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Las Comunidades Cristianas -- Jorge Bisbe i Fábregas

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Somos Iglesia Andalucía

CCP3.jpgVivimos un pujante movimiento actual de COMUNIDADES CRISTIANAS que, con humildad evangélica, se extiende por los cinco continentes. Cada Comunidad es autónoma, independiente, no obedece con-signa alguna, ni se somete a los dictados de la autoridad sin analizarlos en la propia conciencia alum-brada por el Evangelio. Las Comunidades Cristianas son, por tanto, democráticas y autónomas. No son un invento de ahora sino que se inspiran en las primeras experiencias eclesiales apostólicas.

LA INSTITUCIÓN JERÁRQUICA TIENDE A LA DICTADURA

Estas Comunidades devienen alternativa, desde el Evangelio, a la conocida institución eclesiástica. Au-tocalificada de jerárquica. Pues la jerarquía y el planificado escalonamiento de su poder es la caracterís-tica fundamental de esta Institución Eclesiástica. Creen haber heredado el poder divino sobre todos los hombres y especialmente sobre todos los creyentes. Su poder, como el divino, lo creen absoluto y sin límites. Para los jerarcas el feligrés no es autónomo sino dependiente en todo: le controlan su vida, su sexuali-dad, su fecundidad, su pensamiento, sus deseos, hasta su conciencia. Le imponen unas creencias y una moral, supuestamente reveladas. Ellos se consideran únicos intérpretes de la voluntad divina. Por eso, muchos de ellos aceptan, como lo más natural y conveniente, el totalitarismo y los dictadores de derechas: Franco, Musolini, Pinochet…

La iglesia católica parece la mayor dictadura, la más duradera, total y profunda de la historia. Domina la vida entera de la persona, en su carne, en su mente y en su actuar. Los más sufridores de esa tiranía han sido el bajo clero y los miembros de las órdenes religiosas. Auténticos “robots” humanos bajo el po-der –incluso caprichoso- de sus superiores, padres espirituales y confesores. Por eso instituyeron el vo-to de obediencia y la obediencia ciega: que son la muerte de la personalidad –libertad y conciencia au-tónoma. Por eso llegan a instituir la Inquisición para añadir el terror a la obediencia. La extinción de muchas organizaciones católicas parece total e irreversible en un mundo que acepta y cultiva los “dere-chos del hombre y del ciudadano”.

EL HUMANISMO Y LA ILUSTRACIÓN A FAVOR DEL HOMBRE Y CONTRA EL PODER ECLESIÁSTICO

La Iglesia en el medievo vivió su mayor éxito histórico como “Cristiandad”. En ella consiguió su mayor poder político, económico y social. Parecía que ese equilibrio europeo –no mundial- iba a ser eterno, conseguido mediante un claro teocentrismo. La Jerarquía, entusiasmada, aumentó el poder político del Estado Vaticano, con las guerras contra España, contra Francia y contra los estados italianos, Los eclesiásticos, ocupados en la construcción de la basílica de San Pedro y en decorar basílicas con pinturas y esculturas, tan desarrolladas en el Renacimiento, no advirtieron la fuerza de la eclosión HUMANISTA del Renacimiento.

El alto eclesiástico, en su borrachera de poder, riqueza y lujo, no ad-vierte que el arte se hace profano (fuera del lugar sagrado). Abundan los temas mitológicos, incluso los temas religiosos son tratados desde el culto al cuerpo –sano, atlético, proporcionado, desnudo, con be-lleza corporal. Todo de la mano de la admirada cultura greco-romana. Los humanistas centraron la vida y relaciones del hombre en el mismo hombre y no en Dios. Fue una revolución copernicana que quitó del centro la Divinidad para situar a la humanidad. Supuso la ruina irreversible del Teocentrismo y el inicio del fin de la Cristiandad.

Los Renacentistas adoctrinan al hombre en el arte de vivir y de pensar. Esto es nuevo en la historia del reciente medievo, en que al hombre sólo le enseñaban a morir y a subordinarse, a obedecer renuncian-do a pensar por sí y para sí. El Humanismo Renacentista es un movimiento pletórico de optimismo y de alegría. Frente a la tristeza de la liturgia católica transida de pecado, muerte e infierno. Ese peso de tristeza nos aplastó desde ni-ños y sigue espantando a los fieles que acuden a las celebraciones de Adviento, Cuaresma y Semana Santa. Incluso el luteranismo nació impregnado por ese triste pesimismo. Cuando el cristianismo de Jesús brilla y reluce de optimismo y alegría, que nuestras Comunidades están recuperando. ¡Qué lástima! El Vaticano II nos abrió una luminosa esperanza.

Nos transmitió brillante alegría. Que por desgracia los jerarcas han truncado. Tienen que transmitirnos tristeza que es lo suyo. Aunque ellos se permitan para sí mismos jirones de vida mundana: lujo en los ornamentos y en sus uniformes arcaicos y esperpénticos. La doctrina humanista engendró en el siglo XVIII el gran movimiento filosófico y social llamado “LA ILUSTRACIÓN”. Es el fruto de la entusiasta enseñanza del Humanismo militante en favor del hombre. Los ilustrados exponen, con fuerza seglar inusitada, valores tan radicales como LA LIBERTAD, LA IGUALDAD, LA LEGALIDAD, LA FRATERNIDAD.

Esos valores que en nada contradicen el Evangelio arruinan al teocentrismo. El hombre quiere gobernar su vida desde la libertad y desde la ética. El hombre trabaja y puntualiza los “Derechos del hombre y del ciudadano” en contraposición del supuesto derecho divino, impuesto por los eclesiásticos al hombre, según sus particulares criterios e intereses. Ese derecho divino –que tanto daña al hombre- está codifi-cado en el “Derecho canónico”. Fruto del Renacimiento –en camino hacia la Ilustración- es la aparición del mayor enemigo, del here-siarca más peligroso de todos los tiempos: Martín Lutero. Él abrió paso al liberalismo. Él defendió, con el libre examen de las Escrituras, la libertad de pensamiento y de conciencia. Por eso el Papa, el Empe-rador y el absolutismo europeo declararon las guerras de religión. Por eso el Concilio de Trento arreme-tió con furia contra el más leve atisbo de liberalismo religioso y político. Por eso, desde hace 4 siglos, el Catolicismo lucha contra el liberalismo y la libertad de pensamiento, de conciencia y de acción. Por eso condenan la moral autónoma.

OCASO DE LA INSTITUCIÓN JERÁRQUICA

Esa apertura al naciente liberalismo, contra el totalitarismo, marca el inicio de la crisis y posterior ocaso del catolicismo. No sin razón a los católicos les llamaron “papistas”, como adoradores sumisos del Pa-pa, emblema del totalitarismo antihumano, anti- ilustración, antiprogreso, anticientífico, antidignidad de la persona. Eso es el Papa: un hombre puesto en lugar de Dios y que asume todos los derechos que podemos atribuir al mismo Dios. Esa figura, ese cargo son anti Evangelio. La institución eclesiástica es el resultado de todos los añadidos históricos al puro y simple y entrañable Evangelio de Jesús. El peor de todos es el Papado y el Estado Pontificio.

La Iglesia jerárquica es una institución humana, de pretendido origen divino, transida de temporalidad, feudataria de la Roma impe-rial, enfrentada con el mundo actual (cultura, ciencia, valores, moral, género de vida, costumbres, idio-ma… hasta vestimentas y ornamentos…). La Iglesia jerárquica es irreconciliable con la modernidad y se ha automarginado de todo movimiento social y de todo progreso. Y en lo puramente religioso cambió el rostro amable del Maestro por el del todopoderoso Pantocrator, por el de Cristo Rey, por el de temible Juez. A efectos de cristianizar les interesó más el miedo que el amor. Esa institución eclesiástica no tiene futuro Las religiones al uso, saturadas de magia… tampoco, máxime si son autoritarias. El Evangelio sí tiene futuro. El movimiento cristiano también.

Unas comunidades de-mocráticas, cuyos miembros se unen por afinidades culturales y convergen en el Evangelio, como forma y norma de vida, si parecen tener futuro y no serán arrastradas por la debacle de la cristiandad. Lo fundamental de la cristiandad son autoridad y poder absoluto. Dimanantes del poder divino y para realizar el plan de Dios sobre la tierra. Del olvidado Evangelio tienen muy presente la imagen del PASTOR: Ellos son los pastores y a los demás nos reducen a la condición de ovejas, débiles y sumisas. Ese es el aprecio que nos muestran. Ellos empuñan el báculo para ordenar y castigar. Lo de dar su vida por las ovejas es literatura: son más proclives a pedir la vida a los demás para su servicio, que a darse a la comunidad. Jesús, el Buen Pastor, da su vida por la ovejas, pero nunca nos trata a sus seguidores como baladoras ovejas. Los católicos han despreciado al Mundo. Lo odian como al mal encarnado en los hobres. Lo creen in-salvable. Lo condenan en aquella célebre frase “demonio, mundo y carne”.De algún modo pretenden li-berar al hombre del mundo, huir del mundo, odiar la carne, despreciarla.

Siempre hablan del alma como lo único valioso del hombre. No quiere arrastrar al hombre fuera del mundo al desierto, al cenobio. Eso era propio de la corriente judaica de los “esenios”. Jesús, en cambio, amó al mundo y a cuantos en él vivimos. No desprecia nada del hombre, creatura de Dios. Le indica el camino de salvación y le manda el Espíritu para salvarlo. Y no quiere sacarlo del mundo sino perfeccionarlo a él junto con el mundo, cada vez más justo, más compasivo, más alegre… Otras expresiones del Evangelio también estan de continuo en los labios católicos: “TU ERES PEDRO. Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… Lo que ATARES sobre la tierra, atado será en el cielo. Lo que desatares…” Parece que ni Dios puede atar o desatar lo desatado y atado por el Pontífice. Con esas pa-labras se sienten herederos del poder divino. Y no por sus personales méritos, sino por el hecho de su nombramiento. Esculpieron las primeras palabras citadas en el tambor de la cúpula de San Pedro, como el fundamento de todo el poder de la jerarquía.

Con esta leyenda nos recuerdan continuamente el origen de su poder ilimitado. Nunca, nadie en el Mundo se ha sentido con tal poder. Y, mucho menos ha podido exhibirlo con tanto desparpajo. Lo malo es que millones de creyentes, a lo largo de dos milenios se lo han creído y han casi adorado a los Papas, como al mismo Cristo. A eso le llamamos “Papolatría”. Aquellas palabras dirigidas a Pedro sin duda las pronunció Jesús. Pero su interpretación debe ser otra, acorde con el rechazo de Jesús por los poderosos sacerdotes del templo de Jerusalem y, en general, por cuantos ostentan poder sobre los hombres. Y, de hecho, San Pedro nunca hizo ostentación de po-der, ni sin duda se creyó sabelotodo e “infalible”. Más bien consultó siempre sus determinaciones con los hermanos. Tanto poder recibido de lo alto también fundamenta y explica los desorbitados poderes mágicos del sa-cerdote: la transubstanciación por unas palabras. El perdón de los pecados por otras. La bendición del agua, del aceite… como medios curatorios. Otras palabras tienen la virtud de echar demonios y de ajus-tar el vínculo matrimonial. Como siempre, un poder ilimitado para atar y desatar. La concreción de esa autoridad tan desmedida sobre el territorio es la parroquia, detrás de la diócesis y de la provincia, siguiendo la nomenclatura de la Roma Imperial.

La Parroquia no es una comunidad, sino una unidad de poder vertical. Por eso el católico no vive en comunidad, sino como individuo aislado, sujeto al jerarca, señor del terri-torio. Responde a la división territorial del Imperio Romano En ella un clérigo manda y el laico se somete a la autoridad delegada del obispo Controla la vida del feligrés, según el Obispo Es recaudatoria para el obispado: diezmos, primicias, herencias… Tiene algunas funciones asistenciales Adoctrina a los niños y fracasa en la evangelización del adulto Por eso transmite una religiosidad infantiloide El laico es discente y siempre menor de edad Su vida está centrada en el TEMPLO, como en Jerusalem Es, por tanto, levítica No tiene sentido en la sociedad de las grandes ciudades, donde los ciudadanos se agrupan por activi-dad económica, afinidades políticas culturales y de ocio…

En el catolicismo es importantísima la CADENA DE MANDO, LA AUTORIDAD delegada que llega hasta el último fiel, para imponerle un pensamiento (doctrina) y una disciplina (moral). Instituyen el VOTO DE OBEDIENCIA. Y añaden, más adelante, el horror de la obediencia ciega. Esa autoridad se cree partíci-pe de la sabiduría e inspiración divinas y del poder sin cortapisas. No aceptamos del jerarca ni su carisma, ni su omnipotencia. El Evangelio no lo quiere “señor” sino ser-vidor del más humilde. El poder levítico no sirvió para evangelizar. Los laicos nunca se han sentido lla-mados a la construcción del Reino. Son miembros pasivos. Ese poder sirvió para fomentar y difundir la magia y, con ella, atemorizar a los más impresionables como mujeres y niños.. Siempre mantuvieron a la feligresía en su ignorancia para asegurar la sumisión. Ni siquiera le toleraron que se planteara incóg-nitas y problemas. Para eso doctores tiene la Iglesia. Pero, cuando la cultura se generaliza y las ansias de libertad explosionan, desaparece el miedo y apa-rece la insumisión, la contestación actual y el desprecio al poder tiránico.

Hoy, aquella cadena de mando yace rota por el penúltimo escalón, por la falta de clérigos y la insumi-sión, tanto de sacerdotes como de fieles. La Iglesia está convertida en una estructura vacía de poder real, de contenidos intelectuales, de programas en pos de la humanización y, por tanto, de función. ¡Cuando se convencerán TODOS, clérigos y laicos, que el cristiano, monaguillo o Papa, no tiene poder alguno! Ni propio, ni recibido. Ni sobre las cosas y mucho menos sobre las personas. Sólo la Comuni-dad tiene un arma. Que es la oración al modo como nos la enseñó Jesús. Y con la confianza filial que también nos transmitió. Es la oración de la comunidad reunida en nombre de Jesús, en la que El se hace presente. Por todo lo dicho, las inoperantes parroquias están en vías de desaparecer, al igual que los obispados y toda la organización territorial del poder eclesiástico.

PODER MACHISTA

Otra innegable característica del poder levítico es su evidente e indisimulado MACHISMO. El Catolicis-mo es la única institución mundial en que ni una sola mujer aparece en su cúpula del poder. Ni una sola mujer sacerdote, ni obispo, ni cardenal. Eso llama la atención y explica la desafección creciente de una sociedad donde la mujer día a día conquista nuevas cotas de responsabilidad y de poder. Es totalmente irracional que una institución que quiere influir en el género humano pueda prescindir del 50 % de la humanidad. No hay ninguna razón ni dogmática, ni histórica, ni sociológica que explique tamaño dislate.

Decimos que la Iglesia Jerárquica, no la de Jesús, ni la primitiva, vive en una burbuja aislada de la sociedad en continuo progreso. Ilustra pensar hasta qué punto permanece ciega y sorda para no detectar el cambio social tan espectacular que ha llevado a la mujer al primer plano de la actualidad. Y esos jerarcas que presumen de una especial iluminación providencial no aplican su sentido común y su elemental raciocinio en comprender cuanto hay en su derredor. En la crisis actual de vocaciones pre-fieren prescindir de las mujeres, que aspiran al sacerdocio, antes que llamarlas, Y dejan miles de parro-quias sin clero. Les da igual. ¡Qué miedo tienen a las mujeres! Y, con razón. Ellas, aplicando la lógica elemental, cambiarían, en me-ses. la faz de la Iglesia. Desde luego jubilarían de inmediato a la inoperante gerontocracia que preside –no dirige- la institución. Sola y sin timonel. Inoperantes gerontes que pasean vanidosos sus largas colas de púrpura y que viven como cortesanos a costa de los creyentes. Que firman larguísimos documentos que nadie lee. Porque repiten lo mismo que hace mil años y no se han enterado de nada concerniente al mundo actual. Quieren tener la razón en todo.

Quieren imponer su verdad por la fuerza divina. Y son incapaces de estudiar, de leer, de oír, de dejarse aconsejar… Es de pena. Es de vergüenza. Las mujeres si se hicieran con el poder cambiarían de inmediato la moral con la que se les menosprecia en su persona, en su dignidad, y en su sexo, y se las somete al varón. Desde luego harían una lectura distinta del Evangelio y de Pablo. Separando lo propio de una circunstancia histórica de la substancial de la persona y del mensaje cristiano.

LA COMUNIDAD ES LA ALTERNATIVA EVANGÉLICA Y LA IGLESIA SERÁ UNA COMUNIDAD DE COMUNIDADES:

Jesús no teorizó sobre la Comunidad. La vivió. Supuso que en ella siempre habrá algún “primero”, algún presidente al que quiso servidor de todos. Jesús aborreció a los sumos sacerdotes y a los jefes del tem-plo, que aplican cargas sobre la espalda de los humanos. Que los explotan. Que se constituyen en “pa-dres”, “señores”, “maestros”. Y nos dijo que sólo el Padre es Señor y Maestro. El “Padre nuestro” es una oración de los “hijos en comunidad” que El siempre preside. JESÚS PARTICIPÓ DE MÚLTIPLES COMIDAS COMUNITARIAS y consagró la reunión fraterna en tor-no a la mesa del alimento (no de las ofrendas y menos de los sacrificios). Jesús participó en fiestas y convites por una boda, por un nacimiento, por diversos eventos… El trato a muchas mujeres como a iguales. Y así las defendió. El se confió a varias mujeres y les debió pedir determinadas gestiones delicadas. Como decidles a Pedro y a los demás que vayan… que su-ban… que esperen…

En la historia del Cristianismo las únicas comunidades reales son y han sido las conventuales y mona-cales. Verdadera reunión de hermanos, iguales en derechos y obligaciones, con lazos de amor espiri-tual. Lo malo de ellas fue que por influencia del feudalismo medieval los Padres y superiores –Abades- se convirtieron en señores, en poderosos y ricos amos sobre vidas y haciendas. Eso destruyó la frater-nidad y la igualdad. La libertad estuvo suprimida, desde el inicio, por el voto de obediencia. De todos modos en la liturgia permanece como un recuerdo, una añoranza de la Comunidad en torno a la “mesa”, mal convertida en “Ara” del sacrificio. Lo que demuestra que VIVIR EN COMUNIDAD ES UNA NECESIDAD HUMANA, tanto más sentida cuanto el hombre se hace más individualista, autónomo e insolidario. Por eso en momentos de crisis aparecen las comunidades “hipis”, la Comuna de París, las comunas chinas, los koljos soviéticos, los kibbutz judíos, etc…

Siempre son un grupo de personas que comparten habitats y medios de producción con el fin de realizarse, libre y solidariamente, según unos valores y modelos ideológicos y afectivos, comunes a todos, y que rechazan la organización social al uso. La institución eclesiástica adoptó las formas y cultura (filosofía, lengua, literatura, derecho, arte…) de Roma y posteriormente del feudalismo, con el que se fundió completamente. Al ser una institución tan cerrada en sí misma, en lo levítico y que mantenía su propia cultura y enseñanza, no percibió las in-fluencias de la sociedad de la que se sentía superior en todo. NO EVOLUCIONÓ al ritmo de una sociedad cambiante y que, paso a paso, se va perfeccionando No percibió cambios sociales y culturales tales como la superación del feudalismo, la aparición del ciuda-dano con todos sus derechos y el desarrollo colosal de la ciencia y la técnica.. El abismo y enfrenta-miento entre institución y sociedad es creciente, para ruina de aquella

LAS COMUNIDADES, SON NECESARIA HUMANAMENTE como complemento de la familia

Para apoyo y desarrollo natural de la persona que es un FIN en si misma y nunca un MEDIO Para el estudio y comprensión del Evangelio: los discentes son a la vez docentes Para la mutua ayuda Para que todo creyente sea misionero, pues evangeliza de igual a igual, por afecto, por espíritu de servicio… Para incrementar la felicidad personal Fuera de la Comunidad el individuo se pierde. Hoy es engullido por la sociedad capitalista y antes lo fue por el feudalismo que lo mantuvo en la indigencia, en la ignorancia y en la sumisión.

CONDICIONES DE LA COMUNIDAD
: que sea

PARA LA VIDA LIBREPENSADORA Seminario de sus propios dirigentes-servidores FUNDAMENTALMENTE ASISTENCIAL, hacia dentro y hacia fuera por la caridad con el marginal

NECESIDAD DEL CRISTIANISMO ACTUAL DE VIVIR EN COMUNIDAD:

PARA UNA UNIDAD COMPLEJA DE VIDA SINO PARA BIEN DE LA PERSONA HUMANA: desarrollo, felicidad… AUTÓNOMA, DEMOCRÁTICA Y CREATIVA ENTRE IGUALES, No levítica NO PARA EL CULTO, SINO

Socialmente el hombre sometido al deshumanizador capitalismo, que lo ha convertido en mercancía, necesita más que nunca la integración en una Comunidad como la descrita. Ella es la fuerza liberadora. Religiosamente es patente la necesidad de vivir en comunidad. No admitimos hoy una institución mo-nárquica, con poderes absolutos y sin CULTIVAR las libertades fundamentales. Las Comunidades Cristianas Populares, son hijas del Concilio Vaticano II. Vieron la luz en América. Y llegaron a Europa. El Concilio no pudo variar el rumbo hacia el colapso eclesiástico. La jerarquía ya se está despeñando. Pierde diariamente reconocimiento y aprecio. Y acumula, por su irracional autorita-rismo, desprecio e indignación. (Véase la desorientación de los cardenales de Madrid y las aficiones pontificias a sombreros, zapatitos y los cómodos viajes de peregrinos, en una institución gerontocrática que se les cae a pedazos, por la falta de clero, por la huida de obreros y de intelectuales librepensado-res…) El hueco que va dejando la jerarquía está siendo ocupado por las Comunidades. Los jerarcas más váli-dos, despojados de sus capisallos y símbolos arcaicos de poder, las respetarán y colaborarán con ellas. Hasta se integrarán, pues será cuanto queda de auténtico cristianismo. Lo demás serán jolgorios de peregrinos y servicios de funcionarios al colectivo (bodas, bautizos, funerales, cabalgatas… eventos so-ciales)

COMUNIDAD Y EUCARISTÍA

Hemos superado las arcaicas y conventuales “Misas”. ¡Y algunos vuelven al latín! Hoy la Comunidad se estructura en torno a la Mesa del Convite Eucarístico, que no ara, ni altar del sa-crificio. Sin ese convite de hermanos iguales, unidos por el afecto y orientados por el Evangelio ni hay, ni habrá Comunidad Cristiana. La unión afectiva de los hermanos y el Evangelio como norma de vida es la vida de la Comunidad. Son sus unidas e indisolubles características. A más Eucaristía más unión y más Evangelio.

UNA CONCLUSIÓN

Nos tenemos que tomar muy en serio el Movimiento de las Comunidades cristianas Populares. Es la al-ternativa a la Iglesia Jerárquica. Que está en franca descomposición por ser jerárquica, por adorar el poder, por estar divorciada del mundo actual, al que desprecia, por su enemistad declarada a la mujer, por su inoperancia.

Sólo los actos de la jerarquía tienen repercusión mediática por ser esperpénticos: sombrero rojo a juego con zapatitos rojos de boutique, capa kilométrica de un purpurado, cierre de una parroquia por entrega a los marginados, guerra contra la “Educación para la ciudadanía”… manifestaciones políticas contra el gobierno encabezadas por purpurados…

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