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Mensaje del Encuentro de los curas obreros de Francia

Publicado en

Lyon 10-12 Mayo 2008
En esta fiesta de Pentecostés, los Curas Obreros de Europa y de Francia reunidos en LYON-Valpré hacemos una llamada a nuestra Iglesia para anunciar del Evangelio en el mundo de los trabajadores.

A lo largo de nuestra vida como trabajadores nos hemos topado con la injusticia, la desigualdad, la explotación, el racismo y la marginación y con el sometimiento a la ley del lucro y a las lógicas del capital y del sacrosanto mercado. Vivimos la humillación y el no reconocimiento en los lugares de trabajo y en nuestros barrios. Vivimos en nuestra carne la rudeza de las condiciones de trabajo, el estrés de las cadenas o de los objetivos a conseguir. Sufrimos bajos salarios, y cada vez hay mayores dificultades para acceder servicios sociales de las familias y los hijos. Nos preocupa el aumento del individualismo y de las agresiones a las organizaciones sindicales, asociativas, políticas y a los movimientos colectivos solidarios.
Sin embargo nuestra esperanza se mantiene.

¿Cómo no alegrarnos siempre que encontramos hombres y mujeres, jóvenes o niños abiertos a la solidaridad, cuando luchan contra el racismo, dispuestos a actuar, capaces de crear inicitivas para construir una sociedad más humana? Estas personas comprometidas de nuestros ambientes son mucho más numerosas de lo que parece aunque los medios no hablen de ellos. En las entrañas del mundo popular se comprende con claridad porqué Jesús eligió estos ambientes para inaugurar la humanidad nueva que promueve el Evangelio.

Somos testigos con otros compañeros de la Misión Obrera de muchos compromisos colectivos en favor de la dignidad de los hombres y mujeres, de la justicia y de la solidaridad Reconocemos que ahí están los cimientos para construir una humanidad solidaria, fraterna y pacífica. Esas son las primicias del reino de Dios que se está gestando. Son los signos del Espíritu que nos empuja a vencer el mal en el seguimiento de Jesús, el Mesías.

Hemos escogido integrarnos en los colectivos sociales. Éstos dejan huella en nosotros, nos trasforman y hacen de nosotros ser miembros de un pueblo que sufre y lucha, que grita su dolor, su esperanza y que construye el futuro a tientas en un mundo destructor y hostil. La misma institución eclesial a veces nos da la impresión que está más tentada por preservar su identidad que de reconocer en estas mujeres y hombres que se sacrifican por un mundo diferente.

En los últimos decenios nuestras sociedades se han trasformado en sus estructuras fundamentales. El mundo obrero, a pesar de los ataques sufridos y de su desestructuración, continúa con sus miedos e incertidumbres, pero también con sus esperanzas y con sed de justicia, de fraternidad y de paz, rebelándose contra la resignación.

Con otros movimientos y grupos en la pastoral popular compartimos las dificultades y la esperanza del mundo de los trabajadores del momento actual. Con ellos compartimos también la preocupación de anunciar y ser testigos del Reino de Dios que está entre nosotros. Por esta razón hacemos esta llamada para:
• Que se ponga una atención particular en los ambientes más representativos de las clases populares y del mundo del trabajo
• Que se envíen grupos de pastoral, laicos, religiosas, diáconos y en particular Curas Obreros a estos ambientes.

En el momento actual en que la indiferencia respecto a la fe puede parecer general y escasean las vocaciones al sacerdocio, la Iglesia se siente amenazada por la secularización y siente la tentación de reagrupar las fuerzas, frenar a los audaces, encerrarse en sus prácticas religiosas y el culto y preocuparse de sobrevivir. Nuestra experiencia, por el contrario, confirma que el mundo del trabajo tiene iniciativas de liberación y la Iglesia debe dedicar a él sus fuerzas para no caer en el riesgo de faltar a su misión. Los primeros apóstoles conocieron este riesgo mortal de desinteresarse de las expectativas humanas. Cerraron las puertas del cenáculo. Gracias a Dios, no pudieron impedir que el Resucitado entrase dentro y les echara fuera para ser sus testigos hasta los confines de la tierra.

Curas Obreros, como muchos otros bautizados, deseamos una Iglesia que se acuerde y esté segura que el sacerdocio está, en efecto, en el pueblo de Dios. Intentamos crear una Iglesia que tenga la audacia de salir al encuentro de personas de otras creencias, no por estar segura de sus certezas, sino con el espíritu del que busca, del que tiene necesidad de los demás para llegar a la verdad. Trabajamos para que la Iglesia invente nuevas formas de vivir y de estar en un mundo que nos ya el de la cristiandad; una Iglesia que se arriesgue a salir de ella misma, que impulse y desarrolle imaginación para ponerse al servicio del nacimiento del Reino de Dios caminando junto con los hombres y mujeres enamorados de libertad y de fraternidad, de justicia y de paz, hacia un futuro para todos…

La Iglesia no tiene sentido sino vive en el mundo. Su misión no consiste en estar satisfecha con sus instituciones, sino en anunciar un Evangelio siempre nuevo en una sociedad en continua evolución, ni en atrincherarse en lo que ella cree que es “su” verdad, sino en descubrir la savia evangélica que brota en la tierra de los vivos. Es en este terreno donde tiene hacerse presente para que se la pueda encontrar y tenga su sentido su existencia.

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