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Mis otras áfricas: Burundi -- José Carlos Rodríguez

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Umoya

Burundi y su vecina Ruanda son como dos hermanos gemelos. Tienen la misma extensión (aproximadamente como Bélgica), el mismo número de habitantes (ocho millones), la misma composición étnica (15% de tutsi, 84% de hutu y 1% de pigmeos tua) y el mismo hermoso paisaje de valles y colinas donde prácticamente toda la tierra está cultivada.

Burundi también ha tenido una tormentosa historia de guerras y masacres desde su independencia en 1961. Sin embargo, el ambiente que se respira hoy día en Burundi es distinto del de Ruanda. Hay más libertad y la gente habla con menos miedo.
En primer lugar porque, con todos sus defectos, ha habido un proceso de paz que culminó con la firma de un acuerdo en 2005, y cuando la paz es fruto de una negociación es más estable. El principal grupo rebelde de la mayoría hutu (CNDD) ganó las elecciones y su presidente Pierre Nkurunziza ha cambiado la guerrera militar por el despacho de político y hace lo que puede, aunque se le nota la inexperiencia.

Quizás insistieron tanto en resolver el problema étnico que la gente votó por él porque se presentaba como el salvador de los hutu, pero cuando se trata de gobernar el país que es aún el quinto más pobre del mundo eso no basta. Quizás por eso, el principal partido de la oposición, el FRODEBU, es también de mayoría hutu. Y aún queda un grupo rebelde hutu radical, el FLN-Palipehutu, que no ha entregado las armas y que de vez en cuando produce algún sobresalto. Además, el propio partido en el poder lleva mucho tiempo desgastándose en luchas internas, lo que culminó en la detención de su presidente Hussin Rajaba en mayo del pasado año.

El acuerdo de paz de Burundi, que tuvo como mediador a Nelson Mandela, estableció cuotas étnicas en el Gobierno, el Parlamento y el Ejército, algo que no es del agrado de la vecina Ruanda, ya que este sistema les recuerda al antiguo régimen de Habyarimana, a quien se considera responsable de la organización del genocidio de 1994.

Recorriendo el país, uno se encuentra con otra diferencia con respecto a Ruanda. En Burundi, hay monumentos para recordar a los muertos víctimas de los dos bandos: los militares tutsi y rebeldes hutu. En Ruanda, sólo se puede recordar a las víctimas de los hutu y se niega a las otras víctimas el derecho a honrar a sus muertos, y esto es algo que tarde o temprano termina por pasar factura. Y aunque Burundi está aún muy lejos de ser un modelo de libertad de expresión (hay periodistas que han terminado en la cárcel por criticar al Gobierno), por lo menos se puede hablar con una cierta libertad. Y es posible que sea el país africano con el extraño récord de tener el mayor número de antiguos presidentes que viven en el país, entre ellos Jean-Baptiste Bagaza (el que expulsó a los misioneros del país en los años 1980) y el pragmático Pierre Buyoya, que aceptó la negociación con los rebeldes y puso en marcha el proceso democrático para terminar retirándose voluntariamente.

Las gentes de Burundi, como las de Ruanda, son muy trabajadoras y sufridas. Tienen una cultura milenaria basada en una monarquía tradicional, con mil matices de comportamiento y visión del mundo expresada en proverbios e historias tradicionales. A pesar del carácter generalmente reservado de sus habitantes, si se gana uno su confianza se pueden escuchar testimonios impresionantes de perdón, de reconciliación y de voluntad de vivir en paz.

Seguramente la figura más conocida de Burundi a nivel internacional es Marguerite Barankitza, más conocida como «Maggy», una tutsi que en 1993 escondió a decenas de hutu en su casa y que tras presenciar la masacre de las personas a las que intentó salvar, fundó una ONG para ayudar a niños huérfanos de ambas etnias y educarlos para la paz. Cuando anduve por allí, en junio del año pasado, se vivía una gran euforia de miles de refugiados burundeses que regresaban de la vecina Tanzania después de muchos años de exilio.

Me impresionó el gran trabajo que realizaba con ellos el Servicio Jesuita al Refugiado, así como la impresionante labor que llevan a cabo los Padres Blancos con la minoría pigmea batua, a quienes dan la posibilidad de tener casas decentes, mejores medios de vida y educación.
Artículos tomados de Las Fuentes del Nilo

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