogma teológico porque considero más que evidente que se trata de mecanismos intelectuales y emocionales de sometimiento y represión. Pero sí creo importante hacer ver a aquéllos, sean quienes sean, que nos quieren volver a confinar a las mujeres en la prisión de la culpa, el complejo o el miedo, que, simplemente, nada tienen ya que hacer. Porque, a estas alturas, la mayoría de las mujeres solemos respetar nuestro cuerpo, como solemos valorar nuestra mente. A estas alturas, las mujeres no consideramos pecado, ni cosa del demonio, el estudiar, investigar o analizar la realidad que nos circunda. A estas alturas ya no vamos a tolerar que nos enemisten con los hombres, igual de víctimas que las mujeres de las represiones dogmáticas e ideológicas.

El viaje
A estas alturas no estamos dispuestas al eterno sacrificio, ni a la humillación de pulular por la vida como ciudadanos de tercera, ni a justificar palizas o menosprecios, ni a conformarnos con una simplista explicación del mundo. A estas alturas no vamos a poner en duda nuestra dignidad, ni vamos a avergonzarnos de nuestra feminidad, ni a identificar la belleza con la trasgresión, ni a justificar agresión alguna por llevar minifalda. A estas alturas no queremos tener amos que nos repriman a nuestro lado, sino respetuosos y cómplices compañeros con los que compartir y gozar del duro -pero apasionante- viaje de la vida. Viaje que debería ser un valle, no de lágrimas (ni culpas, miedos o castigos), sino de crecimiento, alegría, solidaridad y aprendizaje. Estoy segura de que la gran mayoría, tanto de hombres como mujeres, es lo que realmente merecemos y deseamos.

Coral Bravo es doctora en Filología y miembro de Europa Laica

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