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La encíclica Magnifica Humanitas de León XIV, es clara al afirmar que la tecnología tiene un carácter ambiguo y no es neutral. La tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa común; pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias (MH n.9).
En sí misma, explica el Papa, la tecnología no es una solución a los problemas de humanidad, como tampoco es un mal. Se reconoce que, a lo largo de los siglos, el desarrollo tecnológico ha contribuido a una mejora significativa de las condiciones de vida de la humanidad; al mismo tiempo, cada etapa del progreso también ha puesto de manifiesto el lado ambiguo de instrumentos capaces de causar daño cuando no se orientan hacia el bien común (MH n.4).
Por otra parte, la neutralidad (o no) de las nuevas tecnologías ha sido una de las cuestiones más polémicas de ayer y de hoy. Algunos sostienen que la tecnología es neutral y que todo depende del uso que se haga de ella. Los defensores de esta posición sostienen que la tecnología es solo una herramienta que no tiene propiedades o valores intrínsecos y que lo importante no es la tecnología en sí misma sino el contexto (los sistemas sociales, económicos y productivos) en el que está integrada. Para Adela Cortina, filósofa española, ninguna tecnología es neutra, ya que los algoritmos y sistemas incorporan de manera inevitable los sesgos, valores, intereses y visiones de quienes los diseñan y financian.
Frente a esta problemática, en la encíclica se plantea la necesidad de adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia y de contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico (MH n.5). Pero, para León XIV, la cuestión no se limita a la regulación. Hay que ir a fondo y preguntarse, con realismo, quien detenta ese poder y hacia qué fines lo orienta. El Papa señala que, en el pasado, eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico, comenta el Papa, adquiere un rostro inédito, predominantemente “privado”, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común.
En esa línea, la encíclica exhorta a no ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que se han adquirido, dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para explotarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero. De ahí surge uno de los principales desafíos plantados en la encíclica: si la técnica se convierte en criterio absoluto, la persona corre el riesgo de ser tratada como un dato, un engranaje o una mercancía; si, por el contrario, la técnica se inscribe en un horizonte de sabiduría, puede convertirse en una oportunidad de crecimiento, justicia y fraternidad.
Hace varias décadas (1979), el ahora rector mártir de la UCA, Ignacio Ellacuría, escribía un artículo titulado “El concepto filosófico de tecnología apropiada”. Ahí se señalan unos juicios crítico -utópicos sobre la tecnología que pueden ayudar a comprender la problemática actual. En principio se exponen algunas constataciones históricas: nunca tanta fuerza y tanto poder habían estado en manos de los hombres; el poder aniquilador de la técnica es hoy más eficaz e inmediato que su poder constructor o su poder defensivo; hoy contamos con los recursos técnicos suficientes para resolver los problemas básicos de toda la humanidad; no es posible nuestra vida sin la técnica y tampoco la técnica ha de verse meramente como un mal necesario.
Pero, dicho esto, el padre Ellacuría sostiene que sería torpe ingenuidad pensar que, dejada la técnica a su propio dinamismo, traerá tan sólo bienes. La experiencia -añade – está mostrando en el deterioro del medio ecológico y en el agotamiento de recursos no renovables que la técnica puede llevar a consecuencias fatales. Asimismo, está mostrando que el tipo de hombre y de sociedad que está generando difícilmente puede considerarse como el ideal humano de la plenitud y de la felicidad.
De ahí, que se proponga una tecnología apropiada que responda al todo social deseado y que conduzca al perfeccionamiento de ese todo. Para Ellacuría la técnica apropiada será aquella que favorezca el poder salvador de la técnica y que reduzca al máximo su actual poder destructor. En consecuencia, no es neutra. Puede hacer un mundo humano o inhumano, puede ser opresora o liberadora, puede construir o destruir, puede ocultar o revelar.
Desde el pensamiento crítico, Ellacuría describe un cuadro deshumanizador del mundo en el que se vive. Dice: “Al proyectarse el hombre sobre el mundo mediante el acto creador de la técnica, proyecta también su ansia de dominio. En el séptimo día de la humanidad, los hombres no podremos decir, al contemplar nuestras realizaciones técnicas, que todo ha sido bueno. Los desastres ecológicos, las fábricas inhumanas, las viviendas inhabitables, los hombres desnutridos, las desigualdades sociales, las ciudades monstruosas, las manipulaciones propagandísticas, la sofisticación de las torturas, los Estados totalitarios, la existencia del Tercer Mundo … todo este rosario ingente de desgracias son también resultado de la técnica humana. Lo son unas veces por propósito deliberado, lo son otras por consecuencia necesaria…”.
Ahora bien, la propuesta de Ellacuría, tiene un criterio muy suyo que no suele estar presente en el debate actual: las mayorías empobrecidas. En esta línea afirma que no puede hablarse de una tecnología apropiada, no puede hablarse de una tecnología éticamente buena, si no tiene por norte orientador el punto de vista de las mayorías oprimidas. Reafirma que en una sociedad dividida no es posible encontrar el bien común, si no es desde la perspectiva de las mayorías. Y desde un punto de vista estructuralista, en el cual el todo es superior a la parte, plantea que se ha de buscar el perfeccionamiento del todo social de una manera racional. Así, la innovación podrá convertirse realmente en desarrollo humano integral y no en factor de exclusión y dominio.
(*) Profesor de Cristología y eclesiología en California EE.UU.

