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LA VIOLENCIA EN LAS CÁRCELES. HACIA UNA TERAPIA INTENSIVA DE INCLUSIÓN. Leonardo Belderrain- Diego Zerba

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¿Se puede intentar incluir a la cultura del trabajo a presos con un personal penitenciario con un trabajo muy estresante? En este último tiempo se discutía cuanto cambiaria la calidad de vida de los penitenciarios si se construirían Barrios para ellos. Estaban los que decían que esta iniciativa es “mejor que nada” y los que también comentaban que así solo se retroalimenta la maliciosa conciencia de ser de “serie b” y el no querer salir de la cárcel de del que por presión se va haciendo un refugiado.

Algunos matutinos durante el año 2007, han expresado que la violencia de las cárceles tiene que ver con el hacinamiento en el que allí se vive. Se admite que esta lectura no esta lejos de la realidad y que para corregirla bastaría con construir cárceles más espaciosas, pero cuando nos enteramos que en algunas unidades con altos índices de suicidios y muertes violentas de distintas formas en los internos también reportan un alto nivel de muertos por las misma causas en agentes penitenciarios, arriesgamos la siguiente hipótesis: El estrés carcelario es la causa de las muertes violentas en internos y agentes penitenciarios dentro de este ámbito.

(Después del motín del 17 de diciembre de 1993 que durara seis días tres agentes penitenciarios que estuvieron como rehenes en el lapso de los tres años fallecieron por trastornos cardiopaticos). Para no caer en verdades de Perogrullo iniciaremos este artículo haciendo una caracterización del estrés, conforme a su concepción médica y su antecedente en la obra de Sigmund Freud, y expondremos un desarrollo conceptual de lo que entendemos por ámbito carcelario en la actualidad. Avanzando en el transcurso del artículo entramaremos las consideraciones clínicas con la modernidad terminal que nos toca desandar, bosquejando una idea terapéutica para la intervención en dispositivos colectivos.

De acuerdo a la doxa psiquiátrica, el estrés está caracterizado como la respuesta del cuerpo a condiciones externas que perturban el equilibrio emocional de la persona. Como resultado fisiológico de dicho proceso esta experimenta una compulsión a huir de la situación que lo provoca o confrontarla violentamente. Tal reacción compromete a casi todos lo órganos y funciones del cuerpo, incluyendo el cerebro, los nervios, el corazón, el flujo de sangre, el nivel hormonal, la digestión, la función muscular, etc.

También puede favorecer un exceso de ácido estomacal, dando lugar a diversas perturbaciones gástricas como la úlcera, o contraer arterias ya dañadas con el incremento de la presión arterial, precipitando anginas o paros cardiacos. Además puede provocar una pérdida o un aumento del apetito con la consecuente variación de peso en la persona. Al prolongarse por largos periodos puede ser la causa de distintas enfermedades: cardiovasculares, artritis reumatoide, migrañas, calvicie, asma, tics nerviosos, sarpullidos, impotencia sexual, irregularidades en la menstruación, colitis, diabetes y dolores de espalda, entre otras. Por su parte el Manual DSM IV define así el trastorno de estrés postraumático (TEPT): “es la aparición de síntomas característicos que sigue a la exposición a un acontecimiento estresante y extremadamente traumático, y donde el individuo se ve envuelto en hechos que representan un peligro real para su vida o cualquier otra amenaza para su integridad física” (Manual DSM IV, 1995: 434, 435)

Esta suerte de lugar común que la psiquiatría impuso en la cultura actual, había sido elaborada conceptualmente por Freud desde los estertores del siglo XIX. Por entonces afirmaba: “Donde quiera se descubre que es reprimido un recuerdo que sólo con efecto retardado (nachträglich) ha devenido trauma” (Freud (a), 1982: 403). Es decir que el trauma, ya a esa altura de su investigación clínica, no lo verifica en tanto resultado lineal e inmediato de un suceso causal. Freud ya había salido por entonces de la investigación neurofisiológica, que comenzó en el Instituto de Anatomía Comparada de Trieste con el estudio de un problema de zoología marina: la estructura gonádica de las anguilas, y continuó al año siguiente en el laboratorio de fisiología de Ernst Brücke ocupándose de anatomopatología del sistema nervioso humano.

No obstante Freud conserva de ese período su confianza en la metodología de investigación más que en el objeto investigado, a tal punto que hay una clave inexorable de la indagación freudiana: la ausencia de coincidencia entre lo buscado y lo hallado. Se trata de aquello que Paul – Laurent Assoun llama “racionalidad de procedimiento” (Assoun, 2001: 111).

A la altura de su producción que examinamos, Freud piensa que los fenómenos a los que se halla abocado descansan en un soporte anatómico (por eso escribe un proyecto de psicología para neurólogos). Pero al poco de andar en el naciente campo del psicoanálisis, toma de Fechner la idea de otra escena para explicar el trabajo de elaboración onírica que prontamente extiende al conjunto de los efectos inconscientes (lapsus, actos fallidos, olvidos, síntomas). Bajo esta clave el trauma no anida en la escena ingenua de la naturaleza, sino –como se la describe a su amigo Wilhelm Fliess- dentro de otra en la cual “no se puede distinguir la verdad de la ficción investida de afecto” (Freud, 1982 (b): 302).

De tal modo la experiencia de realidad que proviene de esta escena es el resultado de la intensidad de afecto que posee. La imagen hipernitida de un sueño o un recuerdo encubridor es el producto de la variación cuantitativa que desplaza un monto importante sobre ella.

Desde ese mínimo comentario que le hace a su amigo en 1896, hasta el desarrollo del más del principio del placer que comienza luego de 1920, el factor cuantitativo es una clave para pensar el trauma en el devenir de la obra freudiana. Abandonada la idea de soporte anatómico sitúa el topos en un aparato psíquico, pasando a ser el trauma el aumento cuantitativo que dicho aparato no puede procesar. Este aparato es protegido de los estímulos exteriores por una barrera antiestímulos y de los interiores por la angustia que actúa como señal de peligro. Dentro de este contexto, cuando un estímulo exterior perfora la barrera se produce el trauma, como Freud observa en las neurosis de guerra. En ellas un sueño traumático muestra el fracaso de la otra escena para tramitar el trauma, reiterándose una y otra vez en donde no puede reparase la superficie protectora que ha sido rasgada por la magnitud del estímulo.

A lo planteado por Freud cabe agregar que la barrera antiestímulos separa la intensidad que puede procesarse y la que el aparato no logra hacerlo. O sea que distingue una lógica de procesamiento de energía y lo traumático que queda fuera de ella. Cuando la barrera no es perforada sino que cesa de existir, deja de haber un trauma no procesable por una lógica sino la cesación de toda lógica. A esto lo llamamos catástrofe, y una de sus consecuencias es el estrés como un estado natural en el suceder catastrófico que actualmente habitamos. En la misma línea tampoco el sistema penitenciario es una barrera para separar los elementos traumáticos que no pueden ser procesados por la sociedad capitalista, sino que intenta defender un mundo construido a partir de la expulsión definitiva de habitantes de sus filas. Al revés del viejo sistema penitenciario, que encerraba a los reos para transformarlos compulsivamente en trabajadores, hoy las rejas carcelarias encarcelan a los consumidores dejando más allá a los expulsados definitivos de la sociedad.

Así la modernidad terminal, idéntica al mercado, es un volátil universo definido exclusivamente por el consumo, cuya construcción sostenida en la imagen del teleconsumidor puede colapsar en cualquier momento. Por eso el estrés es resultado de un suceder catastrófico, como alguna vez las neurosis traumáticas lo fueron del efecto traumático de barreras protectoras atravesadas.

De acuerdo a un estudio efectuado por profesionales de nuestro país, el 60% de la población argentina siente cansancio, falta de energía y sueño. Las causas principales, aseguran, son el exceso de trabajo, el estrés y el descanso nocturno insuficiente Los datos de este estudio, extraídos de una encuesta realizada en 16 provincias, fueron interpretados del siguiente modo: la creciente cantidad de obligaciones laborales y familiares, la falta de tiempo suficiente para no saltear alguna de las cuatro comidas diarias -sobre todo el desayuno- y los trastornos del sueño por el estrés y el ritmo de vida urbano reducen el rendimiento físico y mental cotidiano (1).

«El cansancio y la sensación de falta de energía y sueño durante el día surge del tipo de vida que estamos llevando, sobre todo en las grandes ciudades, donde la población tiende a tomarse muy poco tiempo de descanso», explicó el doctor Juan Carlos Ivancevich, presidente de la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica, entidad que realizó la encuesta entre marzo y abril de 2007.

“Tengamos en cuenta -agregó con cierto tono de complicidad- que cumplir con las exigencias de una vida saludable demanda esfuerzo, tiempo y adoptar una actitud activa. Y aunque las personas saben que tienen que dormir bien, no saltear comidas, comer mejor y hacer actividad física, no sé si muchas están dispuestas a hacerlo».

En el análisis cuantitativo de la encuesta se ubicaron tres causas fundamentales para la falta de energía y la somnolencia diurna: no tener una alimentación equilibrada y ordenada (54% de los encuestados), no llegar a dormir las horas necesarias (36%) y tener un sueño liviano (55%).

Incluso, el 15% de las 944 personas mayores de 18 años que respondieron la encuesta en Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Misiones, Corrientes, Chaco, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca, Jujuy, Mendoza, San Juan, Río Negro y Neuquén, llegaron a quejarse hasta del mal aspecto que el espejo les devuelve todo los días por la falta de sueño y el cansancio. Por su parte las mujeres (69,5%) dijeron sentir todos esos síntomas más que los hombres, además de ser las que más comidas se saltean (lo hacen siete de cada diez).

«Todas estas sensaciones son, tal vez, lo que indirectamente provoca que la persona no tenga el sistema inmune en funcionamiento óptimo, ya que tanto el cansancio como el sueño o la falta de energía para las tareas cotidianas indican la presencia de malos hábitos», dijo el doctor Ivancevich.

Frente a estos datos y su lectura nos preguntamos: ¿Esto mismo se da en el sistema penitenciario? ¿O hay factores que implican otra comorbilidad?

Nuestro objetivo inmediato es indagar sobre cuales son los estresores que condicionan el proceder de los agentes penitenciarios y si responden a mandatos culturales

A priori imaginamos estos condicionamientos: usted señale de cero a diez como funciona su estrés.

Entrevista

Que cosas mas lo estresan en su tarea

El no sentirse vocacionado para esta tarea y haberle gustado hacer otras cosas

Las dificultades con sus pares y colegas

Los conflictos con su responsable de trabajo

Los bajos salarios y la falta de rédito

Su traslado al lugar de trabajo

Su relación de pareja y los problemas familiares

El trabajo poco creativo y el aburrimiento

Las pocas horas de sueño

Los riesgos por trabajar con personas violentas

El descuido institucional con ustedes

Los traslados reiterados y los desarraigos personales y familiares

La falta de amigos y de personas que puedan contenernos

¿Usted ha pasado por experiencias violentas que hoy comprometen su sueño y su atención en la tarea?

Pero si con las precisiones que hicimos dejamos de suponer en clave de Manual DSM, y mucho menos adjudicarle tal suposición al apriorismo kantiano, podemos concluir que el penitenciario, como creían los griegos, se encuentra en la orilla de la laguna Estigia o el río Aqueronte (separando el mundo de los vivos del mundo de los muertos), y cumple con la función de Caronte (el barquero) que recogía las almas para su último viaje hacia el Hades. En nuestra metáfora esos espacios acuíferos no poseen orillas, sino que se constituyen en pantanos confusos que fracasan en el intento de diferenciar un lugar de otro. Por eso nuestro Caronte penitenciario navega por el corazón que bombea el estrés, entre los grumos viscosos e incontrolables del suceder catastrófico.

De tal manera se convierte en un eficaz agente transmisor y víctima del mismo mal (si recordamos con cierta ironía la idea de infección, que Gustave Lebon en el siglo XIX transplanta del discurso médico a la psicología de las multitudes), que como en las enfermedades infecciosas consagradas encuentran en la cárcel su mejor caldo de cultivo. Es así en tanto que, por un lado (y como ya reconocimos), se trata de un espacio inmensamente más pequeño que el de las celdas de consumidores (imaginen, para que tengan una idea, una reunión de consorcio desarrollada sin solución de continuidad durante diez años en un baño), pero por sobre todas las cosas es el pico máximo del suceder catastrófico, en el que colapsa toda clasificación dentro de un menjunje de cautivos amontonados sin ninguna lógica (condenados, detenidos a la espera de juicio, violadores, presos por portación de cara, pobres que no pueden pagar fianzas, etc.).

Avanzando en la puesta a prueba de nuestra hipótesis, cambiamos de interlocutor y pasamos a dialogar con Chaim F. Shatan . Tomamos ideas que vertió en una entrevista efectuada por Francisco Orengo García y Dominique Sabbah Bensimón durante junio de 2000, para la “Sociedad Española de Psicotraumatología y estrés traumático” (S.E.P.E.T).

Comenzamos por transcribir su presentación: “Chaim F. Shatan es un reconocido estudioso de las neurosis de guerra y de las víctimas de desastres producidos por el hombre. Ha dado ponencias en todo el mundo sobre falsos conceptos de hombría y honor, enemigos, neurosis de combate, trastorno de estrés postraumático, duelo en soldados, sexualización del combate, adicción a la guerra y al genocidio. Más recientemente se centra en 1) la necesidad de enemigos en los conflictos sociales, y 2) los procesos por los cuales la percepción de un enemigo odiado se arraiga en las estructuras psicosociales. Considera lo primero como una relación patológica entre individuos, instituciones sociales y naciones, y lo segundo como una condición previa para los conflictos armados, la violencia etnopolítica y el genocidio. Formaliza propuestas para deshacer esta necesidad de enemigos” (Shatan, 2001).

Así formulado los trastornos por estrés han dejado de ser una preocupación limitada a los médicos. De tal forma se abandona un paradigma casi exclusivamente fisiológico, permitiendo el actual desarrollo de la psicotraumatología que involucra en dicho quehacer a teólogos, terapeutas, y psicólogos.

Por nuestra parte estamos alertados que el estrés entendido como una fenomenología descriptiva y sumisa a la medicación, prescinde de todo aspecto interpersonal y social. Tiene las mismas limitaciones de la vieja teoría infecciosa, que consideraba sólo el germen infeccioso y no la persona en su conjunto; es decir que no considera la experiencia total de una catástrofe en el entorno humano. La teoría infecciosa debería tener en cuenta el sitio que produce esa máscara que es la persona, al modo como primeramente la entendieron los romanos y posteriormente con el giro que le dio el cristianismo.

Persona posee su etimología en el vocablo latino personare, que quiere decir sonar fuerte o resonar.
En su acepción originaria designaba la máscara que cubría la cara del actor al momento de su recitado en escena, y que además contribuía a darle volumen a su voz. Dentro de este marco se utilizó esta palabra para expresar el papel que un individuo puede desempeñar en la sociedad: por ejemplo como la persona del jefe
de familia, o como la persona del cónsul de la civita. El primer caso indica un sitio privado y el segundo uno público.

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Del lenguaje escénico -como parte esencial de la vida social- su significación se deslizó a la técnica jurídica. A consecuencia de ese deslizamiento, desde entonces el concepto de persona definió el hombre libre de modo opuesto al esclavo que era considerado una cosa. O sea que el sólo hecho de nacer no era suficiente para que a un individuo se lo considere de ese modo. Estrictamente una persona, en su sentido jurídico, pasó a ser todo aquel capaz de adquirir derechos y contraer obligaciones.

Para el cristianismo la persona tiene una explicación a la vez sencilla y misteriosa. La clave esta en la frase del Génesis: Lo creó a su imagen y semejanza (una máscara de Dios). Por lo tanto es libre, responsable y de dignidad inalienable. Siguiendo esta línea, en su intervención del 5 de junio de 2004 ante unos doce mil jóvenes suizos reunidos en el Palacio de Hielo de Berna, Juan Pablo II dijo: El cristianismo es una persona, una presencia, un rostro: Jesús, que da sentido y plenitud a la vida del hombre. Ese rostro es la mascara que nos da a todos (y no a unos pocos, como en la antigüedad) el carácter universal de personas, y por lo tanto de hijos de Dios. Esta es la condición que definió a la modernidad en términos de universo, en el que nadie quedaba fuera de un sitio para entrar en escena como actor social.

Finalmente cuando un sitio intenta construirse sin la función de una barrera, un borde que establezca diferencias para no caer en la catástrofe de la confusión (aboliendo toda lógica), asistimos a la modernidad terminal como la era de la efímera consistencia de toda máscara. En tal contexto no hay sitio público ni privado, sino sólo sitios hiperprivados para vender caretas de identidades institucionales, que duran lo que dura la toma de una foto. Desde nuestro análisis cuidadoso la herida básica del estrés, como plantea Shatan, pone el acento en la catástrofe, en la cualidad abrumadora de la experiencia cuando se volatilizan las máscaras y con ella la consistencia que antes daba el sitio público o el privado.

¿Cuál es el rasgo central, la herida básica del TEPT? Creemos que, para pretender adaptarse al estrés abrumador, los sujetos han de desarrollar una nueva forma de vida que brota de la catástrofe, ya se trate del combate, de la violencia doméstica o de la tortura. La atmósfera absoluta de un campo de exterminio, el impacto total del combate, la experiencia aniquiladora de la tortura predispone a cambios básicos en los modos de sentir, pensar y actuar. En ese sesgo Shatan indica que otra de las características fundamentales del estrés abrumador es que está provocado por el hombre.

O sea que estamos frente a desastres hechos por el hombre y no a desastres naturales o enfermedades. Contrariamente a los llamados actos de Dios, los desastres de origen humano se basan en una relación de crueldad, de crueldad humana, de destructividad colectiva sancionada socialmente, que desgarra el tejido de la confianza humana. Por eso una de las pérdidas más grandes del estrés traumático es la de la capacidad de confiar en los demás seres humanos. En el caso del estrés de combate, no sólo cuenta la duración, sino la intensidad, totalidad y carácter amenazador de la experiencia. Las personas se hacen vulnerables a la sobredosis cuantitativa ejercida sobre un yo, que olvida la experiencia cualitativa de la creatividad (en el sentido que le da Donald Winnicott), y la ficción desvastada no logra tejerse para recuperar algún tramado que de sentido.

A consecuencia de ello, esta nueva forma de vida adaptativa (y no creativa) afecta los actuales agrupamientos sociales que olvidan toda clasificación humana (a no ser la segmentación del mercado), quedando expuestos a la violencia generalizada, es decir, cualquiera contra cualquiera. Tal forma de vida adaptativa es la base de los síntomas y síndromes, de las sobrecogedoras invasiones del presente por el pasado (que no pueden constituir un futuro anterior: habrá sido, reduciéndose a un presente catastrófico), invasiones de miedos y ansiedades, del entumecimiento de la conciencia y de la negación, de las reacciones de alerta y de los flash-backs, que son el retorno repentino e intrusivo de los fenómenos disociativos en la conciencia total o parcialmente vigil. Una conciencia en el sentido freudiano, cuyo núcleo que es la percepción no cesa de percibir lo mismo: la experiencia traumática mutada en cotidianeidad catastrófica.

En el caso específico de las cárceles se trata de evaluar los problemas psicológicos de los que trabajan en estructuras particularmente colapsadas y por demás estresantes, y renovar la oposición a los militares y por lo tanto a otras fuerzas represivas como lo son los servicios penitenciarios militarizados, denunciando las atrocidades bélicas con las pesadillas de los veteranos de una guerra ahora crónica. Nos referimos a la guerra económica que hace del hombre, parafraseando a Thomas Hobbes, el lobo del hombre.

Shatan reconoce especialmente el trabajo de Anna Freud con niños en situación de guerra. Desde nuestro enfoque, resulta imprescindible agregar el significativo aporte que hace Winnicott sobre ese particular.

Por los años cuarenta, mientras alcanzaba su punto princeps la segunda guerra mundial y por primera vez Gran Bretaña experimentaba bombardeos masivos, A. Freud –residente de ese país- escribe junto a Dorothy Burlinghan el libro La guerra y los niños, en el cual transmite con estos términos su optimismo homeostático para administrar el factor cuantitativo: «desviar la agresividad natural del niño, es uno de los fines reconocidos de la educación, la cual debe esforzarse, en los primeros años de vida del infante, en cambiar la actitud del mismo en relación a sus propios impulsos. El deseo de hacer daño a los demás, y más tarde, la necesidad de destruir objetos, van transformándose paulatinamente […] Una educación inteligente tenderá a desviar estos impulsos agresivos de su propósito inicial, encauzándolos hacia el bien; se fomentará la lucha contra las dificultades del mundo exterior… y en general, toda obra de ‘bien’ en oposición al impulso primitivo de hacer el ‘mal’» … «el niño es un pequeño salvaje, y preténdese de él que, llegado a la edad escolar, sea más o menos civilizado» (A. Freud,1965).

Comparó los niños que permanecieron en Londres al lado de sus familias durante los bombardeos, con aquellos que fueron evacuados a zonas periféricas de Inglaterra. Descubrió que la incidencia de “trastornos adaptativos”, que ahora llamaríamos TEPT, era mucho mayor en los niños evacuados, pese a estar físicamente mucho más seguros que los que habían permanecido en Londres. Su explicación fue más bien simple: estos niños habían permanecido con sus unidades sociales básicas, con sus familias; pese al peligro, no habían sido desarraigados, transplantados o aislados de sus sentimientos primarios de confianza básica. E independientemente de lo bien cuidados que estuvieran los otros niños, sabemos que el aislamiento y el desarraigo constituyen el primer paso para sensibilizar a las personas al estrés traumático. A Freud fundó una nursery dedicada al cuidado de niños pequeños en tiempos de guerra. En ese lugar se ofrecía a los niños la posibilidad de contar con una persona de presencia estable, una madre sustituta y también un padre sustituto, con una formación adecuada a las personas que iban a trabajar con los niños.

Sin embargo fue Winnicott quien -con gran lucidez antidarwiniana- desplazó la idea de adaptación al ambiente facilitador. Este proveedor de experiencias satisfactorias tempranas que encarna el hogar, es el que debe adaptarse a la omnipotencia del bebe para el despliegue de su creatividad primaria. Cuando se interrumpe con la deprivación, el niño buscará lo escamoteado a través de la tendencia antisocial. Sí se corta la provisión de objeto luego la buscará con el robo, sí cesa el abastecimiento de marco posteriormente lo reclamará con la destructividad.

Esta ruta conduce a concluir que la función de las cárceles es la un campo de prisioneros de la guerra económica, que da semblante de seguridad a los que quedaron clasificados precariamente detrás de las rejas de los segmentos de mercado. O sea que es el punto de coagulación más intensa del suceder catastrófico, que confunde a penitenciarios y presos en la fórmula de la violencia generalizada: cualquiera contra cualquiera.

Entonces no será el más adaptado a las reglas de la identidad institucional quien lidere un cambio en el funcionamiento colectivo, sino quien incautamente irrumpa con la tendencia antisocial.

II

Rescatando algunas premisas de Shatan y de otros autores, proponemos a nuestra cuenta y riesgo un tratamiento grupal intensivo para el tipo más refractario de T.E.P.T.

Este tratamiento, a diferencia del que oportunamente planteara Enrique Pichon Riviére, no se propone modificar vínculos estructurados de manera sólida (como los que caracterizaba a la modernidad temprana) sino reorientarlos en la instancia de su rescate de la diseminación (como los que acontecen en la modernidad terminal). Dentro de esta vertiente, el estereotipo –del que hablaba Pichon para referirse a una vida cotidiana automatizada- se ha convertido en la identidad institucional.

A diferencia del primero, esta última no mantiene relación con una práctica, sino que se limita a ser un santo y seña para el reconocimiento de los integrantes de la institución. Es más, su propia inercia es contraria al despliegue de toda práctica, que exige –en mayor o menor medida- discusión y análisis crítico. Por eso de modo diferente a los tiempos del pensador suizo argentino, ahora las ideas vigentes sobre la comunicación revelan que esta categoría sólo puede da cuenta de la circulación de clichés.

Para Pichon el esquema referencial es una categoría fundamental. Lo define como: “conjunto de conocimientos, de actitudes que cada uno de nosotros tiene en su mente y con el cual trabaja en relación con el mundo y consigo mismo” (Pichon Rivière, 1985: 80). Luego agrega: “Es decir, que puede ser en cierta medida nucleado y conocido” (Pichon Rivière, 1985: 80). Sumado en una triple articulación se constituye el esquema conceptual referencial y operativo (ECRO), definido en términos de comunicación e información que permiten configurar situaciones de entendimiento y malentendido. Por el camino que ahora proponemos, partimos exclusivamente del malentendido (dejando de lado los clichés) como punto de singularidad de un colectivo no pensado como grupo. O sea no concebido como un grupo que se entiende a partir de la identidad institucional, que sólo permite una consistencia precaria renunciando a la posición crítica que reclama la práctica.

El mal entendido interpela a cada integrante desde su posición singular, y el que menos entienda será coordinador o copensor (como lo llamaba Pichon) del colectivo. Los que entiendan las reglas de la identidad institucional, como señalamos, no podrán transitar por sí solos al cambio que implica poner en marcha una práctica. Mientras que en términos lacanianos el que no entiende es el incauto que no yerra, el que desde el malentendido arroja a la mesa del colectivo un deseo. El mal entendido se hace presente en una puesta en escena que es el acting out, como manifestación de la tendencia antisocial. Tomando los aportes de Winnicott, allí se juega un desafío para quien esté a la altura de ese momento de esperanza y pueda hacer algo con él.

Nuestra propuesta apunta a que el propio colectivo se ubique a la altura de ese momento de esperanza, dándole marco a la tendencia antisocial puesta en escena. Usando los conceptos de Pichon Rivìere, el incauto antisocial es el portavoz del colectivo que muestra ya no la fantasía inconsciente, como decía Pichon, sino el caos imperante disimulado por la identidad institucional. De tal forma en el mismo acto de estar a la altura de ese momento de esperanza, pasa de ser portavoz a líder operativo del colectivo.

Un ejemplo en tal sentido es Diego Maradona, cuando el 28 de Septiembre de 1995 fundó en París el Sindicato Mundial de Futbolistas junto a jugadores de la talla de Eric Cantona, George Weah, Gianluca Vialli, Gianfranco Zola, Laurent Blanc, Thomas Brolin, Rai, Ciro Ferrara y Michael Preud’Homme. La iniciativa no prosperó porque este colectivo no pudo estar a la altura del momento de esperanza del Diego, haciendo que a través de la provisión de marco pasara de portavoz a líder operativo.

Como núcleo del sin saberse del saber, el deseo implementa la articulación teórico – práctica que supone una praxis. Preferimos la categoría de saber a la de conocimiento, porque en su tradición hegeliana la implica al sujeto. En nuestra versión freudiana y no hegeliana, lo nuclea en el si saberse del saber, o sea en una posición inconciente. De tal forma el deseo es el que entrama en el corazón de la consistencia colectiva, siendo el apostador que incautamente lo arrojo en la mesa el que tendrá que pasar de la puesta en escena a una posición discursiva (parafraseando a Freud, para que su escena se disponga a hablar). Por supuesto, si el colectivo está a su altura.

Con este funcionamiento colectivo, proponemos que el tratamiento grupal intensivo construye las nuevas unidades sociales. Lo hará subvirtiendo estereotipos institucionales ahora convertidos en la propia identidad institucional del grupo, que fugazmente brinda seguridad pero que estratégicamente promueve la pérdida de la confianza humana (“que se vayan todos”), dejando destruidos los sitios que formaban a las personas como actores sociales. Esa es la lectura que hacemos de la necesidad señalada por Shatan de construir unidades sociales, como nuevos sitios para obtener un renovado desarrollo de la confianza, especialmente si se trata de unidades formadas por personas que han compartido la misma experiencia.

III

Volvemos a la entrevista referida con esta nueva cita:

“…me he incorporado recientemente a la Escuela de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de Monte Sinaí en N.Y., en un programa especial para el tratamiento de los supervivientes del Holocausto y de sus hijos. Hemos descubierto que el tratamiento más eficaz es el grupal, consistente en lo que llamamos “Grupos de Afinidad de Pares”, de personas que tienen experiencias similares. De modo que juntamos a los supervivientes del Holocausto, a sus hijos y así sucesivamente (…)

Volviendo al caso del colega anteriormente mencionado, psiquiatra y veterano, su experiencia psicoanalítica fue sólo una parte de la historia, ya que se involucró intensamente en el movimiento de autoayuda de los veteranos del Vietnam. De hecho, tan intensamente se involucró que terminó por trabajar para el gobierno. Cuando los veteranos convencieron al gobierno, bajo la administración del presidente Carter de fundar centros de tratamiento para excombatientes, él llegó a ser psiquiatra-jefe del programa entero. Llegó a decirme que ésta había sido una de sus únicas contribuciones a su propia curación, a su propio tratamiento. Es un buen amigo mío. Pero cuando le hicieron psiquiatra-jefe del programa, se hallaba aún a un nivel muy personal, muy paranoide y muy fácilmente afectado por sentimientos de persecución y grandes dificultades para confiar en los demás. Aquello cambió. Otro tema relacionado, que se aplica también a los veteranos del Vietnam e incluso a otros grupos, es que tuvimos que transformar a antiguos enemigos en colegas, humanizarlos. Uno de nuestros grupos tuvo que volver a aquel lugar, desde hace ocho años, dos veces al año, desde California del Norte, para ayudar a reconstruir clínicas, hospitales, orfanatos y otros daños causados por los bombardeos norteamericanos.

Otro grupo creó una clínica en Alabama, en el sur de los E.E.U.U., en un lugar donde los porcentajes de muertes de madres y recién nacidos era tan alto como en ciertas áreas de Vietnam. Estos veteranos del Vietnam, que eran enfermeras y médicos, crearon una clínica, una clínica gratuita, llamada más tarde Clínica Martin Luther King, para el tratamiento de estas personas. Otra organización de veteranos, denominada Vietnam Veterans of America se ha implicado principalmente en las campañas contra las minas antipersonales. Los veteranos californianos me dijeron que nada, en toda su experiencia, había sido más curativo para ellos que volver al Vietnam para trabajar con los vietnamitas en la reconstrucción de su país. Y su siguiente proyecto es el de intentar establecer centros en Vietnam para que los veteranos americanos y vietnamitas trabajen juntos en su curación recíproca (…)

Victoria Noguerol: De acuerdo con las últimas invetigaciones realizadas en Estados Unidos, se está descubriendo que existe también T.E.P.T. en agresores. De acuerdo con esta hipótesis, el estrés traumático podría ser explicado porque estos agresores eran ya anteriormente víctimas. Se daría un ciclo, un mantenimiento de los síntomas y una permanencia del T.E.P.T. Pienso en un niño de diez años de nuestra clínica que fue violado por su padre por lo menos durante cinco años y que tenía un trastorno por estrés postraumático, e intentó abusar de niños más pequeños.

Prof. Sh: ¿Qué ocurrió durante esos cinco años?

V.N: Pues bien, la madre lo ignoraba todo. En otro caso reciente, dos hermanas de diecisiete y diecinueve años vieron como el padre apuñalaba a la madre. Cinco días más tarde, las hermanas vinieron a nuestro centro. ¿Tendría alguna sugerencia acerca del tratamiento?

Prof. Sh: Tengo muy poca experiencia en ese campo. Me parece que en el segundo caso, por cruel que pueda parecer, esta joven mujer necesitaría una reexposición repetida en su clínica, es decir que necesitaría encontrar una atmósfera en la que le fuera posible recordar los detalles más extremos, una gran cantidad de detalles, cada uno de los aspectos de su experiencia. Porque, como lo mencioné cuando describía la experiencia de una emboscada, se trata sólo de quince segundos. Puede tomar quince segundos matar a alguien, no más. Pero para un observador, para alguien que se vea forzado a presenciarlo, esos quince segundos contienen una cantidad tan extraordinaria de experiencia, que no puede ser digerida ni asimilada en ese período de tiempo. Es una tremenda inundación, un tremendo exceso, una tremenda sobreestimulación y una tremenda excitación interna, y precisamente basándome en casos como los de los veteranos y otros que mencionaré dentro de un momento, deduzco que es necesario volver a repasar la experiencia una y otra vez.

En el caso de los veteranos, empiezan frecuentemente por no querer volver a sumergirse en los horrores que están a punto de describir, por la frase: “no quiero volver a contar la misma historia”. Pero cada vez que la cuentan es un poco diferente; hay nuevos detalles, nuevos sentimientos, lágrimas frescas. Lo mismo sucede, creo yo con esta joven paciente. Tengo una paciente, se trata de una médica de 65 que tuvo un accidente de tráfico en el que la atropelló un camión. Vino a mí varios meses después, por sugerencia de unos amigos, porque estaba teniendo problemas al salir de casa.

Tenía miedo de cruzar las calles y pesadillas relacionadas con su accidente, del que me dijo que había durado apenas quince segundos. Sin embargo, cada vez que me lo contaba, había un nuevo detalle. Por supuesto, nuestras conversaciones incluían su experiencia después del accidente, cómo había sido tratada por el personal de emergencias y lo que sucedió en el hospital en el que ingresó. De todo ello surgían en cada sesión nuevos detalles, y al no haber pasado mucho tiempo después del trauma (unos tres meses), empezó a recuperarse rápidamente. Durante un tiempo, le fue difícil hacer su trabajo de médico, aunque volvió a trabajar. Se sentía distante, emocionalmente entumecida, de modo que tuvimos que hablar acerca de este aspecto de su experiencia en relación con su propio accidente.

Estaba trabajando con pacientes, viendo a gente que había sufrido algún tipo de herida física, de enfermedad, o de accidente como el que ella había tenido, y ello la hacía retornar a su propia experiencia. De noche, solía tener pesadillas relacionadas con sus pacientes. Tenía incluso dificultad en hacer cosas tales como quitar puntos de las heridas y hubo de relatarme su propia experiencia cuando le retiraron los puntos. Resultó que el médico le había dicho que no iba a dolerle y, sin embargo, le resultó extremadamente doloroso. Ello rompió su confianza en sus propios colegas. Hemos ido pasando revista a todas estas experiencias una después de la otra. Ahora, tiene muchas menos pesadillas, se siente mejor en su trabajo, está empezando a cruzar las calles, muy poco a poco, pero cruzándolas.

Una de las otras razones por las que la recuperación está siendo suficientemente rápida es que, aunque no se trata de un desastre natural, no existe intención de dañar por parte de nadie. Pienso que estos mismos principios de revisar cada detalle, incluyendo todos los sentimientos hacia el padre, deben aplicarse a este caso una y otra vez, punto por punto. Durará largo tiempo en el caso del chico.

Lo que Vd. dice acerca del abuso sexual al que él mismo somete a otros niños forma parte de la defensa que Anna Freud describe como identificación con el agresor, uno de los mecanismos de defensa contra el impacto emocional de las experiencias intolerables. La expresión popular es la siguiente: “Si no puedes vencerles, únete a ellos”. ¿Comprende Vd.? Para ser uno con el agresor y, con ello mismo, no sentirse en situación de indefensión. Se hace a los demás lo que los demás le han hecho a uno. Esto es lo que ocurre con un niño como ese: se ha identificado con el agresor y hace a otros lo que le han hecho a él. Eso lo hace más soportable. Ha asimilado la personalidad de su padre y yo sospecharía que antes de estas experiencias no tenía una personalidad antisocial. La personalidad antisocial es una defensa caracterial que, por supuesto, resulta mucho más difícil de tratar que las defensas sintomáticas.” (Shatan, 2001).

Habrán notado que nuestro enfoque – a diferencia del de Shatan- hace más hincapié en el marco teórico de Winnicott que en el de A. Freud. El psicoanalista y pediatra inglés advierte en uno de sus trabajos dedicados al tema que: “Salta a la vista que la expresión ‘trastornos de carácter’ es demasiado amplia para ser útil, o bien debo indicar que uso le daré en este trabajo” (Winnicott, 1990: 279). También indica que dicho trastorno es un intento de incorporar la tendencia antisocial a la personalidad, lo cual evita otras situaciones en la que se produciría un derrumbe psicótico. Dentro de este encuadre le adjudica un carácter de autocuración ciertamente fallido. En el caso de la identificación con el agresor, el agredido repite la acción traumática experimentada con la agresión en los términos freudianos que señalamos anteriormente.

En cambio los grupos de veteranos referidos por Shatan, están constituidos por agresores que no han logrado incorporar la acción traumática a la personalidad. En tal sentido hay una demanda a cambio de un intento de autocuración; lo peor que podría hacerse desde nuestra concepción de colectivo, es orientar la demanda hacia la identidad institucional que en términos clínicos conduce al trastorno de carácter. Desde nuestro enfoque estos ex combatientes se ubican en búsqueda de la persona, según formula Winnicott, y no en su completamiento con la defensa caracterial (2). Por esta línea la persona es la máscara que permite actuar y al mismo tiempo seguir siendo uno mismo; de ese modo cuando no se completa patológicamente en los términos de un yo soy, es más factible intervenir desde un punto singular. Un punto desde el cual puede relanzarse la experiencia de estar vivo en el tejido de ficciones, sin la urgencia de zurcir lo que falta tramar o fue rasgado.

NOTAS

(1) Diario La Nación del 23 – 06 – 07. Nota de Fabiola Czubaj.

(2) Este tema esta desarrollado en el capítulo 4 de Realidad y Juego (Winnicott, 1979)

BIBLIOGRAFÍA

Freud, A. y Burlingham, D. (1965): La guerra y los niños, Buenos Aires, Hormé.

Freud, A. (1999): Introducción al psicoanálisis para educadores, México, Paidós.

Freud, S. (1982): Proyecto de psicología en Obras Completas Tomo I, Buenos Aires, Amorrotu.

Freud, S. (1979): Más allá del principio de placer, en Obras Completas Tomo XVIII, Idem.

Shatan, Ch: Trastorno de Estrés Post Traumático – Entrevista a Chaim Shatam, Revista Aperturas Psicoanalítica. Hacia modelos integradores, N º 9, Madrid.

Winnicott, D. (1979): Realidad y juego, Barcelona, Gedisa.

Winnicott, D. (1991): La psicoterapia de los trastornos de carácter en Deprivación y delincuencia, Buenos Aires, Paidós.

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