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Monseñor Romero: 30 años después -- José María Castillo, teólogo

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Hoy hace 30 años que el arzobispo de San Salvador, Mons. Oscar A. Romero, fue asesinado, mientras celebraba la eucaristía en la capilla del hospital para enfermos terminales donde él mismo vivía. Un tirador profesional le puso la bala mortal en el corazón. Su cuerpo ensangrentado cayó sobre el altar en el momento del ofertorio.
A Mons. Romero no lo mataron por comunista. Ni por meterse en política, como si él perteneciera a la guerrilla del FMLN, enfrentada al partido ARENA, de extrema derecha. Los que dicen tales cosas, mienten.

A Romero lo mataron porque se puso de parte de un pueblo machacado por la ambición de 12 familias, que eran los dueños de todo aquel país, El Salvador. Más en concreto, a Romero lo asesinaron un lunes. El día anterior, en la homilía que pronunció en la catedral, les dijo a los militares:

«Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: NO MATAR… Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios… Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla… Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado…

La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre… En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más y más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión…!»

Al decir esto, Romero firmó su propia sentencia de muerte. Y él lo sabía. Romero pronunció aquella homilía con miedo, con mucho miedo. Me consta, por un sacerdote que habló con él aquella misma tarde, que se sentía hundido y solo, sumido en una profunda noche oscura. Al día siguiente lo mataron.

Han pasado 30 años. En estos años, han subido a los altares cientos y cientos de santos y beatos. El arzobispo Romero sigue esperando en la cripta de la catedral de San Salvador, que en Roma se acuerden de él. Esto da que pensar. Aunque da más que pensar que el pueblo sencillo y humilde de los países pobres del Sur lo llame «San Romero de América». Los pobres lo han subido al altar pobre que ellos tienen.

Pero más que esto, da que pensar – y mucho – el ejemplo de este obispo. Ejemplo de libertad al servicio de la misericordia. Ahora, a los 30 años de su muerte, lo más urgente no es que Roma lo canonice, sino que Roma aprenda lo que representa y exige la libertad al servicio de la misericordia. Esto es tan urgente porque el día que en Roma tomen en serio este criterio, ese día los obispos de todo el mundo empezarán a decir, en sus sermones, en sus homilías, en sus escritos y declaraciones públicas, lo que, hace 30 años, dijo Monseñor Romero. Es urgente que los obispos, como hizo Romero, se pongan de parte de la vida.

No sólo en el asunto del aborto y la eutanasia, sino además en tantas otras situaciones en las que la vida de los más débiles e indefensos se ve machacada y humillada de tantas formas. Sueño con el día en que nuestros obispos hablen contra la corrupción de los bancos y las empresas financieras con la misma energía con que hablan contra los pecados que afectan a la vida privada de los individuos y de las familias.

Sueño con el día en que los obispos clamen contra los niños esclavos que trabajan en las minas y al servicio de las multinacionales por uno o dos dólares por noches enteras de trabajo. Sueño con el día en el que los obispos denuncien en los tribunales a los curas pederastas de sus diócesis. Sueño con el día en que los obispos clamen públicamente contra la fabricación y venta de aramamentos. Sueño con el día en que se acaben tantos silencios episcopales que son muy difíciles de entender.

Y ¡por favor!, que nadie me diga que siempre estoy hablando contra los obispos. ¿Pero no se dan cuenta de que aquí estoy hablando a favor de ellos? A mis 80 años, puedo asegurar que he sufrido mucho de la Iglesia y por la Iglesia. Nunca jamás me iré de ella. Nunca dejaré de amarla. Porque veo que sólo amando a la Iglesia, desde la libertad al servicio de la misericordia, podré verle sentido a mi vida. Respeto y admiro a quienes ven las cosas de otra manera. Pero yo, con la humildad que puedo, digo en público que éste es el sentido que le veo a mi vida y a mi futuro.

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