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Lo que está en juego en Libia -- Sami Nair, politólogo y ensayista

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El Periódico

Las consecuencias de la guerra contra Gadafi
La derrota de los insurgentes sería una catástrofe para el proceso de liberación en el mundo árabe
Frente a lo que pasa en Libia, uno puede sentir un cierto malestar, pues es una situación muy complicada en la que están en juego tanto el principio del derecho a la autodeterminación de los pueblos como el de no injerencia en la soberanía de las naciones.

El pueblo libio está sufriendo una de las tiranías más salvajes del mundo, con un dirigente enfermo, megalómano y patológicamente peligroso. En situación normal, este hombre debería estar bajo vigilancia médica. Ahora bien, gobierna con mano de hierro a su país. El pueblo se ha levantado en contra de él, en la ola de revolución democrática que está conmocionando a los pueblos árabes. Respondió el tirano con cañones y ametralladoras, matando a miles de civiles. Sigue cada día bombardeando las ciudades insurgentes del este de Libia y promete la muerte a los que quieren la democracia. Su poder se basa en el tribalismo, y su tribu, los Ghadafa, no quiere perder el poder, pues sabe que puede padecer el castigo por su imperio sin cuartel durante los últimos 42 años.

La ONU, al amparo de la resolución 1973, autorizó la intervención militar para proteger a la población civil. El tirano fingió aceptar, pidió el alto el fuego, pero siguió bombardeando a los civiles. La OTAN, que reemplazó a los estados que emprendieron primero la intervención (EEUU, Francia y Gran Bretaña), asegura la exclusión aérea, pero no puede intervenir en tierra.

Ahora bien, toda la estrategia del coronal Muamar Gadafi consiste en acercar lo más posible sus tropas a los insurgentes, para impedir los ataques de los aviones que podrían paralizar sus fuerzas. Al mismo tiempo, pidió a algunos de sus amigos, jefes de estados africanos, que le deben todo al dinero que les ha prestado y cuya propia seguridad depende de los mercenarios subsaharianos pagados por él desde hace décadas, que propusieran una hoja de ruta para la paz. El resultado era conocido antes de tal ejercicio: el tirano acorralado propone hablar con los insurgentes sobre las reformas, pero se niega a dejar el poder e incluso pretende recuperar todo el terreno perdido.

Los insurgentes reafirmaron su posición: él y su familia deben dejar el poder; no quieren aceptarlos como interlocutores en el diálogo. La dirección de los insurgentes está ahora en manos de altos oficiales del Estado Mayor del Ejército de Gadafi que no pertenecen a su tribu. Se trata de una situación bloqueada, cuya solución no puede ser ahora ninguna otra que la derrota de uno u otro bando.

Ahora bien, los insurgentes no deben ser derrotados, pues sería una catástrofe para el proceso de liberación que se desató en el mundo árabe en contra de las dictaduras. Es muy significativa la situación en Siria: se puede ver allí que ni EEUU ni la UE se están quejando del baño de sangre que la tribu de Bashar el Asad está derramando. El mundo árabe está dominado desde mediados del siglo pasado por estas dictaduras militares y tribales, siempre cómplices de lo peor; han hecho de este mundo uno de los más castigados, dando al integrismo islámico un papel indebido en la vida de estos pueblos.

Los que luchan por la democracia, cuando se sublevan en contra del despotismo, necesitan ayuda. Evidentemente, hace falta respetar el principio de no injerencia. Pero eso no significa impedir la solidaridad con los que defienden la libertad y el libre ejercicio de la soberanía popular. La verdad es que hoy es la dictadura tribal de Gadafi, de Asad, la que se opone al libre ejercicio de la soberanía popular. Si no es aceptable mandar a soldados para ayudar a los pueblos, en cambio es imprescindible suministrar armas, médicos y alimentos a los insurgentes. Ellos son los que deben vencer. Es demasiado tarde para vacilar en el caso libio. La comunidad internacional no puede permitir al tirano salir del agujero en el que se metió. Moralmente, sería un desastre abandonar a los insurgentes.

Algunos comparan la situación actual a la de Sadam Husein. Es un gravísimo error. Sin apoyar jamás a Sadam Husein, que también era un dictador, condenamos en su momento la intervención porque era una mera excusa para apoderarse del petróleo de Irak y destrozar uno de los países más seculares del mundo árabe, que había respetado las resoluciones de la ONU. Era una agresión imperialista en el sentido puro de la palabra, dirigida por un George Bush integrista, mentiroso y fanático. Libia es otra cosa. El porvenir de Gadafi y su familia es sencillo: o bien ser juzgados por el Tribunal Penal Internacional o bien serlo en Libia por alta traición. La revolución democrática árabe solo acaba de empezar. Su recorrido estará sembrado de obstáculos, de fracasos y victorias frágiles, pero el proceso global es imparable, pues encarna la marcha de los pueblos hacia su autodeterminación y su libertad.

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