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LULA Y LA DERROTA DE LA CASA GRANDE. Leonardo Boff

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Casa-Grande y Senzala (1933) de Gilberto Freyre es más que uno de los textos fundadores de la moderna interpretación de Brasil. Estos dos términos, la Casa Grande —donde vivían los señores de esclavos que cultivaban el azúcar— y la Senzala de los esclavos negros —donde dormían con grilletes en los pies—, dan cuerpo a un paradigma y a una forma de habitar el mundo. Vivir como en la Casa-Grande significa establecer una relación patriarcal de dominación social, de creación de privilegios y jerarquías.

Vivir como en la Senzala es ser expoliado como ser humano, sea como esclavo negro, convertido en «pieza» que se vende y se compra en el mercado, sea como trabajador, usado como «carbón a ser consumido» (Darcy Ribeiro) por la máquina productiva. Estas dos figuras sociales, históricamente superadas, todavía perduran introyectadas en las mentes y en los hábitos, especialmente en nuestras oligarquías y élites dominantes.

Ellas aún se consideran las dueñas de Brasil, con exigua sensibilidad por el drama de los pobres. La Casa-Grande se transformó en una poderosa realidad virtual que se manifiesta en la forma como actúa el gran capital nacional, como se hacen las alianzas entre los dueños de la prensa comercial, como se manejan los hechos y se crea el imaginario por la televisión para que la Senzala continúe Senzala, su lugar en la sub-historia.

Ocurre que los de la Senzala resistieron siempre, se rebelaron, crearon millares de palenques donde vivir libres, se fundieron con los demás pobres y marginados, y consiguieron, especialmente a partir de 1950, organizarse en innumerables movimientos sociales populares. Conquistaron aliados de otras clases, intelectuales y sectores importantes de las Iglesias. Crearon el poder social popular que, en un momento dado, se definió como poder político y, junto con otras fuerzas, dieron origen al Partido de los Trabajadores (PT). De dentro de ese pueblo irrumpió Lula como legítimo representante de estos destituidos de la Casa Grande, con carisma e inteligencia no común. Voy a dar mi testimonio personal: he recorrido casi todo el planeta, me he encontrado con hombres notables de la política, de las ciencias, del pensamiento y de las artes.

Entre las personas más inteligentes que he encontrado está Luis Ignacio Lula da Silva, ahora nuestro presidente. Solamente los ignorantes pueden llamarlo ignorante. Su inteligencia forma parte de a su carisma: despierta, aguda, que va rápidamente al núcleo de los problemas y sabe formularlos de manera propia, sin pasar por la jerga científica.
Su victoria es de una magnitud histórica, pues por dos veces la Senzala ha vencido a la Casa Grande. Los continuadores de la Casa Grande han hecho todo e intentarán todavía todo para entorpecer esta victoria. Como no tienen tradición democrática y es muy escaso su sentido ético, acostumbran usar todas las armas y hacer «chanchullos», como los han hecho en elecciones anteriores. Sólo esperamos que no lleguen a pensar en el recurso al asesinato.

El desafío ahora es consolidar la victoria de la Senzala y dar sostenibilidad a un proyecto que supere históricamente esta división perversa de Casa-Grande y Senzala, para que se inaugure un nuevo tiempo de una «democracia sin fin» (Boaventura de Sousa Santos), de cuño popular y participativo.

Este proyecto sólo podrá seguir su curso si Lula realimenta continuamente sus raíces en articulación con las bases de donde viene. Ellas son las portadoras del sueño de otro Brasil e infundirán fuerza al Presidente. Las heridas que la Casa Grande abrió en el tejido social y ecológico de nuestro país son sanables. Una política que tenga como centro al pueblo hará bien incluso a esas élites. Ahora no es el momento de la revancha sino de la magnanimidad, del país unido alrededor de un proyecto integrador.

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