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Los pastores de Belén -- José María Castillo, teólogo

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josemariacastillo

Ya dije ayer que Jesús no nació en Belén, sino en Nazaret. Lo que pasa es que, cuando llegan estas fiestas, se suele hablar del » belén». Y, por tanto, de los «pastores» de Belén. Por el evangelio de Lucas sabemos que, cuando nació Jesús, un ángel del cielo se apareció a unos pastores, «que pasaban la noche al raso velando el rebaño». Y fueron aquellos modestos trabajadores los primeros invitados para ir al encuentro de Jesús (Lc 2, 8-12).

El tema de los pastores suele ser utilizado por los predicadores cristianos para ponderar lo mucho que Dios ama la pobreza y lo importante que es la pobreza. Lo cual es una solemne tontería. Porque la pobreza es una cosa horrible, es mala, es causa de inedecibles sufrimientos, es humillante y es la expresión más dolorosa de las desigualdades que ensucian y pudren la convivencia social. Dios no quiere que haya pobreza. Ni puede querer que existan los pobres. Lo que Dios quiere es que todos los humanos seamos «iguales» en dignidad y derechos.

Y, puesto que somos «diferentes» (unos más listos que otros, o más trabajadores que otros, o más honrados que otros…), es inevitable que se produzcan «desigualdades» sociales, culturales, económicas. Esto supuesto, el mensaje del Evangelio, al decir que los pastores fueron los primeros invitados para acercarse a Jesús, lo que nos viene a decir es que, puesto que las «diferencias» provocan tantas «desigualdades», Jesús considera que los primeros para él son los que están más abajo en la escala de las «diferencias». Para ir así acortando las «desigualdades».

Las «desigualdades» no se acaban por decreto. Las «desigualdades» se van aminorando en la medida en que, quienes pueden hacerlo, se ponen de parte de los que están los últimos, en cuanto se refiere a las «diferencias» económicas, sociales, culturales, sanitarias y así sucesivamente. Por eso, sin duda, Jesús dijo, tantas veces, que los primeros se pongan los últimos. Para que los últimos vayan teniendo, también ellos, lo que tienen los primeros. Porque sólo así, mediante hechos patentes, los derechos de los últimos se convertirán en realidades tangibles.

Como es lógico, los que, por el motivo que sea, estamos bien situados en cuanto se refiere a las «diferencias», nos resistimos con uñas y dientes a que el «orden» establecido, a base de «desigualdades», se convierta en » desorden». El «desroden» necesario para acabar con las «desigualdades». Y es que el problema y las resistencias para que eso suceda, no provienen sólo del egoísmo, el orgullo, la ambición, etc. No se trata sólo de un problema moral. Ese problema moral existe, no cabe duda. Pero tal problema se sostiene y se justifica por argumentos y razones que nos hemos buscado los afortunados de arriba. Para seguir arriba. Y seguir donde estamos con buena conciencia.

Como es bien sabido, los mejores educadores de la «mentalidad burguesa» fueron los predicadores del s. XVIII en Francia. Concretamente, los grandes educadores de la burguesía, en aquel tiempo, fueron los oradores sagrados. Así lo desmostró ampliamente el excelente y enorme estudio de Bermhard Groethuysen, La formación de la conciencia burguesa en Francia durante el siglo XVIII, publicado en alemán en 1927, y editado en castellano en 1943 (Fondo de Cultura Económica).

La idea de aquellos predicadores es que que la «virtud» y el «orden» son la misma cosa. Es decir, para que haya virtud tiene que haber orden, decía el jesuita Crasset. De ahí que, para Bourdaloue, lo que ante todo interesa mantener a toda costa es el orden social. De donde este predicador, entre otros muchos, sacaba la conclusión: «Fue necesario que hubiera diversas clases y, ante todo, fue inevitable que hubiera pobres, a fin de que existieran en la sociedad humana obediencia y orden» (o. c., p. 285).

Porque, según esta forma de pensar, si todos en la sociedad quisieran ser iguales, «¡qué trastorno no se experimentaría en el mundo, qué no vendría a ser la sociedad humana!» (o. c., p. 282). Por lo demás, fue inevitable que estas ideas pasran a España, con retraso pero con fuerza. Y así, el s. XIX, predicadores como Fray Diego José de Cádiz, sembraron con estos discursos la semilla de la seguridad en las calses pudientes, que se sintieron justificadas y tranquilizadas en sus conciencias por los clérigos que les decían que Dios quiere a los ricos y a los pobres, pero a cada uno en su sitio, para que no se perturbe el «orden» querido por el mismo Dios.

Así las cosas, ¿nos va a extrañar que estemos viviendo lo que estamos viviendo? En consecuencia, ¿no es verdad que los pastores de Belén tienen hoy más actualidad que la noche aquélla en la que el ángel los llamó por primera vez a ser los primeros en acercarse a Jesús? Por eso, mi pregunta angustiosa es ésta: ¡Dios mío! ¿qué hemos hecho con el Evangelio? Y sobre todo, ¿qué hemos hecho con la dignidad de los seres humanos?

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