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La mujer perdonada(1) -- Ana Arquer

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Hanna, su infancia y adolescencia
Durante toda mi infancia supe que mi padre me buscaría un esposo adecuado, la seguridad que me daba él me la daría luego mi esposo. En casa de mis padres nunca me había faltado de nada, tampoco tenía que hacer trabajos duros, los criados y las criadas se cuidaban de todo.

Mi madre los dirigía con firmeza como nos dirigía a mis hermanos y hermana y a mí en el conocimiento de lo que se debía y no se debía hacer. Mis tres hermanos disfrutaban de mayor libertad que las chicas, ellos entraban y salían, escogían a sus amigos, iban a la escuela y mas tarde empezaron a ayudar a mi padre en el negocio familiar.

Nosotras, Susana mi hermana mayor y yo, permanecíamos en la casa ocupándonos de las labores domésticas, cosiendo, tejiendo, cocinando para mi padre y mis hermanos sin tener ningún contacto con lo que pasaba fuera de los muros de nuestra casa.
Mi padre era comerciante y viajaba a menudo acompañado de un criado de confianza y mas tarde de alguno de mis hermanos, pero nosotras solo en raras ocasiones salíamos. Alguna vez al Templo para presentar las ofrendas, pero nunca pasábamos del espacio reservado a las mujeres y a los gentiles.

No creas que nos sentíamos desgraciadas, tanto mi madre como mi padre nos amaban y cuidaban como sus posesiones preferidas, mi padre era muy cariñoso con mi madre y con nosotras y yo me consideraba el ser más dichoso de la tierra solamente con verlo sonreír. En las grandes fiestas, como la de las Tiendas o la Pascua que se celebraban en el entorno familiar nosotras éramos las protagonistas, de nosotras dependían los manjares tradicionales, la elaboración del pan ácimo, el adorno de la mesa, las luces, sin las mujeres las fiestas no se hubieran podido celebrar en todo su esplendor.

Aquellos días la familia no se limitaba solamente a mis padres y hermanos, también venían parientes y amigos de los pueblos vecinos, nuestra casa era muy grande y podíamos dar acogida a mucha gente. Especialmente por la Pascua en la que todo buen israelita desea subir a Jerusalén la casa se llenaba de visitantes y de bullicio.

Nosotros creemos que los matrimonios se conciertan en el cielo, uno de los trabajos de Dios es buscar hombres y mujeres que se conozcan, se casen y funden una familia, por eso los padres se preocupan de que sus hijas encuentren un marido apropiado que las proteja y cuide. Las muchachas no tenemos gran cosa que decir a la hora de elegir esposo, lo que cuentan son los intereses familiares y los deseos de los padres de ambos.

Cuando llegó el momento de elegir esposo para mi hermana mayor, mi padre sospesó sus gustos y también la conveniencia social para la familia, escogió para ella un hombre joven, comerciante como él, que vivía en la diáspora en una comunidad judía de Antioquía. El que mi hermana se tuviera que alejar de Jerusalén me causó un gran pesar, estábamos muy unidas y cuando definitivamente se marchó, la casa me pareció vacía sin ella. Además tenía miedo, porque se acercaba el momento de que yo también me tendría que ir de casa y lo desconocido me aterraba.
Hacia ya unos meses que mi cuerpo perdía sangre y mi madre me había enseñado los procedimientos para recuperar la pureza ritual.

Cuando hablamos de PURO o IMPURO términos que, connotan una condición aborrecible de la mujer menstruante. Sin embargo a mi me enseñaron que no es así, según las leyes de la Torá, nada cambia en los valores individuales y el carácter de la persona, el hombre o la mujer designada como TAME (impura), no se convierte en un individuo inferior sino esto únicamente indica y prescribe cierto comportamiento a seguir en cada caso. Durante todo el tiempo en que la mujer se encuentra Nidá (estado de impureza), o sea que todavía no terminó el proceso de Purificación, que dura Siete Días Limpios y la inmersión en un baño de purificación, está prohibida toda relación sexual y si se transgrede esta prohibición se merece un castigo.

Asimismo cualquier otro contacto físico de afecto como abrazos y besos, está prohibido de la Torá durante estos días, incluso tocar un objeto que haya tocado una mujer en sus días impuros, o conversar en esos días, ni mirarla, ni comer en la misma mesa, o comer en un mismo recipiente, la mujer no le servirá comida o bebida expresamente al esposo, le está prohibido arreglar la cama de su esposo en su presencia. No dormirán en una sola cama, aunque fuera amplia, y aún si fueran camas separadas deberá haber un espacio entre ellas. No verterá al esposo agua caliente o fría, para lavarle la cara, las manos o los pies, como asimismo le está prohibido preparar el agua para que el esposo se lave. Si el marido se encuentra enfermo y se siente débil, y no hubiere otra persona para atenderlo aparte de ella, es posible permitir que ella lo atienda. Si es la esposa la que enfermara (y estuviera Nidá, impura), le esta prohibido al marido darle de comer o levantarla, salvo si esta realmente muy necesitada de ello, y no tiene quien se dedique a ella. (pero evitando el contacto directo, es decir por medio de una tela)

Sabía por los relatos de la Torá, que la mujer es inferior al hombre porque por ella entró el pecado en el mundo. Tal vez también Adán tiene culpa, y no sólo Eva. Sin embargo, es Eva quien carga con la culpa de su propio destino, y del destino de Adán y en definitiva del destino de la humanidad toda. Lo pagamos caro. No sólo el embarazo y el parto se convirtieron de bendición en dolor sino y fundamentalmente, la mujer pierde cualquier posibilidad de autonomía e independencia. Todo su deseo estará volcado hacia el hombre y éste la dominará.
Por tanto, si el conocimiento es poder, la mujer judía quedó excluida durante siglos de los círculos de poder, al igual que las mujeres todas en casi todas las culturas.

Yo aceptaba como algo natural el que mi padre y mis hermanos tuvieran un status superior al nuestro. Aunque en nuestra familia las mujeres teníamos la suerte de que al no pertenecer a la secta de los fariseos mucho más estrictos, sino a la de los saduceos se nos permitía, en el interior de la casa, muchas cosas que a otras no se les era permitido.
La enseñanza de la Torá y sus preceptos, base misma de la educación judía tradicional, es una función masculina, el texto no habla de una prohibición, es decir, de una orden de no hacer dada a las mujeres sino de una obligación ordenada a los hombres. Es obligación enseñar a los hijos varones pero de aquí no se desprende que esté prohibido enseñarle a la mujer. Podríamos pensar entonces que aquel padre o madre que así le deseara, podría enseñar Torá a sus hijas mujeres. Por ejemplo mi padre se interesó personalmente por que un rabí nos instruyera a mi madre y a mí y a mi hermana en la Torá, según él, nada había en la Ley que impidiera a la mujer israelita el conocerla.

El miedo a cual sería mi suerte en el matrimonio no la tenían mis hermanos que sabían que siempre tendrían el apoyo de su padre para conducir su familia, nosotras iríamos a formar parte de la familia del esposo escogido por nuestro padre y seríamos su propiedad pudiendo ser repudiadas o lapidadas si teníamos la desgracia de no llegar vírgenes al matrimonio o caer en los brazos de otro hombre. El amor así nos estaba vedado.
Al estudiar la Torá aun nos convencimos más de nuestra pequeñez, los versos en que se nos denigraba eran muchos más que en los que se nos alababa. Es cierto que en nuestra tradición hubo mujeres insignes a las que se ponía como ejemplo.

Tenemos a SARAH Fue la esposa de Abraham. De acuerdo con los Rabinos, ella fue superior a Abraham en cuanto al don de la profecía. Ella fue la única mujer la cual Dios consideró digna e dirigirse a ella personalmente. Vivió 127 años y fue enterrada juntamente con Abraham en la Cueva de Macpelah. Nos dejó en herencia la risa, fue capaz de salir de la tienda y reírse del anuncio de una maternidad en su ancianidad. ¿Por qué se ha reído Sarah? ¿Acaso hay algo imposible para Dios? Su recuerdo ha sido durante los momento duros de mi vida un bastón en el que apoyarme, si ella pudo ¿por qué no yo?

Y tenemos a MIRIAM. Fue la hermana de Moisés y Aaron. Le salvó al nacer junto con la hija del faraón. Ella tuvo el coraje de decirle al Faraón que el podía ser castigado por su crueldad contra Israel. Acompañó a los Judíos por el desierto hasta que murió. Miriam y su madre sirvieron de instrumento de la providencia de Dios, sin su intervención el plan de Dios en la liberación del pueblo de Israel no se hubiera cumplido, no se puede olvidar su importancia en el fundamento de la identidad del pueblo, como tantas veces se ha dado por supuesta y ha quedado en la invisibilidad y el silencio

Tenemos también a REBECA, la herencia más valiosa que nos dejó fue su familiaridad con el Señor, su costumbre de acudir a Él también en aquel momento critico de su vida en que se quedó embarazada y los gemelos que llevaba en mi vientre se agitaban violentamente dentro de mí. “En estas condiciones ¿vale la pena vivir?” (Gn 25,22). De Él obtuve algo de esa capacidad mía de decisión, junto con la valentía de correr riesgos con tal hacernos afines con las preferencias de Dios y que se nos vayan inclinando el corazón y la vida, cada vez más espontáneamente, a los que tienen todos los poderes en contra y que son la niña de los ojos de Dios.
Y junto a ella está su hermana LIA, que quiso entregarnos como un legado precioso la sabiduría de gestionar el fracaso y el éxito, esas realidades humanas que revelan lo mejor y lo peor de cada hombre o mujer.

Hay muchas más, DEBORAH reveló el hecho que Yahvé auxilia a Israel por medio de hombres que consagran sus vidas completamente a la adoración de Yahvé y al estudio de la Torah.
HANNAH.- Fue la madre de Samuel, En el primer verso en I Samuel, ella indica que su hijo Samuel iba a ser profeta y que su nieto, Ella fue la primera en llamar a Dios por su Nombre de Guerra, Adonai Sebaoth, el Dios de los Ejércitos.
ESTHER.- Fue la reina de Persia y otra de las cuatro mas bellas. Siempre se le recuerda joven y llena de energía… A ella se le debe la celebración de la Fiesta de Purim o de las suertes.
La historia de NOEMI y RUTH estaban también entre mis predilectas. Rut desde el comienzo aparece caracterizada por su condición de extranjera, moabita, pero por el amor a su suegra acaba siendo la esperanza de Noemí y de Booz. Pero solo lo consigue a través de determinadas transgresiones entre las que ocupa un lugar importante la escena de la noche de la era. Dios se pone de parte de ella.

Pero mi lectura favorita era el libro de la Sabiduría, no es un libro muy frecuentado por mi pueblo pero en él me puedo reconocer a mi misma. La actividad divina se describe con imágenes femeninas; es una presencia creadora y re-creadora de vida, compañera y guía del pueblo en su peregrinar por la historia. Supliqué y se me concedió la prudencia, invoqué y vino a mi el espíritu de sabiduría (7,7) Por eso decidí tomarla como compañera, segura de que sería mi consejera en la dicha, mi alivio en la pesadumbre y tristeza (8,9) Nos enseñaron desde pequeñas a reflexionar a partir de lo que leíamos en los libros o de lo que oíamos a los rabinos, yo gracias a la sabiduría me di cuenta de que tenía que aprender a partir de mi propia experiencia, de los encuentros, de los acontecimientos…. porque es ahí donde vamos a encontrar a ese ser tan profundamente relacional que es nuestro Dios.

La exclusión que como mujer sufrí durante mucho tiempo produjo como reacción una voluntad de incluir a todos hombres y mujeres en la realización de la personalidad del ser humano para llegar a hacernos conscientes de nuestra parte mas escondida y caminar ambos en armónica alianza. Pero no avancemos acontecimientos, esto lo aprendí después cuando conocí de cerca al Hijo del hombre.
Cuando cumplí doce años mi madre me cogió un día aparte y con mucha solemnidad me dijo que mi padre me estaba buscando esposo, pero que yo debía dar mi consentimiento porque dice el Talmud «Tiene prohibido el hombre casar a su hija cuando es menor hasta que crezca y diga ‘a fulano yo quiero’” Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer y se hacen una sola carne… (Ge2,24)

El matrimonio es conforme al judaísmo, un acto de carácter legal realizado entre dos personas que asumen de ese modo compromisos específicos. Dicho compromiso, es asumido públicamente ante la presencia de dos testigos que dan de hecho validez al acto.
«Y bendíjolos Dios y díjoles Dios: Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla: mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.» (Ge1,28). En la mayoría del pueblo, el matrimonio tenía normalmente lugar cuando la hija estaba aún bajo la tutela de su padre. ¿Qué podía hacer yo, sino aceptar lo que me proponían? Sabía que mi padre me amaba y que no me propondría una persona indigna o que fuera contra mi voluntad, pero yo también sabía que mi voluntad debía ser la suya como buena hija.

Por tanto según las normas establecidas las familias marcaron las fechas, la dote y todo lo referente al matrimonio. Y llegó el día de los kidushin, o sea, el acto de consagración, se realizó a través de la entrega del dinero. El matrimonio queda realizado a partir de dos actos que son independientes: los Kidushin, durante el que el novio otorga el dinero u objeto de valor y consagra a la mujer como suya diciéndole «arei at mekudeshet li betabaat zo», esto es: Estás ahora consagrada a mí a través de esta dinero, y el segundo acto el de los Nisuim – en el que la mujer entra a la casa del hombre. Estos dos actos se realizaron con la distancia de un año. Después de los kidushin, la consagración, yo permanecí en casa de mis padres preparando el ajuar, la boda y todo lo necesario para la futura vida en común. A partir de los kidushin pasé a ser desposada y, por tanto, quedaba prohibida para todo hombre que no fuera mi novio y de hecho quedaba también prohibida para éste hasta el momento de los nisuim.

Mi novio empezó a frecuentar la casa y nos veíamos siempre en presencia de mi madre o de alguna criada de confianza. Era bastante mayor que yo, había estado casado y su primera mujer murió al dar a luz así como el hijo varón que esperaban. Esto le amargó durante muchos años y finalmente aconsejado por su familia decidió volver a casarse. Era conocido de mi padre porque compartían negocios y poseía un prospero comercio de tejidos por toda la costa del Asia Menor. Yo hacía una buena boda a ojos de todos y mi familia estaba muy contenta. A mi me quedaba la duda, ¿sabría yo hacerle feliz? ¿Le daría los hijos varones que esperaba?

El casamiento compuesto de sus dos partes tiene como uno de los elementos centrales la firma del contrato matrimonial o ketuvá. La ketuvá fue establecida como un recurso legal para defender a la mujer. Dicen los sabios «para que no le sea fácil sacarla» o sea, para que no le sea fácil darle el divorcio. En el momento del divorcio el hombre debía pagar una suma importante de dinero establecida en la ketuvá. Ello debería obligarle a pensar más seriamente antes de decidir divorciarse para casarse con otra mujer o porque se disgustó con la presente.

De todas maneras yo sabía que mi principal obligación sería ser agradable a mi esposo, darle hijos varones y estar totalmente a su servicio porque dice la Torá “Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le redactará un sefer kritut, una carta de partición”(Gen 24,1-4) «No es lo mismo el hombre que se divorcia, que la mujer de quien el marido se divorcia. Un marido despide a la esposa tanto si ella quiere como si no quiere, el hombre se separa sólo si él quiere»
El día de la boda se hizo una gran fiesta en mi casa, todos mis familiares y amigos de mi padre, junto con las amigas de mi madre, mis amigas vinieron a mi casa donde se las recibió y agasajó con dulces y bebidas. Un grupo de músicos amenizaba la espera, mientras llegaba la litera en que me transportarían a casa de mi esposo. Yo llevaba una corona dorada que representaba las murallas de Jerusalén.

Cuando llegó la litera portada a hombros por amigos de mi esposo, en medio de un gran bullicio, cubierta por un velo me subieron a ella sin que me diera ni tiempo de despedirme de mi madre, mi confusión era grande y temblaba como una hoja.
En el patio de la casa de mi esposo habían instalado una Jupa una especie de cúpula formada de seda carmesí y dosel de boda de oro, donde él me esperaba adornado con una guirnalda de rosas y mirto.

La música, el bullicio, los gritos, el vino que bebimos los dos de la misma copa, todo fue como un sueño en una nube y entré en casa de mi esposo a formar parte de sus posesiones, la más querida, es posible, pero sin libertad. Eso tampoco lo supe hasta que aprendí que es ser libre y la clase de amor que me hizo libre.

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