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Los obispos empiezan a abrir los ojos -- Roser Puig

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Obispos.jpgLos cristianos: sal y luz del mundo
Ante el anuncio por parte del Gobierno Español de revisar la financiación de la Iglesia Católica en España, los obispos se han puesto a echar cuentas y no les salen.
Hasta hace poco se creían autosuficientes e intocables pero hoy en día, con los seminarios y las iglesias prácticamente vacíos, con la mayoría del clero peinando canas, con un imponente patrimonio histórico- artístico que mantener, y con solo un treinta por ciento de crucecitas en la Declaración de la Renta de los españoles, no tienen más remedio que admitir que necesitan a los laicos para algo más que para hacer de “público” de sus trasnochadas y desencarnadas celebraciones litúrgicas, si quieren que la nave se mantenga a flote.

Pero al pararse a mirar a los laicos más de cerca, se han encontrado con que:

• Los laicos, no solo tienen una fe infantil, sino que no demuestran interés en formarse más.
• Que no se concuerda la fe que profesan con su manera de vivir. • Que se limitan a “ir a misa”(los que van) sin participar.

Asustados ante este descubrimiento, se han puesto a buscar culpables y los han encontrado: • La secularización de la sociedad (modernismo, racionalismo, materialismo, hedonismo, laicismo, relativismo) • Rotura de la cadena transmisora.

• Imagen “sesgada” que dan de la Iglesia algunos medios de comunicación. • Leyes gubernamentales contrarias a la moral católica. • Que ellos (tal vez) no han cuidado lo suficiente la formación religiosa de los laicos.

(Resumen del mensaje de la Comisión Episcopal de apostolado Seglar titulado “Laicos cristianos: sal y luz del mundo”, 11 de Mayo 2008).

Estoy de acuerdo en general sobre el análisis de la realidad de los laicos en España que han hecho los obispos. Pero disiento en cuanto a que seamos los laicos los que asumamos casi toda la responsabilidad de nuestra ignorancia teológica, de nuestro desinterés por la liturgia y, sobre todo, de la incoherencia entre lo que decimos creer y lo que vivimos.

Respecto a la incoherencia entre fe y vida, ellos (que siempre se han presentado como Pastores y Maestros) debían haberse mirado al espejo antes de culpabilizar a las “ovejas” por sus malos hábitos. La fe infantil e incoherente de muchos laicos es fruto de la labor del clero dominante en materia de interpretación (interesada) del Evangelio durante siglos y siglos. Y, sobre todo, del ejemplo: no se puede predicar, y esperar ser creído, que el acumulamiento de riquezas y su ostentación son pecados (¿nuevos?) al tiempo que se afirma que a uno le preocupan mucho los pobres, mientras se habita en suntuosos palacios, se vive rodeado de tesoros y obras de arte muy valiosas y se viste de oro de los pies a la cabeza.

Por otra parte, reclamar compromiso con la Iglesia a los laicos ahora, después de mantenernos aparte durante tantos siglos, resulta bastante cínico. Y no digamos el insistir en que les cedamos parte de nuestros impuestos, cuando se goza de extraordinarias exenciones tributarias a las que los demás no podemos acceder.

Se han sembrado vientos y se están recogiendo tempestades. Sin remontarnos más allá, recordemos lo que opinaba Pío Nono en el siglo XIX sobre la implicación de los laicos en el conjunto de la Iglesia: “La masa del pueblo cristiano debe ser esencialmente gobernada pues es incapaz, radicalmente, de ejercer ninguna autoridad espiritual, ni directamente ni por delegación” (Con esta opinión papal ya hacía tiempo que comulgaba el conjunto del clero y, salvo excepciones, lo sigue haciendo)

Pero ahora no tienen más remedio que recurrir a los laicos para cubrir una gran cantidad de puestos vacantes en el entramado eclesiástico. Aunque lo hacen a regañadientes y con la condición de que los laicos (en especial las mujeres) se mantengan en “su sitio” y de que les estén “sometidos” (el “diaconado permanente” reúne estas condiciones). La Iglesia oficial se ha mostrado siempre reacia a la igualdad entre unos y otros y a cualquier protagonismo secular. Y como el conocimiento proporciona libertad y autoridad, la supuesta “formación”seguramente acabará siendo otra vez“hasta cierto punto”.

Por lo tanto, si bien la sociedad se ha “secularizado”, la ignorancia religiosa de los laicos no se debe solamente a ello. Viene consentida y fomentada desde muy lejos por el clero el cual, al acaparar el conocimiento, se ha considerado siempre de clase superior a los laicos. Desde que la Iglesia se clericalizó, el mantener en la ignorancia al pueblo ha sido su forma de retener privilegios. (Ahora, con la “objeción”a la Educación para la Ciudadanía, sucede otro tanto. Entre otras cosas, no les conviene una juventud demasiado versada en Derechos Humanos).

El temor a perder poder y privilegios ha sido la tónica permanente de una Iglesia clerical que hace mucho tiempo que perdió el norte. De orientarse hacia la fraternidad (reino de Dios) pasó a estar orientada hacia la cúpula del poder absoluto (reinado del clero). Esto la mantiene siempre a la defensiva.

Desde la Ilustración, todos los Papas han coincidido en afirmar que la Iglesia está “sitiada” por el racionalismo y “perseguida” por el anticlericalismo. (Y lo siguen diciendo los obispos españoles ahora). A este victimismo les ha llevado siempre, a lo largo de la Historia, el temor a alguna pérdida material (a pesar de que afirman que “su reino no es de este mundo”). Antaño fueron los terrenos del entonces extenso Estado Vaticano junto a la pérdida de poder político en Europa lo que estaba en peligro. Ahora lo están sus privilegios en España. En ambos casos, lo que está en juego no es la libertad religiosa (como ellos dicen) sino las prebendas clericales.

Una y otra vez escuchamos decir a los obispos españoles que algunos medios de comunicación y las leyes emitidas por un gobierno no confesional, tienen gran parte de la culpa de la irrupción del laicismo que ha mermado las filas católicas en nuestra sociedad (considerada no hace mucho como “la reserva espiritual de Europa”). Pero en ningún momento oiremos a un representante eclesiástico reconocer haberse desviado de la Verdad. Ellos siempre están en lo cierto y somos los demás los equivocados. (El Papa, con el que comulga sumisamente toda la Jerarquía, dice que posee la Verdad Absoluta desde 1870, cuando Pío Nono promulgó el dogma de la Infalibilidad papal).

No, los laicos (y mucho menos las mujeres) no tenemos la culpa de no poder tomar decisiones en la Iglesia, ni de ser incapaces de pensar por nuestra cuenta y tampoco de habernos quedado en analfabetos religiosos. A los laicos se nos había prohibido la lectura y la interpretación de los “libros sagrados”hasta hace muy poco: Por ejemplo, en 1486 el obispo de Maguncia se lamentaba de que “los libros santos sean entregados sin precaución a los hombres simples, a los ignorantes y a las mujeres”

Un año después., un documento pontificio convertía la Biblia en un libro prohibido para los católicos. Los fieles, por lo tanto, solo podíamos estar informados sobre la Historia de la Salvación a través de lo que decían los párrocos en sus sermones (que casi siempre versaban sobre lo que habían opinado los llamados Santos Padres de la Iglesia sobre las “verdades eternas”) Tanto es así, que incluso los sacerdotes de a pié debían andar muy flojos en Escrituras ya que, en el siglo XX, Pío XII tuvo que escribir una encíclica (Divino Afflante Spiritu) recomendando a los curas el estudio de la Biblia y su mención en las homilías. También recomendó publicar una Biblia (con notas orientativas) para los laicos porque “desconocer la Biblia es desconocer a Cristo”.

Por su parte, Juan XXIII opinaba que “hoy es imperdonable para un cristiano que se respete, la ignorancia de las Escrituras”. Ahora bien, la opinión de estos dos Papas no pudo ser escuchada en España en ese momento porque todavía estábamos en pleno Nacional-Catolicismo y la “formación” religiosa que se daba entonces en las escuelas y en las catequesis era prácticamente la misma que habían recibido nuestros padres en siglos anteriores, a través de catecismos al estilo P. Ripalda (un conjunto de fórmulas dogmáticas que había que aprenderse de memoria y ”creer aunque no se entendiera”, bajo amenaza de condenación eterna). ¿Los obispos añoran la eficacia de aquel sistema “evangelizador” cuando aluden a la “rotura de la cadena de transmisión”?

Hay que resaltar que en la época preconciliar la clase media-alta española había descubierto el“Camino” del ahora San Josemaría Escrivá de Balaguer lo cual dio un gran impulso al compromiso religioso-político de algunos laicos que aún perdura. Escrivá de Balaguer era un gran defensor del modelo patriarcal de familia en el que se adjudica a la mujer un papel supeditado al del varón “por designio divino”.

Sus escritos todavía hoy son considerados “oro molido”por sus admiradores. Escritos que no impulsan a reflexionar sobre las Escrituras, sino a aceptar las normas moralistas institucionales y a seguir los consejos del “director espiritual”, el cual suele hacer hincapié en la virtud de la obediencia y del “santo temor de Dios”, amén de inculcar a sus dirigidos y dirigidas un acendrado horror a todo lo concerniente a la sexualidad al tiempo que, paradójicamente, se anima a los matrimonios a tener “todos los hijos que Dios quiera” (Motivos, seguramente, por los que el clero dominante ha aceptado casi sin reparos la complicidad de ese movimiento semi-laico que se autodefine como “conservador”)

Hasta después de la Transición Española, el grueso de los laicos españoles no supimos que había soplado un fuerte vendaval en el Vaticano y que, el entonces Papa Pablo VI, opinaba también que “hay que retornar a la Biblia”. Algunos cristianos de base nos hemos esforzado desde entonces en ello, pero la mayoría del pueblo sencillo siguió en la inercia de las devociones a los santos y el temor al Infierno (tal como se les había enseñado desde niños) sin atreverse a poner tales enseñanzas en tela de juicio. En cuanto a los intelectuales, en general, una vez terminada la dictadura política y religiosa, decidieron que no estaban dispuestos a seguir comulgando con ruedas de molino y se apartaron de la Iglesia.

Aquella sociedad oprimida, al ser liberada, dio un vuelco exagerado hacia el otro extremo en pocos años. Se produjo el efecto de la ley del péndulo: de llenar las iglesias, hacer cola ante los confesionarios, los vestidos “decentes” de las mujeres y la censura de los besos en las películas, se pasó a la indiferencia religiosa, los biquinis y los cines X.

Ahora, creyentes lo que se dice creyentes fieles a la Jerarquía, solo quedan aquellos que todavía hoy mantienen esa fe infantil a la que se refieren los obispos y, por supuesto, el colectivo conservador que les es afín. Existe, eso sí, un numero importante de personas creyentes cristianas con una fe más adulta, en la línea del Vaticano II y de la posterior Teología de la Liberación, pero de éstos no esperan los obispos que pongan la crucecita en la casilla de la Iglesia porque, aunque ellos se consideran Iglesia de Cristo, no están de acuerdo en seguir manteniendo la acumulación de riqueza que ha conseguido la institución, mientras que en nuestro planeta el ochenta por ciento de sus habitantes vive en condiciones infrahumanas. Esos cristianos reclaman un cambio democrático y austero en la organización eclesiástica, más acorde con el Evangelio de “opción por los pobres” de Jesús de Nazaret.

Cosa a la que no están dispuestos quienes se aferran al poder de clase, de casta y de género (que son los mismos que se han afanado en convertir en papel mojado las conclusiones de aquel histórico Concilio sobre la libertad de pensamiento y de conciencia).

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