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La prisión de Zelaya -- Álvaro Montero Mejía

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Argenpress

El Presidente Manuel Zelaya, desde su intempestiva expulsión a Costa Rica, puso de manifiesto la determinación de regresar a su Patria y asumir allí mismo la dirección de las fuerzas patrióticas que resisten a las fuerzas golpistas, que deben ser derrotadas en nombre del pueblo soberano, de la legitimidad y la legalidad democráticas.

Eso es lo que esperamos los hombres y las mujeres que en América Latina sabemos que si el golpismo se impone, nuevos y oscuros acontecimientos apuntan en el horizonte de nuestros pueblos. En efecto, hoy sabemos bastante más que en los primeros días y semanas posteriores al golpe. Sabemos por ejemplo, el papel de la base militar de Soto Cano que los yankis controlan en Poneloya. Sabemos de la conjura orquestada entre las corporaciones farmacéuticas, los empresarios de la maquilas, la oligarquía doméstica al mando de los cipayos del Parlamento, los jueces venales de la Corte Suprema de Justicia, del tribunal electoral, la Fiscalía y el resto de la institucionalidad golpista.

Hoy sabemos con mayor precisión y en vista de los resultados, de los acuerdos entre la Sra. Clinton y Oscar Arias y de cómo hasta hoy lograron ganar un tiempo precioso a fin de lograr la recomposición del poder en Honduras y darle al golpismo la oportunidad de cumplir con el calendario electoral y aquí no ha pasado nada.

En estas semanas, se ha mantenido sin fisuras que considerar, el consenso de la OEA y las Naciones Unidas, que provocan el aislamiento del régimen golpista. Por su parte, el Presidente Zelaya ha llevado y traído su mensaje a importantes foros continentales y en todos nuestros pueblos crece la solidaridad con los hermanos hondureños. Pero hay algo mucho más importante que todo eso. Nos referimos al desarrollo de la movilización y la conciencia de grandes mayorías, activas y resistentes, del pueblo de Honduras.

Poco a poco, de la explosión espontánea de la protesta se ha pasado a una nueva agrupación de fuerzas sociales que trasciende las viejas estructuras políticas o partidarias y que agrega a los segmentos casi intraspasables de grupos y organizaciones cívicas, religiosas, comunales y gremiales. Hasta hace poco tiempo, esos grupos humanos fundamentales se los repartían las cofradías políticas tradicionales. Esto mismo ocurrió, guardando las lógicas diferencias, en el seno del pueblo costarricense durante las gloriosas jornadas de la lucha referendaria contra el TLC.

Esta eclosión de la conciencia ciudadana, patriótica, antioligárquica, antimilitarista, progresista, objetivamente antimperialista y de una clara voluntad transformadora, a sumado miles de trabajadores manuales e intelectuales, campesinos, estudiantes, profesionales y técnicos, trabajadores del Estado y de algunas instituciones de gran relevancia, a profesores universitarios y maestros e incluso a sacerdotes y pastores, cuyo verbo encendido y justiciero retoma el mensaje de auténtico amor y compromiso de los dirigentes espirituales con la causa de los humildes.

Estas voces exigen el regreso del Presidente y la reconstrucción de la legalidad democrática, pero van más lejos: exigen, ahora sí, la convocatoria a una Asamblea Constituyente, derecho inalienable de los pueblos, secuestrado por la oligarquía, bloqueado a rajatabla por los golpistas y negado explícitamente por el lamentable documento del “mediador” Oscar Arias.

En pocas semanas, el pueblo hondureño ha sufrido cambios profundos y cualitativos en la percepción de la realidad, en la conciencia sobre sus propios derechos, sobre su fuerza y su potencia como propietario único e insustituible del destino de Honduras. Si los golpistas se propusieron ponerle punto final al progreso de la democracia, impulsado con mesura y prudencia por Manuel Zelaya, ahora han provocado exactamente lo contrario de lo que intentaron hacer; han provocado la articulación de un movimiento social cada vez más unitario, más lúcido y conciente y que rompe las viejas divisiones heredadas del pasado, usufructuadas por la oligarquía y sus aliados externos, para mantener al pueblo desunido y políticamente ignorante.

Lo importante es que estos cambios no tienen vuelta atrás. Frenarlos no resulta tan sencillo como ultrajar al Presidente y sacarlo en piyamas del país. Ahora solo les queda incrementar la represión, mediatizar a los tibios, comprar a los débiles e intentar recomponer un poder ilegítimo, endeble y precario.

Si bien es cierto que somos únicamente una modesta voz y que no intentamos representar a nadie, frente a la majestad y el ejemplo de dignidad que nos da el pueblo de Honduras expresamos, simplemente, lo que pensamos. Y pensamos que ha llegado el momento de que Zelaya regrese a Honduras. Debe hacerlo en paz, sin aceptar absolutamente ninguna provocación, hacerlo frente al mundo y la conciencia democrática universal.

Probablemente lo harán prisionero, pero será entonces el único interlocutor, por derecho propio, al que tendrán que enfrentarse los golpistas. No habrá ningún intermediario entre él y su pueblo y los golpistas estarán obligados dar cuentas de cualquier acto de violencia o brutalidad militar, de cualquier acto de crueldad o represión. ¿Cómo es eso de que el mundo se entere de las demandas del pueblo hondureño por lo que diga un decrépito “mediador” y no por lo que exprese un Presidente legítimo? ¿Cómo es eso de que la víctima directa de la represión y el golpe no sea el único con sobrada capacidad y legitimidad para denunciar, condenar, exigir, representar o conciliar lo que mejor convenga a su pueblo, o buscar, sin menoscabo de los principios que defiende y proclama, la salida de los golpista y el triunfo de su pueblo?

Aun desde el fondo de un calabozo, su voz no podrá ser ni callada ni desoída. Porque la historia demuestra que hay prisiones fecundas.

Álvaro Montero Mejía es abogado, Doctor en Economía Política de la Universidad de París, fundador del Partido Socialista Costarricense, Ex Diputado y ex Candidato Presidencial.

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