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MANUAL DE SUPERVIVENCIA. Justo Serna

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Diario de Levante

Mi hijo tiene un libro que les recomiendo vivamente. Se titula Manual de supervivencia en situaciones extremas. «Cómo reaccionar ante el ataque de una serpiente venenosa», «Cómo comportarse durante un tiroteo»…, son sólo algunos de los capítulos de un volumen muy serio y a la vez desternillante. He mirado en su índice por si entre los peligros que detalla había alguno que me concerniera especialmente. De hecho he buscado algún capítulo cuyo epígrafe pudiera ser «Cómo comportarse ante un laico».

No se lo tomen a broma: si hemos de creer a Benedicto XVI, el laicismo es uno de los males de Europa, una situación extrema a evitar y para la que habría que seguir también su manual de supervivencia, su catequesis.

En Abc he leído el último discurso del Papa y, de creer al Pontífice y al editorialista confesional del rotativo («Europa, frente a su esencia espiritual», 25 de marzo de 2007), estaríamos bajo riesgo. Los argumentos y el dictamen son bien conocidos. Europa no tiene resuello porque le falta el aliento divino. No hay una crisis social en nuestro Continente: lo que hay es una crisis moral, y cuando Joseph Ratzinger o el editorialista de Abc dicen moral se refieren expresamente a las Leyes de Dios. ¿Y en qué consistiría dicha crisis? Para empezar en la confusión entre democracia y secularización, entre derechos y vida muelle. Según Benedicto XVI, la laica sólo es una de las modernidades posibles (y, entre ellas, la peor), ya que habría otras formas de acceso al mundo contemporáneo: por ejemplo, la de la custodia religiosa del progreso. Pues bien -nos dice inmediatamente-, lo que parece haberse implantado de un tiempo a esta parte es una modernidad secularizada, incluso atea, un avance material y técnico que habría facilitado, por un lado, lo mejor (el bienestar) y, por otro, nos habría llevado a lo peor (la restricción demográfica, por ejemplo).

La verdad es que cuesta admitir un diagnóstico tan simple, tan expeditivo. Pero convengamos en esos argumentos para comprobar qué podemos hacer. Si todo depende de Dios, debería preguntarme a qué Providencia estamos atados quienes no creemos. ¿Al Dios cristiano, católico, esa divinidad que estaría en el origen cultural de Europa y por cuyo reconocimiento legal en un preámbulo constitucional tanto pugnaron los más fervorosos, entre ellos el Vaticano? ¿O a Yahvé, de cuyo remoto origen también me debería reconocer deudor? ¿O a Alá? Resulta difícil escoger entre las religiones monoteístas si uno no cree o ha dejado de creer o si uno cree que no cree (por decirlo con una fórmula inversa a la del filósofo Gianni Vattimo). Pero más difícil es si, como dice el Papa, el porvenir de la democracia en Europa y de los derechos humanos depende de la presencia de Dios en la vida cotidiana. Imagino a un clérigo pertinaz y ultramontano diciéndome esto, pero imagino también a un capellán bondadoso respetando mi incredulidad sin atribuirme la culpa de todos los males. Si el futuro de Europa depende de la presencia de Dios y si este continente funciona mal, entonces… ¿a quiénes deberíamos responsabilizar? ¿A un Dios ausente (Le Dieu caché), que deja al hombre construir su propio infierno? ¿O a unos europeos irreligiosos que habrían expulsado a ese ser providencial?

Me resulta asombroso estar hablando de todo esto cuando no tengo noticias de Dios, pero sobre todo cuando sabemos que la tolerancia fue una virtud predicada (ay, Dios, ese lenguaje) desde la incredulidad ilustrada o anticlerical. Benedicto XVI, al que sigo para ver si de su lectura obtengo una enseñanza edificante, lleva todo su pontificado defendiendo estas cosas sin tener en cuenta a quienes no creemos, a quienes creemos que no creemos o a quienes no creemos que creemos. En realidad, lo que debería reclamarse no son valores cristianos, sino los principios laicos universalistas, justamente aquellos que defendiera tiempo atrás José Antonio Zarzalejos, el director de Abc, frente al embate islamista. «El estricto cumplimiento de la ley», decía en 2005, pero también «el respeto a la propiedad, la igualdad entre los hombres y las mujeres, la proscripción absoluta de cualquier antisemitismo, la democracia pluripartidista como sistema de representación política, el Estado aconfesional o laico como criterio de relación de los poderes públicos con las religiones en un marco de libertad de cultos».

¿Y ahora qué hacemos? Por lo que veo hay católicos que creen llegado el fin del laicismo y, por ello, se han propuesto la reconquista de nuestras almas siguiendo las instrucciones de su manual de supervivencia en situaciones extremas.

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