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LA VIOLENCIA DEL SILENCIO. José María Castillo, teólogo

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Tal como está la situación política en España, son muchos los ciudadanos que se quejan de la crispación creciente que están provocando los políticos con sus discursos y parlamentos cargados de amenazas, denuncias desmesuradas, agresiones verbales, mentiras e insultos.

Y lo peor de todo es que la tensión va en aumento, de forma que no sabemos en qué va a parar todo esto. Además, hay medios de comunicación que cada día se encargan de atizar más el fuego de los viejos fantasmas, odios y resentimientos de esta España nuestra, que un día llegó a partirse en dos. Con lo que se ha llegado a crear, en ciertos ambientes, un clima de miedo y de angustia, que algunos llegan a calificar como algo bastante parecido a lo que tuvieron que sufrir nuestros abuelos en los años que precedieron a la guerra civil del 36.

Sin duda alguna, en la medida en que todo esto es cierto, es mucha la gente que culpa a políticos y periodistas de la confrontación que estamos sufriendo. Pero esa gente quizá no se da cuenta de que, tal como están las cosas, todos somos culpables de lo que está pasando. Es más, me atrevo a decir que somos más culpables los ciudadanos, que nos callamos ante lo que ocurre, que los políticos y periodistas que cada mañana vomitan insultos y mentiras en emisoras y periódicos.

En efecto, cuando en una sociedad se producen hechos que perturban la paz y la convivencia, los responsables más cualificados de lo que sucede no son los delincuentes que cometen agresiones, sino los que saben lo que pasa, pero se lo callan. Y con su silencio colaboran, de manera decisiva, a que las maldades se sigan produciendo.

Siempre que pienso en esto, no puedo olvidar lo que, hace más de 50 años, dijo el gran defensor de los derechos de los negros en EE. UU., Martin Luther King: “Cuando reflexionemos sobre nuestro siglo XX, no nos parecerán lo más grave las fechorías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas”. Los crímenes de Stalin, de Mao, de Hitler, no hubieran sido posibles si los millones de ciudadanos de la Unión Soviética, de China y de Alemania, que sabían los que ocurría, le hubieran dicho al mundo la barbarie que estaban viviendo. El silencio de los que tienen que hablar y no hablan es la mayor fuente de violencia.

Es la violencia del silencio. La violencia de las “buenas personas”, repitiendo la expresión de Luther King. El día que Pío XII, refiriéndose a los crímenes de Hitler, le dijo a sor Pasqualina “es mejor permanecer en silencio ante el público y hacer en privado lo que sea posible” (John Cornwell, El papa de Hitler, Teste, p. 85),ese día es posible que se agudizara el sufrimiento de algunos judíos.

Todos somos responsables de lo que está pasando ahora mismo en España. Es fácil y cómodo echar las culpas a Zapatero y a Rajoy. Lo que no resulta tan fácil ni tan cómodo es afrontar cada cual con toda sinceridad por qué nos callamos ante el esperpento de gestión política que estamos viviendo. Y conste que no me refiero al silencio de los que se quedan en casa cada sábado y no se tiran a la calle para vociferar las consignas que les da el PP. La oposición no se hace con banderas nacionales y con insultos, gritando mentiras o verdades a medias que son más mentiras.

Como tampoco se hace política entrando al trapo de los que insultan, sino reconociendo los propios errores y procurando corregirlos, cosa que les vendría bien a algunos dirigentes del PSOE. Pero, más allá de los errores de unos y de otros, yo me sigo preguntando por qué hay “buenas personas”, que no están de acuerdo ni con unos ni con otros, y sin embargo se callan como muertos. ¿Por qué se quejan “en privado”, pero se callan “en público”? ¿Por qué se sigue repitiendo el silencio cómplice de Pío XII aunque sea en circunstancias muy diversas y con consecuencias muy distintas? Según parece, Pío XII tuvo sus motivos para callar. Una carta de protesta del arzobispo de Utrech costó la vida de 40.000 personas en Holanda. Y el papa pensó que una intervención suya en público podría costarle la vida a 200.000 judíos.

No es posible saber si el silencio del papa fue lo mejor para los judíos o lo más conveniente para los intereses de la Iglesia. Lo que sí sabemos hoy es que en España ahora se vive mejor: la economía va bien, cada día hay más trabajo, menos paro, más bienestar. Y así las cosas, somos muchos los ciudadanos que no queremos complicarnos la vida. Salir un sábado por las calles de Madrid vociferando contra Zapatero, eso sirve de desahogo y uno se vuelve más satisfecho a su casa. Pero afrontar los verdaderos problemas de España, eso es más complicado.

Me refiero a problemas como los escándalos urbanísticos, la carestía de las viviendas, la escasez de medios para mejorar la educación, los miles de ancianos que se mueren solos en rincones olvidados, la violencia que se ejerce impunemente contra las mujeres, los despropósitos de una Iglesia que, en lugar de ser agente de reconciliación y armonía, atiza más la crispación de muchos ciudadanos, los inmigrantes muertos de hambre que llegan a nuestras costas y fronteras. ¿Por qué no pensamos más en estas cosas y menos en lo que ha dicho Otegi, en lo que pudo decir tal fiscal, en el último mitin de Zapatero o en la respuesta desabrida que le ha dado Rajoy? El día que los políticos sepan que no nos interesan sus ambiciones partidistas, pero nos preocupa en serio el sufrimientos de los más desprotegidos, ese día tendremos más paz y seguramente también mejores políticos.

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