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Los sacerdotes casados, signo del Espíritu (XI) -- Rufo González

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Moceop

Los miles de sacerdotes casados, una “voz de nuestro tiempo”
Acostumbro a leer los comentarios a mis artículos. Apenas contesto puntualmente. Pero sobre el artículo anterior ha habido algunos comentarios que, creo, merecen reflexión. No podemos en la Iglesia de Jesús pasar de largo, y no “auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina…” (GS 44). Creo que este tema es muy importante para la Iglesia. Los miles de sacerdotes casados, presentes en todos los continentes, son una “voz de nuestro tiempo” que hay que escuchar y valorar “a la luz de la palabra divina”.

Son, además, una porción de la Iglesia del Señor muy significativa por su papel y por su preparación en la sociedad y en las comunidades cristianas. No escuchar y no dar solución evangélica a su problemática será siempre una mala noticia eclesial. O peor: una injusticia llamativa y contraproducente a todas horas.

Comentarios desde el espíritu de Jesús, dignos de agradecer

Hay comentarios claramente contrarios al Espíritu por su forma (insultantes, despectivos, atribuyen mala intención, etc.) o por su contenido (niegan verdad evidente, defienden tesis absurdas, etc.). Son los menos, afortunadamente. La mayoría son francamente constructivos, dignos, por tanto, de agradecer. Quiero hoy destacar algunos de estos, que me parecen acertados y, por tanto, dignos de ser atendidos. Aunque sean tan pequeños como el de Josemari Lorenzo Amelibia [Blogger]: “Rufo, enhorabuena, y a seguir en la brecha”. Viniendo de este benemérito sacerdote, presidente de una de las asociaciones de sacerdotes casados de España (ASCE), es todo un aliento del Espíritu.

El celibato por encima del Amor y el sacerdocio

¿Por qué, me pregunto, la Iglesia no valora la vida de estos hombres, entregada a sus ideales justos, pioneros de la santidad sacerdotal no célibe? ¿Hasta qué punto nos ha envenenado “la Ley” para no exaltar a sacerdotes tan brillantes como Vicente Ferrer (referente mundial del Amor cristiano), Francisco Mantecón (“vivió su sacerdocio todos los días de su existencia terrena; rezaba el oficio divino, celebraba en ocasiones la Eucaristía de forma privada, practicaba a diario la lectura espiritual y la oración mental, era hospitalario, amable con todos, deseaba siempre hacer un favor a cualquiera; desde 1982 secretario de la asociación –ASCE-, y uno de sus socios fundadores en 1977”), Julio Pinillo (felizmente vivo, fundador también en 1977 del MOCEOP, en quien miles de sacerdotes casados han encontrado aliento para seguir el Evangelio), etc. etc. Es curioso que la Iglesia clerical sólo celebre bodas de oro sacerdotales célibes. Es un modo de exaltar el celibato, no el sacerdocio. Cuando lo “eterno” es el sacerdocio. El celibato no deja de ser una ley impuesta, nunca aceptada por todos. Celebran lo arbitrario, y dejan de lado, desdeñan, lo “divino”. Y todos sabemos que lo permanente, lo indisoluble, es el sacerdocio. El celibato lo puede “solucionar-disolver” cuando quieran los mismos que lo impusieron por la bravas. Recuerda el reproche de Jesús: “pagáis el diezmo de la hierbabuena… y pasáis por alto la justicia y el amor de Dios” (Lc 11,42).


Que hablen sacerdotes, teólogos y obispos

La labor de discernimiento, propia de todo el Pueblo de Dios, atañe “sobre todo a los pastores y teólogos”, según dice el citado texto conciliar. Por ello me parece eclesialmente impecable, y evangélicamente obligado, el ruego del comentarista Román Encabo: “Creo que es el momento de que hablen, además de los teólogos que se han indicado, otros muchos «políticamente correctos». Necesitamos a todos. Los sacerdotes secularizados agradeceríamos una palabra de clarificación, de aliento y de apoyo de sacerdotes «en activo», de teólogos y de obispos. Muchos de ellos, nos conocen con nombres y apellidos. Sus palabras serían bienvenidas y, siempre, agradecidas por nuestra parte”.

¡Ojalá esta voz, resumen de muchas, sea escuchada y efectiva! Pero que hablen con el corazón, sin miedo, desde el Evangelio, con argumentos, con la libertad de Jesús que liberaba del mal, aunque la Ley “impidiera curar en sábado”.

Célibes y casados pueden ser pastores santos

Este es el testimonio del comentario de Fernando (19.10.13 | 22:40): “Por mi experiencia tengo que decir con total sinceridad que les dan sopas con honda los sacerdotes que han formado familia a los que no. He visto en ellos disciplina, orden, sobriedad pero sobre todo pasión por su vocación, sin decaer en el tiempo. Viven a Dios y lo trasmiten con el ejemplo de sus vidas cristianas. Gracias a ellos muchas personas que se han visto obligadas a salir de las parroquias por la incoherencia de vida de los párrocos, son atendidas con inmensa compasión. Sin horarios de despacho, ni vacaciones, total disponibilidad. Son auténticos VOCACIONALES”.

Me produce mucha alegría este comentario. Dice sacarlo de “su experiencia”. La comparto. Creo que el celibato no añade amor pastoral alguno. Célibes y casados pueden ser pastores santos, entregados al ministerio, servidores ejemplares de sus comunidades, “empeñados en que su propia vida y costumbres sean predicación” (san Carlos Borromeo). La santidad, que reside en el amor “como vuestro Padre del cielo”, es obra de la gracia, del Espíritu, que actúa libremente, y no tiene “acepción de personas”, a todos ama, sean célibes o casados. Todos pueden responder a su amor y dejarse empapar y vivir de su Espíritu. Creo vigente el diagnóstico que hizo José María Díez-alegría: “Las erróneas ideas de que el sexo es malo y de que los “sacerdotes” son “extraterrestres” están, sin duda, a la base de la descabellada institución del celibato obligatorio de los obispos y presbíteros. (La llamo descabellada, porque la ex­periencia histórica demuestra que es una cabezonería humana en que el Espíritu Santo no ha entrado, y que, por eso, siempre funcionó a trompicones). Pero hay otra razón profunda para la intransigencia en mantener, contra viento y marea, la obligación del celibato. La estructura totalitario-autoritaria de la Iglesia exige un clero separado de los fieles, dominante respecto a éstos, y mantenido él mismo en un puño por la jerarquía. Un poco como los jenízaros del antiguo sultán de Turquía. Para conseguir esto, es conveniente que sean célibes (psicológicamente el celibato impuesto se compensa con un afán de dominio), y que no puedan ganarse la vida mediante un trabajo civil” (Rebajas teológicas de otoño, Desclée de Brouwer, S.A. Bilbao 1980. Páginas 144-147).

Seguiré comentando otros comentarios.

Rufo González

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