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Los locales comerciales -- Jaime Richart

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Dejemos a un lado los 3 millones de viviendas vacías y otros 3 millones de españoles sin techo, en el umbral de la pobreza o de lleno en la miseria, que existen en España. Dejemos también a un lado las construcciones y los edificios sin terminar ni ocupar de los que no hay cifras, porque las cenizas del volcán financiero, como sobre Ponpeya y Herculano cayó sobre ambas ciudades y las petrificó, las ha paralizado para siempre… y pasemos a observar los millones de locales comerciales que existen sin negocio ni provecho para nadie.

El panorama desolador de las ciudades y pueblos españoles repletos de locales comerciales vacíos, de autónomos y de la pequeña y mediana empresa, abandonados a toda esperanza de alquiler o venta, es ya una estampa de arqueología. Como esos restos enterrados en musgo y vegetación milenaria de la selva, o como esos restos marinos de barcos hundidos: jamás se volverán a vender ni a alquilar… Túmulos funerarios a pie de calle levantados uno a uno al fracaso de la economía de la acumulación del capital cuyo caos no por espectacular era menos previsible; fracaso que ya veía anunciado mucho antes de la catástrofe, para cualquiera que no estuviese aturdido por los «expertos» o por las sinuosidades economicistas o abotargado por los chanchullos financieros. Este es el drama. Para muchos la tragedia…

Pero hay algo que podemos sacar de provecho, como para Paul Claudel todas las vivencias son útiles. Y es esta letra que hemos aprendido con sangre: la economía, tanto la personal como la macroeconomía, son demasiado importantes como para dejarlas en manos de tanto economista que desvaría incapaz de relativizarlo todo…

Me refiero a esos que siguen diciendo -no escarmientan- pese a haber verificado por ellos mismos el desastre, que la economía de un Estado no es lo misma que la de una familia; que el objetivo del empresario no es ganar dinero, sino expansionar la empresa; que el fin de las naciones es crecer ad infinitum y arrojar al mercado y a la biosfera millones de toneladas de productos imperecederos o indestructibles; todo, como se observa, en detrimento del desarrollo integral del ciudadano del mundo, en tanto que rey prudente de una naturaleza a la que por encima de todo y por su propio bien debe mimar. Me refiero a esos especialistas cuyas directrices han envenenado a gobernantes, empresarios, banqueros sin escrúpulos y gente común, que han sido a buen seguro y tal como se les sigue oyendo expresar la causa de la causa de la desolación que amarga la vida a las clases sociales ordinariamente menos favorecidas y eternamente perdedoras.

La propuesta está servida:
Echemos a los economistas, los brujos modernos, y a los políticos, sus lacayos: extirpémoslos de nuestras vidas: volvamos a elegir a humildes contables de libros y teneduría para andar por casa; pongámonos al nivel de los tiempos caducos que vivimos, y posiblemente todavía estemos a tiempo de encontrar, todos, un poco de felicidad…

21 Noviembre 2013

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