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LO FUNDAMENTAL Y LO SECUNDARIO EN EL DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI. Jung Mo Sung

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Adital

Jung Mo Sung1.jpgEl discurso del Papa Benedicto XVI en la apertura de la V Conferencia del CELAM, el día 13 de mayo, en Aparecida, desentona con otros discursos dichos por él en su visita a Brasil. En cierta manera, sorprendió las expectativas de muchos analistas que venían siguiendo sus discursos y puso en el centro de su mensaje el problema de la desigualdad social y el desafío del desarrollo integral.
Después de decir que «el discípulo, fundamentado en la Palabra de Dios, se siente impulsado a llevar la Buena Nueva de la salvación a sus hermanos» (Discurso, n.3), el papa afirma: «Los pueblos latinoamericanos y caribeños tienen derecho a una vida plena, propia de hijos de Dios, con unas condiciones más humanas: libres de las amenazas del hambre y de toda forma de violencia (…)

En este contexto me es grato recordar la Encíclica ‘Populorum Progressio’, cuyo 40º Aniversario recordamos este año. Este documento pontificio pone en evidencia que el desarrollo auténtico ha de ser integral, es decir, orientado a la promoción de todo el hombre y de todos los hombres, e invita a todos a suprimir las graves desigualdades sociales y las enormes diferencias en el acceso a los bienes» (n.4). Esta afirmación puede ser interpretada como una explicitación de la doctrina que él afirmó en el mismo discurso: «la opción por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza» (n.3).

Al responder a la pregunta «¿cómo puede la Iglesia contribuir a la solución de los urgentes problemas sociales y políticos?», el Papa afirma: «En este contexto es inevitable hablar del problema de las estructuras, sobre todo de las que crean injusticia. En realidad, las estructuras justas son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad» (n.4). En otras palabras, sin una transformación profunda en la dimensión personal y también estructural de la sociedad no es posible una vida libre de las amenazas del hambre y de la violencia, una vida propia de hijos e hijas de Dios.

Claro que son posibles otras interpretaciones y análisis de este discurso del Papa, pero pienso que estas dos ideas representan lo que según el Papa es el principal desafío concreto que la Iglesia debe asumir en la sociedad actual y la cuestión estratégica fundamental (la creación de una nueva estructura económica, política, social y cultural). A primera vista, tomando en consideración solamente estos dos puntos centrales, no habría diferencias entre su posición y la de cualquier teólogo o teóloga de la liberación. Sin embargo, las cosas no son tan simples.

Algunas diferencias importantes surgen cuando tratamos acerca de las mediaciones necesarias para alcanzar estos objetivos. El primer paso es el conocimiento de la realidad. Para el Papa, «sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad», porque la realidad no se resume a los bienes materiales o problemas económicos, sociales y políticos. Pero, ¿quién conoce a Dios para poder conocer la realidad y construir una sociedad justa? «Sólo Dios conoce a Dios, sólo su Hijo que es Dios». Por eso, para él, «la importancia única insubstituible de Cristo para nosotros, para la humanidad. Si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad» (n.3). ¿Y quién conoce verdaderamente a Cristo? La Iglesia Católica.

Con esta argumentación, el Papa coloca al cristianismo como la única religión capaz de «salvar» a la humanidad de la crisis social, moral y ecológica, que la asola (cerrando las puertas de un verdadero diálogo entre religiones sobre los desafíos del mundo); y la Iglesia Católica como la más plena entre las iglesias cristianas. Por ello él afirma que «Sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor, que transformará a América Latina y el Caribe para que más allá de ser el Continente de la Esperanza, sea también el Continente del Amor», razón por la cual «existe la necesidad de dar prioridad, en los programas sociales, a la valorización de la misa dominical» (n. 4).

Esta posición teológica del Papa no debe ser confundida con una visión romántico-ingenua que piensa que la fe es suficiente y que la racionalidad política, económica y social no es necesaria. Para él, esta racionalidad es necesaria y debe ser elaborada a la luz de los valores fundamentales que emanan del conocimiento de Dios, transmitida al pueblo a través de la Palabra de Dios, y de instrumentos de catequesis como el Catecismo y la Doctrina Social de la Iglesia Católica.

Reconociendo y respetando la laicidad y la pluralidad de posiciones políticas, él dice que el trabajo político no es competencia inmediata de la Iglesia y que los laicos deben estar presentes en la vida pública.

Yo pienso que podemos y debemos diferenciar lo fundamental de lo secundario en el discurso del Papa. Lo más importante en términos de definición del futuro de la Iglesia Católica en América Latina y el Caribe es la creación de un consenso sobre el desafío prioritario frente a los graves problemas del mundo de hoy. En este punto el Papa Benedicto XVI dio una clara indicación: la construcción de una nueva estructura económica, social, política, moral y cultural que libere a todas las personas de la amenaza del hambre y de la violencia, como una expresión concreta de la fe en Jesucristo; y de lo que está implícito en esa fe: la opción preferencial por los pobres.

Los caminos concretos para la realización de este objetivo – que pueden ser plurales – deben ser objetos de diálogos, debates, revisiones y reformulaciones constantes de acuerdo con los cambios que van ocurriendo y con los aprendizajes que vamos haciendo.

Traducción: Daniel Barrantes – barrantes.daniel@gmail.com

* Profesor de postgrado en Ciencias de l Religión de la Universidad Metodista de San Pablo y autor de Sementes de esperança: a fé em un mundo em crise

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