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LAS CARETAS CON QUE VIVIMOS. Jairo del Agua

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En las carnavaladas modernas algunos se disfrazan de aquello que habrían querido ser y no han sido. Otros se apropian de personajes o símbolos para ridiculizarlos. Otros, finalmente, buscan la ocultación de la careta para conseguir la impunidad y el anonimato de conductas desinhibidas, abusivas, grotescas e incluso delictivas.

Sin embargo, estos desahogos triviales tienen menos repercusión en nuestra personalidad que los disfraces permanentes que nos fabricamos para vivir. En la vida ordinaria solemos usar una de estas cuatro caretas: la negra, la negra con purpurina, la brillante y la transparente.

– La careta negra la lleva quien se ve en negativo. Quizás reconozca en sí algún rasgo positivo «pero»… siempre relativiza y neutraliza lo positivo. La imagen de estas personas se estructura a partir de lo negativo y de sus carencias. Con frecuencia el origen estuvo en la comparación con un hermano o en una educación exigente, en vez de estimulante, que subrayó los fracasos exigiendo siempre más. Puede enraizarse también en un gran fracaso o en una serie de fracasos en edad más avanzada. Si nadie le ayuda a encontrar su caudal positivo, dudará de sí mismo y se hundirá en la negrura de su imagen negativa.

Estas personas carecen de confianza en sí mismas porque no encuentran nada en qué apoyarse. Eso no les impide llevar adelante lo que emprenden pero no se atribuyen el mérito sino que lo achacan a la suerte, a los otros, etc. No se sorprenden nunca de sus fracasos o sus defectos, como si esperasen que ocurrieran. Esto refuerza su imagen negativa, aunque no la acepten ni sean muy conscientes de ella. Hay quien la sublima bajo el concepto de humildad y encuentra una compensación en el reconocimiento de su falsa virtud.

– La careta negra con purpurina la portan quienes se supervaloran para defenderse de lo negativo que les reflejan. Ellos se reconocen con sombras y luces pero la forma de defenderse cuando les critican es lo que hace decir a los que les rodean que se empinan. Detrás de esta careta hay una gran inseguridad con raíces en un pasado doloroso. En realidad su imagen es negativa pero la ocultan tras grandes chorreras de purpurina. Se defienden de su negatividad con una artificial y exagerada estima. Ante los demás pueden pasar como orgullosos, vanidosos o chulos, cuando en realidad son pobres personas sin autoestima.

– La careta brillante se la encajan a fuego quienes se sobrestiman siempre. Tienen un concepto muy elevado de sí mismos y se afanan a toda costa para que los otros les vean brillar. Su vida se organiza en torno al éxito social. El origen pudo ser un ambiente familiar preocupado solamente por el éxito, en el que al niño se le valoró por sus «triunfos» sociales, escolares, deportivos, etc. sin que importasen los medios empleados o su auténtica personalidad. Se puso el acento sobre el «parecer» y no sobre el «ser». Esta influencia se acentuó por un sistema educativo y social que valora el éxito intelectual (culto a los títulos) y el éxito social (culto a la carrera, a las relaciones, a la buena posición). Dentro de estos ambientes el niño, el joven y más tarde el adulto no se estructura sobre lo que es en profundidad sino sobre lo que los demás aplauden. No se apoya en sus propios cimientos sino en la frágil peana de los otros. No se preocupa de su realización personal sino de su actuación teatral y su hambre de aplausos.

Detrás de todas estas caretas hay inseguridad subconsciente, una personalidad sin cimiento, un ser atrofiado. Estas personas son sicológicamente enanas, les es imposible apoyarse en sí mismas para existir y avanzar en la vida. Esta inseguridad se compensa con los éxitos (o con la apariencia de virtud que también es un éxito), por lo que el hambre de gloria se acentúa. Si el individuo está bien dotado y nunca tiene fracasos, esto puede durar toda la vida, aunque con una sensación de vacío e infelicidad. Cuando fracasan vuelven a empezar, salvo si el fracaso es demasiado grave. Entonces viene el derrumbamiento y la depresión.

La relación con los demás no es armoniosa, desprecian a los débiles (o no virtuosos), a los que no tienen éxito. Hay dependencia de las personas cuyas opiniones pesan. Hay incapacidad para aceptar la interpelación de los otros porque falta solidez interior. La respuesta a quienes les cuestionan es la ironía, el desprecio, la suficiencia, la justificación o la prepotencia. Estas personas reconocen que tienen algún defecto porque es de «buen tono» tener algo que reprocharse. Encontramos aquí la importancia de los «modales refinados» a los que estas personas son tan sensibles.

– La careta transparente corresponde a quienes tienen una imagen normal, ajustada a la realidad de su persona. Las caretas anteriores son opacas y tienen su origen en la apariencia. La transparente se estructura a partir de lo que uno es realmente. Las personas que la consiguen se perciben hechas de riquezas y sombras. Pueden caer en la tentación de aplicarse algún colorín o sombra pasajeros, pero se desmaquillan con rapidez cuando se detectan embadurnados. Su verdad de fondo les sirve de guía.

Frente a los otros no tienen dificultad en reconocer tanto sus riquezas como sus límites. Los reconocimientos positivos no les provocan euforia. Los comentarios negativos no les llevan a la desvalorización o a la duda sobre sí mismos. La percepción de su imagen no es rígida ni fija. Su imagen cambia y evoluciona porque integran en ella los elementos nuevos, producto de sus descubrimientos. Frente a las críticas son capaces de dejarse cuestionar sana y serenamente sin buscar la justificación. Son capaces de discernir el valor de sus actos y de sus actitudes sin alienarse a los otros y al ambiente.

Paradójicamente estos últimos -menos protegidos porque no ocultan su personalidad- se suelen sentir más felices dentro de la naturalidad y verdad de sus sonrisas o de sus arrugas.

Jairo del Agua
jairoagua@orange.es

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