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La victoria electoral: festejar, alegrarse y enorgullecerse -- Leonardo Boff

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Las elecciones presidenciales de este año de 2022 han sido turbulentas. Junto al lado luminoso, alegre y jovial del alma brasilera, irrumpió también su lado odiador, sombrío e inhumano, cosa que ya señalara Sérgio Buarque de Holanda, en una nota de pie de página, al hablar del brasilero como “hombre cordial” en su libro Raízes do Brasil (1936), puesto que del corazón (cor-dial) provienen tanto el amor como el odio.

Ese odio, de forma espantosa, llegó a la escena política y envenenó las relaciones sociales hasta las más íntimas. Para mí se trataba incluso de un problema metafísico: en los momentos cruciales en los que se decide el destino de un pueblo, el mal y lo inhumano, fine finaliter no pueden prevalecer. Y no prevalecieron, por más artimañas que fueron praticadas.

Los que votaron por la democracia, por la causa de los millones de personas que pasan hambre y por observar el orden constitucional, pudieron respirar aliviados como quien escapa de un grave accidente. En este contexto, cobran particular sentido los versos de Camões en Os Lusíadas al principio del Canto Cuarto: “Después de procelosa tempestad/nocturna sombra y sibilante viento/trae la mañana serena claridad/esperanza de puerto y salvamento”. Sí, experimentamos haber sido salvados de una tragedia nacional de consecuencias irreparables, en el caso de que el adversario, cuyo proyecto se presentaba retrógrado y ultraconservador, hubiese triunfado.

El efecto de la victoria fue una alegría indescriptible. Muchos lloraban, otros daban un grito primario de liberación, como quien se sentía prisionero en una caverna oscura. Hubo fiesta por todo el país.

El tema de la fiesta es un fenómeno que ha desafiado a grandes nombres del pensamiento como R. Caillois, J. Pieper, H. Cox, J. Motmann y al propio F.Nietzsche. Y es que la fiesta revela lo más precioso que hay en nosotros en medio de la cotidianidad gris. La fiesta hace olvidar la dureza de la lucha y suspende por un momento el tiempo de los relojes. Es como si, por un instante, desapareciera el espacio-tiempo, pues en la fiesta, esas dimensiones no cuentan o están totalmente olvidadas. Por eso las fiestas se prolongan todo lo que se puede.

Curiosamente, en la fiesta que es fiesta, todo el mundo se reúne y se junta, conocidos y desconocidos se abrazan como si fuesen viejos amigos y parece que todas las cosas se reconcilian. Platón sentenciaba con razón: “los dioses hicieron las fiestas para que los seres humanos pudieran respirar un poco”. Efectivamente, si la lucha en la campaña fue costosa y cargada de temores, robándonos casi la esperanza, la fiesta es más que un respirar. Es un rescatar la alegría de un país sin odios ni mentira como método de gobierno. El sentimiento de que todo el esfuerzo valió la pena.

La fiesta, después de una victoria en los últimos minutos del juego, parecía un regalo que ya no dependía de nosotros, sino de energías incontrolables, diría, milagrosas. La alegría simplemente estalló y nos poseyó por entero.

En la fiesta hay gritos, saltos, música y danza. ¿De donde brota la alegría de la fiesta? Tal vez Nietzsche encontró su mejor formulación: “para alegrarse de alguna cosa, hay que decir a todas las cosas: sean bienvenidas”. Por lo tanto, para poder festejar de verdad era necesario afirmar: “bienvenida sea esta victoria”. No basta sólo la victoria duramente conquistada. Necesitamos ir más allá y confirmar el proyecto y el sueño político. “Si podemos decir sí a un único momento”, afirma Nietzsche “entonces habremos dicho sí no solo a nosotros mismos sino a la totalidad de nuestra historia vencedora” (Der Wille zur Macht, libro IV: Zucht und Züchtigung n.102).

Ese sí subyace a nuestro compromiso político, a nuestra implicación, a nuestros principios, a nuestro trabajo de calle, a nuestro esfuerzo de convencimiento de nuestra propuesta. La fiesta es el tiempo fuerte en el cual el sentido secreto de nuestra lucha revela todo su valor y toda su fuerza. De la fiesta salimos más fuertes para realizar las promesas hechas en beneficio del país y de las clases humilladas y ofendidas.

Hagamos referencia a la religión, pues ella, como todas, confiere gran centralidad a las fiestas, a los ritos y a las celebraciones. En gran parte, la grandeza, por ejemplo, de la religión cristiana o de otras, reside en su capacidad de celebrar y de festejar a sus santos y santas, sus maestros espirituales, realizar sus procesiones, edificar templos sagrados, algunos de extraordinaria belleza. En la fiesta cesan las interrogaciones de la razón y los temores del corazón. El practicante celebra la jovialidad de su fe en compañía de hermanos y hermanas con quienes comparte las mismas convicciones, oyen las mismas Palabras sagradas y se sienten cercanos a Dios.

Si esto fuera verdad, y de hecho lo es, nos damos cuenta de cuan equivocado es el discurso que sensacionalistamente anuncia la muerte de Dios. Se trata de un trágico síntoma de una sociedad que ha perdido la capacidad de festejar porque está saturada de placeres materiales. Asistimos, lentamente, no a la muerte de Dios, sino a la muerte del ser humano, que ha perdido la sensibilidad por quien sufre a su lado, y que es incapaz de llorar por el destino trágico de los refugiados que vienen de África rumbo a Europa, o de los emigrantes latinoamericanos que buscan entrar en Estados Unidos.

Nuevamente volvemos a Nietzsche que intuyó que el Dios vivo y verdadero se encuentra sepultado bajo muchos elementos envejecidos de nuestra cultura religiosa y bajo la rigidez de la ortodoxia de las iglesias. De ahí la muerte de Dios que implicaba para él la pérdida de la jovialidad, es decir, de la presencia divina que se da en las cosas cotidianas (jovialidad viene de Júpiter, Jovis). La consecuencia funesta es sentirse sólo y perdido en este mundo (cf. Fröhliche Wissenschaft III, aforismo 343 y 125).

Por haber perdido la jovialidad, gran parte de nuestra cultura no sabe festejar. Sí conoce las fiestas montadas como comercio, la frivolidad, los excesos del comer y beber, las expresiones groseras. En ellas puede haber de todo, menos alegría del corazón y jovialidad de espíritu.

La alegría fue indescriptible cuando el presidente electo apareció. el día 16 de noviembre, en la COP27 de Egipto, que trata la cuestión del nuevo régimen climático de la Tierra. Mostró la gravedad de la nueva situación del planeta y sus consecuencias para los más vulnerables en términos de daños y de hambre. Desafió a los poderosos a que cumpliesen lo que habían prometido: ayudar con mil millones de dólares anuales a los países más débiles y alcanzados por la alterada situación de la Tierra. ¿Qué jefe de estado del mundo tendría el valor de decir las verdades que el presidente electo profirió en aquel espacio de audiencia mundial? Nos sentimos orgullosos porque él asumió compromisos con responsabilidad y puso nuevamente al país en el escenario mundial.

El futuro de la vida en este planeta depende en gran parte de la forma como tratemos el bioma amazónico que abarca nueve países. Articulados, podremos ayudar a la humanidad a encontrar una salida para su crisis sistémica y garantizar un destino bueno para la vida y para todos los habitantes de este pequeño planeta.

*Leonardo Boff ha escrito La busca de la justa medida:el pescador ambicioso y el pez encantado, Vozes 2022. Próximamente va a salir La justa medida, factor de equilibrio de la Tierra, Vozes 2023.

Traducción de Mª José Gavito Milano

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