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Las mujeres engrosan la tropa de los desprotegidos

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Gara

Aunque el fenómeno de los sin hogar es mayoritariamente masculino -hasta un 75%- según una encuesta del Eustat de 2005, las ONG constatan un aumento preocupante de las mujeres, principalmente inmigrantes sudamericanas y africanas que se emplean en el servicio doméstico. Dentro de este colectivo destacan las procedentes de Latinoamérica, porque son las primeras que emigran por razones laborales, culturales e idioma.

Cáritas, por ejemplo, detectó en 2006 un 28% de familias monoparentales entre los beneficiarios de sus servicios, de las que el 92% estaban encabezadas por mujeres. «Esto refuerza la idea de que las familias encabezadas por madres solas son las que mayores necesidades tienen debido a la división de los roles, donde las mujeres se centran más en las tareas domésticas y de cuidado -subraya la organización católica-, por lo que tienen menos oportunidades en el acceso al empleo. Además, debido a la segregación que vivimos en el mercado laboral, los nichos de empleo femeninos son los más precarios y tienen peores condiciones».

Enrique Ordiales, presidente de Lagun Artean, constata esta realidad, que ha obligado a su asociación a abrir dos pisos para afrontar estas situaciones de emergencia, además de hacer frente a los gastos de guardería y pañales de los pequeños. Indica que, en la actualidad, estas mujeres no son atendidas por la Diputación de Bizkaia por su desamparo y pobreza; sí en caso de que hayan sido víctimas de violencia de género o puedan acogerse a algunos de los programas que atienden a personas desestructuradas con problemática de consumo de drogas.

Explica que normalmente son acogidas por algún compatriota hasta el parto, que suele tener lugar en el hospital de Basurto, «donde son prácticamente abandonadas; los trabajadores sociales del hospital, al detectar estos casos, los derivan luego al albergue municipal de Elejabarri, que les da cobertura para tres días y hace múltiples gestiones para intentar derivarlas a recursos específicos, que, por desgracia, no existen».

A su centro de Deustua se acercan mujeres de todas las edades. Ordiales comenta el caso de una africana, de 65 años, a la que han echado del piso que compartía y que trata de resolver su acuciante situación a través de Lagun Artean. «Esta señora lo que necesita es el ingreso en una residencia, no una habitación o una cama en un piso compartido», apostilla.

Desde este organismo asistencial han observado también, entre las mujeres de origen subsahariano, situaciones de explotación «e incluso servilismo, por parte de compatriotas ya asentadas y con permiso de residencia y trabajo». Aseguran que en 2006 conocieron tres casos, en los que se vieron involucradas dos camerunesas y una maliense. «El esquema es el mismo: la persona asentada aquí tiene un pequeño negocio (bar, restaurante o peluquería) y necesita una `ayudanta’ para la cocina o para cuidar a los niños. Dicha `ayudanta’ pertenece al clan familiar, soliendo ser primas o sobrinas lejanas, nunca directamente hermanas. Se les ofrece un `empleo’ y se les paga el viaje y el visado turístico vía París. Una vez aquí -prosiguen desde Lagun Artean-, no las dejan salir de casa, advirtiéndoles que pueden ser denunciadas por cualquiera y llevadas a prisión. El resto es pura explotación: doce horas de trabajo intenso a cambio de la comida y el alojamiento».

Aclaran que «a veces» a estas víctimas de explotación las empadronan «para que tengan acceso a la sanidad pública en caso de problemas, pero en ningún caso les permiten acceder a las ayudas sociales, para que no interfieran con sus rentas o sus propias ayudas». Estos casos de explotación, según denuncian, son más difíciles de detectar «en el mundo magrebí».

Una de las personas acogida por Lagun Artean pasó siete años en París sin salir de la cocina de un restaurante, donde tenía su cama y su baño propios. Al cabo de ese tiempo, cayó gravemente enferma, por lo que fue llevada a un hospital y abandonada. «En el hospital -relatan- conoció a una africana que tenía una peluquería en Bilbao, quien también la invitó para atender a sus hijos, y se volvió a repetir la historia: 500 euros mensuales por el trabajo, menos 300 por el alojamiento y menos 200 por la comida…».

En la Posada de los Abrazos acogen a «mujeres maltratadas, violentadas por la ideología patriarcal», que huyen de sus países en guerra para nutrir aquí, en Euskal Herria, «un sector de proletariado barato, como son los inmigrantes». Paradójicamente, con el cuidado de pequeños y personas mayores «dan afecto, aportan sus vivencias socioculturales y aportamos a este mundo», argumenta una «posadera», quien destaca que a las inmigrantes tan sólo se les oferta «prostitución, mendicidad y trabajo doméstico».

Ruptura familiar

Son ellas, resalta, las encargadas de sacar adelante a sus familias en estado de guerra y también las primeras que emigran de su país para sacar adelante a los suyos. Esta situación perjudica a la cohexión de la familia: «la desvertebra para pasar a engrosar el mercado de mano de obra precaria». «¿Hasta cuándo les va a seguir maltratando el mundo, dejando todo lo afectivo, el espacio geográfico, su familia para cuidar a nuestros mayores?», se pregunta otra «posadera», quien añade que se están «transnacionalizando los afectos».

En esta reflexión crítica, quienes conforman la Posada de los Abrazos subrayan la preparación cultural de muchos de los nuevos excluidos, los inmigrantes, «a quienes no se les pregunta por qué están aquí, a quiénes han dejaron atrás. Es -destacan con tristeza- el desarraigo total» que les aboca a la tropa de los excluidos, de los sin hogar que necesitan de los servicios sociales.

Muchas de estas personas van a parar a la Posada de los Abrazos, «un espacio de libertad», que acoge desde niños y mujeres embarazadas hasta señoras de 90 años. En la actualidad, con 27 «posaderos», tienen en lista de espera a 12 mujeres y 30 hombres. El porcentaje de las mujeres que acuden por sufrir violencia de género no cesa de crecer, tal y como lo viven en este refugio para los excluidos, donde tratan de aportar ternura a las vidas de los desprotegidos.

Con el incremento de la inmigración comienzan a variar los porcentajes de mujeres que engrosan la tropa de los sin hogar, a quienes políticos como el portavoz del PP en el Consistorio bilbaino, Antonio Basagoiti, quiere que la Policía Municipal eche de plazas y jardines porque se apostan allí para «beber alcohol o consumir drogas».

Hasta ahora, las mujeres se beneficiaban por mayor tiempo de la solidaridad de la familia o de los amigos, algo de lo que muchas inmigrantes carecen.

Además, el segmento femenino se está ensanchando tanto por la llegada de inmigrantes como por las personas mayores con pocos ingresos, que viven en el borde de la indigencia y algunas padecen enfermedades mentales. Los alojamientos a los que son derivadas son fundamentalmente pisos. Por ejemplo, gracias a una aportación del Fondo de Solidaridad BBK Solidarioa, la Posada de los Abrazos está reformando una vivienda en la que viven seis mujeres, la mayoría extranjeras y con diferentes problemas.

Optan más por los pisos, según un estudio del Eustat, en los que se pueden alojar por un periodo más largo, las pensiones pagadas, los centros de mujeres maltratadas o las casas de familiares o amigos. Entre las razones que desvela la encuesta del instituto estadístico para que se encuentren en la calle, están las situaciones «difíciles» en el entorno familiar, junto con las monetarias. Por el contrario, en el caso de los hombres, abandonan el hogar más por causas económicas, como paro prolongado y falta de dinero.

Dos tercios de estas mujeres tienen hijos, lo cual -apuntan los autores del único trabajo que existe sobre los sin techo en Araba, Bizkaia y Gipuzkoa- está relacionado con una de las causas principales de perder su vivienda (problemas con la familia, malos tratos a los niños y a ellas mismas) y con «un sistema institucional que hace que las mujeres con hijos sean más tomadas en cuenta que aquellas que no los tienen.

En cuanto a la salud, Cáritas, por ejemplo, aprecia que el porcentaje de mujeres con problemas de salud física y mental es ligeramente más alto que el porcentaje general de las personas atendidas por sus servicios.

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