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México: Maciel, punta del iceberg -- Salvador González Briceño

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Alainet

“Sólo conozco dos tipos de personas razonables: las que aman a Dios de todo corazón porque le conocen, y las que le buscan de todo corazón porque no le conocen”: Blaise Pascal (1623-1662).
Medidas de maquillaje. Los lineamientos emitidos —reforma ordenada— por el papa Benedicto XVI, para purificar desde el interior de la iglesia y post mortem las acciones denigrantes que pesan sobre Marcial Maciel Degollado, y al interior de la sociedad toman calidad de acusaciones sobre pederastia, abusos sexuales que incluyen a sus propios hijos y la vida de doble moral que llevó, como era de preverse, dejan inamovible el negocio creado por él.

Es decir, que instituciones como la “Legión de Cristo”, cuya fundación data de 1941 y a la fecha cuenta con al menos 900 sacerdotes y tres mil seminaristas, tiene presencia en 18 países, administra 12 universidades y agrupa unos 70 mil integrados en la corriente denominada “Regnum Christi”, y las consagradas, seguirán en pie porque reditúan ganancias tanto al interior de dichas instancias como de la propia Iglesia católica.

Ese es el motivo, el económico, el único que explica tamaño atropello e impunidad intocable y violación cometida contra niños, jóvenes y jovencitas en el nombre de Cristo y al interior la jerarquía religiosa. Lo lamentable es que el caso Maciel no haya sido un hecho aislado, sino una práctica continua que ensucia la “castidad” de no pocos curas y en general las prácticas religiosas de personas bienintencionadas que acuden en pos de un acercamiento significativo en Cristo. Porque Maciel es tan solo la punta del iceberg.

No olvidemos que siglos ha que la iglesia dejó de ser una vía alterna para la salvación de las almas, como presume en un mundo de incautos —o personas de buena fe, desesperados y con el vacío característico de personas alejadas de la espiritualidad interior—, para convertirse en un brazo más del Estado y al servicio de mismo. Y sin visos de reforma para rescatar la senda de las prácticas religiosas con principios auténticamente cristianos. ¿Alguien se acuerda de los diez Mandamientos de Moisés?

En este sentido, la perdición religiosa tampoco es reciente. Ni los “pecados capitales” de las instituciones católicas cometidos son contados con los dedos; resultan auténticas lozas sobre sus espaldas. ¿Alguien olvidó ya la purga cometida contra las sagradas escrituras, convirtiendo muchos de los textos fundamentales en apócrifos? ¿Alguien los enjuiciamientos absurdos en aras de la verdad contra Galileo Galilei, sólo por decir que la tierra no era el centro del universo? ¿Alguien olvidó la creación de ejércitos como los Templarios que, en aras de conquistar tierra santa, asesinaron gente inocente? ¿Nadie se acuerda ya de la Santa Inquisición, aplicable tanto en Europa como en nuestra América en aras de la evangelización?

Más cerca todavía. ¿Será posible olvidar las ofensas cometidas por la iglesia en los tiempos de la persecución contra los judíos; y en general el papel que jugó la iglesia en Roma en los tiempos de la Segunda Guerra, que permitió a los alemanes ejercer la cacería dentro de la propia Italia? ¿Alguien olvidó ya que la iglesia de Roma es una institución financiera más, con grandes inversiones en pos de la ganancia en el peor estilo del especulador burgués? ¿Alguien olvidó ya que tanto Juan Pablo II sostuvo a Maciel, como ahora Joseph Ratzinger trata de solo lavar su imagen?

Las ofensas no se olvidan cuando son heridas profundas que no encuentran curaciones que ayuden a cicatrizar perfectamente. Y la iglesia, a lo más que ha llegado es a pedir perdón, como lo hizo el “papa viajero”. “Pedimos perdón y perdonamos”, dijo Juan Pablo II, por los errores cometidos en el pasado y “Por la purificación de la memoria”. Pero ahora, como en el pasado, la iglesia no muda sus prácticas perversas, porque no conlleva una religiosidad bajo principios dignos de todo buen practicante.

Si no preguntémosle a los ofendidos, a las víctimas de la pederastia no únicamente del “padre” Marcial Maciel sino de todos los curas acusados en diversas partes del mundo. También, si las propuestas de cambio —que ni purga siquiera al interior de los Legionarios— del heredero Álvaro Corcuera llegan hasta el fondo de los problemas y tienen intención de resolverlos. Sus prohibiciones tienen el carácter de enterrar en recuerdo de Marcial, más no de sus herencias.

Seguirán las instituciones de Maciel. El lucro en pie, y los ingresos para el Vaticano. El maquillaje autorizado por el cardenal Velasio de Paolis, como delegado pontificio, no implica cambio de muro sino de fachada. El decreto del 6 de diciembre resulta hasta ofensivo. Para los Legionarios, no habrá más “referencias públicas de su fundador”; se “prohibirá” la venta de escritos personales (más bien tiene demandas de plagio); se retirarán las fotos en las que “se encuentre en compañía de Juan Pablo II”; ya no será el “fundador de la Legión de Cristo y del Regnum Christi”, sino “P. Maciel”; no se le dirá “nuestro Padre”.

Todo eso, dijo Corcuera, en la “firme esperanza de que esta postura institucional (sic) ayude a todos los legionarios y miembros del movimiento Regnum Christi a centrarse en la persona de Cristo y a seguir muy unidos en la caridad”. Además de la “absoluta disponibilidad” de los legionarios a acatar los “mandatos”. Con todo y que las “consagradas” y los niños seguirán siendo violentados en sus derechos humanos elementales dentro de dichas instituciones.

Nada significativo será, que no se celebrarán fechas relativas al nacimiento, el bautismo, el onomástico y la ordenación sacerdotal. Y el día de su fallecimiento será dedicado “especialmente a la oración”; al igual que la sepultura ubicada en Cotija, Michoacán, “como lugar de oración por el eterno descanso de los difuntos”. Porque los abusos contra menores seguirán en la impunidad.

Como dijo Alejandro Espinosa, autor del libro El legionario de Cristo: “Las disposiciones emitidas son pura simulación para acallar los latigazos que les está dando la prensa internacional. Es una comedia. El Vaticano es tan hipócrita como la secta legionaria; el único mérito de Maciel es haber exhibido la podredumbre vaticana sin proponérselo” (Jornada de ayer). Como diría el refrán: “Lo que hace la mano hace la tras”.

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