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Latinoamérica y Siria: judicialización, mentiras y agresiones -- Julio Yao Villalaz, Analista Internacional y Diplomático de Carrera

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Análisis
No es la primera y tampoco será la última vez que se viole la Carta de las Naciones Unidas, pero hoy como nunca antes se quiere consagrar descaradamente la ilegalidad como legalidad y la mentira como verdad.
En América Latina se han derrocado presidentes mediante revueltas militares o de Estado, auspiciados por Estados Unidos. Esos golpes duros han sido reemplazados por “golpes blandos” que no requieren utilizar la fuerza militar porque descansan en la judicialización o el encausamiento – los pretextos sobran — para deshacerse de presidentes o líderes indeseables.
 

Los que no son judicializados son asesinados como Jaime Roldós de Ecuador, Omar Torrijos de Panamá, Yasser Arafat, de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), y Hugo Chávez de Venezuela, o bien se les impide llegar al poder mediante el fraude, como a Salvador Nasralla de Honduras o el encarcelamiento como a “Lula” Da Silva, de Brasil.
 
Fernando Lugo, Manuel Zelaya, Cristina Fernández de Kirchner, Dilma Rousseff — ¿Rafael Correa? — fueron judicializados con expedientes fabricados con la asesoría del Departamento de Justicia de Estados Unidos, que interviene mediante seminarios y a través de los “Tribunales Superiores” para reducirlos y sacarlos de circulación. Cuando el sistema legal parece insuficiente, se inventan los medios que se requieran para aplastarlos. El aparato mediático hace el resto.
 
No es coincidencia que los presidentes y líderes citados hayan sido o sean protagonistas de primera línea de la integración latinoamericana. Sin embargo, los presidentes lamebotas de Washington — verdaderos delincuentes — gozan de impunidad y son protegidos por Estados Unidos a cambio de traicionar a sus pueblos.
 
La judicialización y la mentira son herramientas eficaces para anular la autodeterminación popular y también para agredir la soberanía nacional.
 
Sin ofrecer pruebas de ninguna especie, la primera ministra del Reino Unido, Theresa May, declaró que “probablemente” Rusia era culpable de envenenar con un gas tóxico conocido como “Novichok” al espía doble, Sergei Scrypal, y a su hija Yulia, en la localidad de Salisbury.
 
Ésta era una acusación temeraria, ya que Rusia ha estado organizando los Juegos Olímpicos de 2018, así como las elecciones presidenciales en las que Vladimir Putin emergió ganador, por lo que el Kremlin no querría ponerlos en riesgo. Sería más lógico pensar que tal acusación tuviera como finalidad enlodar el prestigio del presidente Putin.
 
No es coincidencia que Theresa May declarase la decisión oficial de no asistir a los Juegos Olímpicos de Moscú.
 
Rusia rechazó los cargos y propuso que se hiciera una investigación independiente por parte de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas – OPAQ — que el Reino Unido rechazó. Sin pensarlo dos veces, Theresa May expulsó a los diplomáticos rusos de su territorio, ejemplo que fue seguido por Estados Unidos y países aliados.
 
De esta manera, la primera ministra del Reino Unido se autoerigió simultáneamente en investigadora, fiscal, jueza, ejecutora y verdugo de Rusia en una judicialización atropellada y escandalosa que ha dejado estupefacta a la comunidad internacional.
 
Sin embargo, como informa la Red Voltaire: “El Instituto Suizo de Protección Contra las Armas Nucleares, Biológicas y Químicas (Schweizerisches Institut fur ABC-Schutz), anunció que la sustancia hallada en Salisbury por los investigadores de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) enviados en el marco del llamado ‘caso Skripal’ es el agente toxico conocido como ‘BZ’.”
 
Según el mismo Instituto: “La apelación ‘Novichok’ no designa una sustancia en particular sino un programa de investigación de la desaparecida Unión Soviética. El ‘BZ’ es un agente neurotóxico de la OTAN… La desaparecida Unión Soviética y Rusia nunca trabajaron sobre ese tipo de sustancia.”
 
El Instituto suizo desmiente así a Theresa May y exonera a Rusia, desenmascarando este intento de manipular al Consejo de Seguridad para fines conspirativos de Occidente.
 
Los recientes ataques de Estados Unidos, el Reino Unido y Francia contra Siria el 13 de abril de 2018 ponen de relieve nuevamente el uso reiterado de la mentira para justificar agresiones.
 
Dichos ataques fueron el corolario de la rusofobia que le precedió durante meses y son su forma de expresar el resentimiento o de vengar la derrota infligida por Siria en Ghouta Oriental a los terroristas financiados por Estados Unidos y sus aliados.
 
Fue el 7 de abril que supuestamente Siria utilizó gases venenosos contra su propia población, a raíz de lo cual el Reino Unido y Estados Unidos no tardaron en acusar a Siria. El presidente Trump amenazó inmediatamente. El jefe del Pentágono admitió que no tenían evidencias de armas químicas, y pronto se descubrió que el supuesto bombardeo con gases fue un burdo montaje hecho por camarógrafos ingleses para justificar ataques a Siria.
 
Los ingleses y estadounidenses no le prestaron atención a este descubrimiento y se dedicaron a planificar sus ataques a Siria el 13 de abril pasado.
 
Afortunadamente, de los 103 misiles arrojados contra Siria, la defensa aérea del país destruyó o desvió 71, o sea el 70%, lo cual significa que la agresión fracasó rotundamente, ya que sólo destruyeron un centro de investigación e hirieron a tres ciudadanos. Mayor daño ocasionaron las fuerzas sionistas a los palestinos de Gaza desde el 30 de marzo: ¡37 muertos y 2,500 heridos!
 
Siria invitó a la OPAQ para determinar si fue cierto que hubo empleo de gases tóxicos en Duma pero sus miembros, que debieron llegar a Damasco el día 13, fueron retenidos por razones desconocidas en Beirut, Líbano, y llegaron el 15 de abril después de los ataques. Según los entendidos, al parecer los retuvieron para dar tiempo a que se destruyeran las evidencias que la OPAQ debía analizar.
 
La agresión no provocada a Siria es una flagrante violación del Derecho Internacional, no contó con autorización del Consejo de Seguridad y estuvo basada en otra mentira fabricada por el Reino Unido en complicidad con sus aliados.

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