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La mujer perdonada(3) -- Ana Arquer

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Los inicios de la vida nueva
Pasamos el descanso del Sabath sin dejar de pensar en todo lo que había sucedido, crucifixión, muerte y entierro de Jeshua nos habían dejado marcadas para siempre, nosotras estuvimos allí, fuimos testigos de todo lo que pasó, el Maestro había dicho “Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor”.

Y nosotras le seguimos, si era preciso estábamos dispuestas a morir a su lado, padecíamos con él. De todas nosotras Maria Magdalena era la que se distinguía por su devoción al Rabbóni, le había conocido allá en Galilea, era una discípula de los primeros tiempos junto con Juana, Susana y otras que le acompañaban y ayudaban en sus viajes. Nunca se oyó decir que una mujer judía abandonase el hogar para viajar con un rabino, fue un gran escándalo. Las mujeres no podíamos tener la categoría de discípulas, la ley lo prohibía.

Solo nos estaba permitido escuchar la Palabra en la sinagoga y aun así con muchas dificultades por los problemas de “impureza” que nos hacía “indignas” de estar en el templo. Pero el Rabbóni Jeshua no hacia caso de todas estas normas y hombres y mujeres éramos iguales para él, una vez más rompía con las normas establecidas. Maria Magdalena y las discípulas de los primeros tiempos le habían seguido en pobreza e itinerancia identificándose con su misión hasta el preciso momento de la Hora .

Muy de mañana, apenas el sol despuntaba, cinco de nosotras recogimos todo lo que habíamos preparado el día anterior, ungüentos, aceites, perfumes, Salomé trajo un frasco de nardo como el que Maria rompió en la cena en casa de Simón, cogimos lienzas tejidos con nuestras manos y salimos dispuestas a enterrar al Rabboni de una manera digna según las costumbres de nuestro pueblo. Cuando ya estábamos cerca del lugar María Magdalena salió corriendo delante de nosotras, ella llegó la primera al sepulcro y la encontramos hablando con un joven vestido de blanco, la piedra que cerraba la entrada del sepulcro estaba corrida y cuando miramos dentro vimos el sepulcro vacío, su cuerpo no estaba. El terror se apoderó de nosotras cuando oímos al joven decir: No os asustéis. Buscáis a Jeshua de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo. Salimos corriendo del lugar; el temor y espanto se apoderó de nosotras y de momento no quisimos decir nada porque sabíamos que no nos creerían.

Pero Maria más valiente que nosotras decidió ir a contárselo a Pedro. Primero no la creían y pensaban que el dolor la había trastornado el entendimiento pero tanto insistió que salieron los dos acompañados por otro discípulo de su confianza volvieron a acercarse al sepulcro. Pedro entró el primero y vio los lienzos tirados y el sudario doblado sobre el sepulcro, el otro discípulo entró también y lo vio, salieron del sepulcro y volvieron a la casa.
Mientras tanto María permaneció en la entrada llorando, quería ver a su Señor y se lo habían llevado, aun no entendía lo que querían decir las palabras de los personajes que nos habíamos encontrado “¿Dónde han puesto a mi Señor?” se preguntaba entre sollozos, cuando oyó una voz que no supo reconocer “Mujer ¿por qué lloras?” su respuesta fue su obsesión “¿Dónde está mi Señor? ¿Quién me lo ha quitado? Cuando se volvió oyó pronunciar su nombre “MARÍA” esta vez no había duda “¡Rabboni!”

Cada vez que recordamos estos encuentros con Jeshua nos sentimos transportadas a aquellos días inolvidables en que Él, el crucificado, se nos hacía presente de manera misteriosa pero real. Muchos hermanos y hermanas sintieron su presencia de muchas maneras, tal era la fuerza del acontecimiento que no tenemos palabra en el lenguaje humano para expresarlo. Durante mucho tiempo permanecimos reunidos en la casa contándonos nuestras experiencias y recordando los momentos que habíamos vivido a su lado.

De estos recuerdos repetidos una y otra vez surgió el propósito de que lo que habíamos vivido a su lado debería ser conocido por todos los hombres y mujeres de la tierra. Era un mensaje de fraternidad, igualdad, amor, servicio, sin rituales ni purificaciones, sin diferencias ni preferencias, en donde mujeres y hombres unidos en una misma comunidad de amor nos ayudábamos los unos a los otros. Cada tarde, al caer el sol, nos reuníamos para cenar todos juntos y recordar aquellas comidas que habíamos celebrado tantas veces al lado de Jeshua, y Él se hacía presente entre nosotros de una manera real pero diferente. Recordábamos como partía el pan, como lo repartía, como bebía de la copa y la compartía con todos y así lo hacíamos nosotros en memoria suya.
Fue una de esas tardes en que su presencia se hizo más sensible, un viento sutil y cortante entró por las ventanas agitando las ropas, la luz del atardecer se hizo más dorada y una nueva fuerza se apoderó de todos los allí reunidos, que éramos unos 120 entre hombres, mujeres y algunos niños.

Recuerdo que estábamos todas las mujeres que habíamos acompañado a Jesús hasta el Gólgota, María su madre, los doce, familiares de Jesús, algunos con sus mujeres e hijos y bastantes discípulos de Jerusalén, todos fuimos tocados por esa fuerza divina que recorrió la sala y llenó el silencio de densidad. Era la fiesta de Pentecostés y la ciudad estaba llena de extranjeros que venían a celebrarla, algunos se acordaban de lo que había sucedió en la Pascua con la muerte de Jeshua, otros lo habían odio contar, pero otros no entendían nada. Fue Pedro el primero en recuperar los sentidos y ponerse a hablar:

“Judíos y todos los que vivís en Jerusalén, sabed esto y oíd bien lo que os voy a decir: l o que aquí está sucediendo es algo diferente; es lo que anunció el profeta Joel cuando dijo:
‘Sucederá que en los últimos días, dice Dios,
derramaré mi Espíritu sobre toda la humanidad.
Vuestros hijos y vuestras hijas
comunicarán mensajes proféticos,
vuestros jóvenes tendrán visiones
y vuestros ancianos tendrán sueños.
También sobre mis siervos y sobre mis siervas
derramaré mi Espíritu en aquellos días,
y comunicarán mensajes proféticos.(Hch2,14-18)

Todos salimos a la calle perdiendo el miedo y comenzamos a proclamar como Jeshua de Nazaret, el crucificado, era el Mesías esperado. Las palabras salían de nuestros labios sin esfuerzo, todo lo que habíamos visto y oído lo transmitíamos llenos de una fuerza desconocida y la gente al vernos hablar tan convencidos nos preguntaba acongojados que tenían que hacer. Y nosotros respondíamos “Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para recibir el perdón de los pecados y el don del Espíritu Santo” (Hch 2,18)
Muchos hombres y mujeres se sintieron tocados en el corazón y vinieron con nosotros a formar parte de nuestra comunidad de vida.

En las semanas y meses siguientes a este acontecimiento el número de los seguidores de Jeshua, el Mesías, fue aumentando y los discípulos y discípulas de los primeros tiempos nos repartíamos entre ellos para enseñarles todo lo que habíamos oído decir a Jeshua cuando andaba por los caminos de Galilea, o descansaba en las casas que lo acogían. Entre las mujeres destacaba Maria de Magdala, discípula de los primeros tiempos de Galilea y seguidora en la cruz. Ella recibió el encargo de anunciar la Resurrección a los otros discípulos y su palabra era tan segura y llena de verdad que muchos la seguían y se hacían bautizar. Esto despertó los celos de algunos de los hombres y dio origen a las primeras disensiones entre nosotros. Disensiones, que sin embargo no nos separaban de la unidad en el amor y en el anuncio de la salvación. María hablaba en nombre de Jeshua recordando sus palabras de las que se había empapado en los años de seguimiento por Galilea.

La mayoría se sentían atraídas por el mensaje abierto de Jeshua, que predicaba en nombre de un Dios cuya soberanía y generosidad no tienen medida. La Santidad sagrada del Templo y de la Torá, Él la valoraba en función del carácter incluyente de cada persona de Israel y su capacidad de engendrar la plenitud de todo ser humano.
El sorprendente, luminoso y creador hecho de que Jeshua ignoró distinciones entre varones y mujeres también resultó especialmente atrayente para las mujeres que nos escuchaban. El hecho de que no existía una segunda moral específicamente de mujeres, propia y exclusiva para ellas sino que hay una misma para todos, varones y mujeres, resultaba impensable, En ese plano “no hay hombre ni mujer”, sino persona humana. Jeshua había estado ofreciendo las bases de la nueva humanidad, que estaba suscitando aquello que pudiéramos llamar la nueva creación, donde no existen ya varones y mujeres como distintos ante Dios sino personas abiertas para el reino. Las funciones del varón y la mujer, en cuanto seres personales, han de entenderse y formularse precisamente a partir de sus enseñanzas.

La vida de la comunidad, en la que se incluían las mujeres, se centraba en la misión profética y evangelizadora a que nos impulsó la fuerza de la Ruah , los otros criterios que en la religión judía orientaban y limitaban esta tarea, tales como el género, la edad y la clase social, habían quedado borrados explícitamente, la salvación, que había quedado circunscrita a un pueblo (Israel) y a un grupo de varones puros dentro del pueblo, es una salvación universal.

Pero no todo fueron éxitos, también hubo algunos fracasos, como el de los desgraciados Ananias y Safira que por querer engañar a la comunidad con su falta de solidaridad, fueron duramente castigados, si muchos hubieran actuado como ellos, la comunidad se hubiera roto rápidamente, y como por otro lado la mayoría habíamos abandonado el cómodo refugio familiar ya no tendríamos a quien acudir. Lo peor es que Safira no tenía que haber seguido la suerte de su esposo, (muerto para la comunidad) si hubiera sido valiente y no hubiera actuado como si aun dependiera de él para tomar decisiones, pero la inercia y el miedo a ser ella misma la condenaron a la muerte en vida. .

Pasó así un tiempo en que la comunidad de creyentes en el Mesías Jeshua crecía por todo Jerusalén y se extendía como una mancha de aceite por Judea, Samaria y Galilea gracias a los y las/os discipulas/os itinerantes que de dos en dos, como en otro tiempo los envió el maestro, recorríamos los pueblos y las aldeas proclamando el mensaje del Reino y la salvación.
Tanto y tanto nos dimos a conocer y tantos seguidores teníamos que los sacerdotes y los saduceos planearon acabar con nosotros porque éramos una amenaza a sus enseñanzas.

La persecución se desencadenó por todo el país y muchos fuimos presos y llevados en cautiverio hasta Jerusalén donde tenían lugar los juicios y los castigos. La mayoría se libraban con azotes y prisión, pero esto no los desanimaba porque sabía que como el Señor había sufrido así también los discípulos debíamos ser perseguidos. Pedro también fue encarcelado pero un ángel del Señor le libró milagrosamente y daba testimonio por todos nosotros en el Templo delante del sanedrín.
Uno de los mas activos discípulos de Jerusalén, Esteban, uno de los siete diáconos de origen griego, conocido por su energía en proclamar la palabra del Reino fue acusado de blasfemia y los maestros de la ley amotinaron al pueblo en contra suyo. Cuando en el juicio le preguntaron sobre la verdad de las acusaciones su defensa fue tan ardiente y su acusación contra los que habían matado a Jeshua, el Mesías, tan clara que lo echaron fuera de la ciudad y lo apedrearon. El murió con el nombre del Señor Jeshua en los labios. La lapidación de Esteban lleva la marca del judaísmo ortodoxo: es la respuesta “En la Ley de Moisés se manda…” la misma que casi acaba con mi vida. Entre los perseguidores había un tal Saulo.

A partir de aquel momento la persecución arreció de tal manera que muchos tuvimos que salir huyendo y nos dispersamos. Hacía 6 años que el Rabboni Jeshua, el Mesías murió y resucitó
A mi el espectáculo de la muerte de Esteban bajo las piedras me causó tal espanto, recordando que yo podría haber muerte de aquella manera que me uní a un grupo que se dirigían hacia Antioquía donde vivía mi hermana con la que no había dejado de escribirme, pensando en buscar refugio allí por una temporada.

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