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¿La mujer, el hombre o la cultura social? -- Marcos de Castro Sanz, Asociación Cultural Frontera

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El crimen (¿existirá otra palabra más contundente para calificarlo?) que asesina y hace desaparecer de esta vida a tantas mujeres, está teniendo un rechazo social solo inaudible para quienes ejecutan estas barbaridades. Galeano decía, con mucho acierto, sobre este desastre social, que “hay criminales que proclaman tan campantes la maté porque era mía, así, no más, como si fuera cosa de sentido común y justo de toda justicia y derecho de propiedad privada, que hace al hombre dueño de la mujer. Pero ninguno, ninguno, ni el más macho de los super machos tiene la valentía de confesar la maté por miedo, porque, al fin y al cabo, el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo[1]”.

Es sobre este tema sobre el que me gustaría aportar alguna reflexión. No entraré en el feminicidio, una barbaridad evidente explicitada ya de diversas formas. Tampoco plantearé la reducción de la mujer a la invisibilidad social y cultural: pintoras, escritoras, filósofas, científicas… que ayudaron a cambiar o a evolucionar este mundo se han citado en diversos lugares y es muy cierto el predominio de la cultura “poseída” por el poder del hombre. Incluso el PNUD ha denunciado la invisibilidad del trabajo de la mujer en el campo, cuando “la agricultura campesina produce hasta el 80% del alimento en los países no industrializados, según datos de la FAO, y son las mujeres quienes producen entre 60% y 80% del mismo[2] – una ardua tarea invisibilizada con frecuencia[3]”, y demanda un mayor acceso de la mujer a la propiedad de la tierra, monopolizada por los hombres. De todo ello ya se ha expresado mucho y su evidencia es incontestable.

Mi pregunta es ¿qué le pasa al hombre que se ha enquistado en su poder contra la mujer? He conocido a muchas mujeres, a lo largo de mi vida laboral que han renunciado a su promoción profesional, o a un traslado de territorio que supusiera un mayor desarrollo de su carrera, porque no querían separarse de donde ellas sabían que estaba su centro de gravedad emocional. Y así lo explicaban y explicitaban, afirmando que no deseaban perder el núcleo de sus valores vitales. No he visto a un hombre que haya tomado una decisión similar pues su ascenso profesional estaba por encima de otros valores que, para él, no eran tan significativos. De forma implícita expresaban el núcleo de valores que les constituía. Esta es una diferencia importante: la identidad de los valores que rigen la vida personal del hombre y de la mujer. Pues esta identidad determinará reacciones posteriores como es la emoción o la “apariencia” de poder, que dominan a una y a otro.

De este hecho se deriva alguna lógica posterior, que se asume como patrón de conducta no cuestionable: la mujer, por su evidencia emocional, se centrará en cultivar la urdimbre familiar y el hombre, por su incuestionable impulso para el crecimiento profesional, lo hará en el fomento de redes y plataformas que incrementen su reconocimiento exterior. Ello, convertido en inercia de la cultura social, termina dando valor a quien desarrolla y consigue su reconocimiento social, convirtiéndolo en “capacidad de traer dinero a casa”. Zygmun Bauman[4] dice que: “no hace mucho Melissa Benn observó que ´cuando los hombres dedicados a la política hablan del trabajo se refieren siempre al trabajo remunerado´… La política sigue siendo, en gran medida, cosa de hombres, aunque muchas mujeres actúen en ella… La idea del trabajo ingresó en la política, donde se transformó en objeto de lucha en un terreno también monopolizado por varones… Así, el trabajo quedó restringido a las actividades que figuran en los libros de negocios… Quedó fuera del trabajo, prácticamente, al mundo de las mujeres… Cada vez que se hablaba de trabajo se olvidaban las tareas domésticas, el cuidado de los niños… Las consecuencias de lo anterior son, en muchos sentidos, desastrosas. Contribuyen a la disolución gradual, pero implacable, de la comunidad, de los lazos barriales, de la cohesión social…”.

En este mismo sentido decía Phumzile Mlambo-Ngcuka, Directora Ejecutiva de ONU Mujeres, en su mensaje con ocasión del Día Internacional de la Mujer, 8 de marzo de 2017: “este es el mundo inmutable del trabajo sin recompensa, una escena familiar de futuros desolados en todo el mundo; las niñas y sus madres sostienen a la familia con trabajo sin paga y su trayectoria de vida es muy distinta de la de los hombres del hogar. Queremos construir un mundo del trabajo distinto para las mujeres. A medida que crecen, las niñas deben tener la posibilidad de acceder a una amplia variedad de carreras, y se las debe alentar a realizar elecciones que las lleven más allá de las opciones tradicionales, en las áreas de servicio y atención, y les permitan conseguir empleos en la industria, el arte, la función pública, la agricultura moderna y la ciencia. Tenemos que iniciar el cambio en el hogar y en la etapa escolar más temprana, para que no haya ningún lugar en el entorno de una niña o un niño donde aprendan que las niñas deben ser menos, tener menos y soñar a menor escala que los varones”.[5]

El inconsciente colectivo asigna, en esta inercia cultural, como de “no valor” a lo realizado por la mujer. “No seas cocinilla”, se solía decir a los niños cuando se metían en las cosas de la “cocina”, trasladando ciertos contenidos despectivos. La mujer tenía que dedicarse a “esas cosas” y el hombre a ganar dinero. Los juegos de los niños y niñas expresan con demasiada frecuencia esta realidad. Hasta hace muy poco tiempo las mujeres no solían ir a la Universidad ni estudiar más allá de lo que “sus tareas” domésticas les exigiría. Es cierto que estos aspectos eran reforzados por la cultura que dominó en España durante la dictadura y ello entró en la comprensión de lo masculino y lo femenino. De todo ello los llamados “adultos” en este país no estamos aún liberados. No solo no lo estamos, en demasiadas ocasiones ni siquiera lo percibimos. Reflejándose en “micromachismos” que emergen en los chistes, en las bromas… y, todavía, en los diferentes regalos a niños o niñas. Incluso en los textos escolares la mujer no está bien tratada[6].

No es neutro, al contrario, se transforma en valores y en apreciaciones internas que, en más de una ocasión, explicitan comportamientos de desprecio, si no violencia solapada, pretendidamente disimulada con la expresión “de género”, siendo, tan solo, la explicitación de una autoconciencia de superioridad del hombre sobre la mujer. Esto, que se produce en las relaciones personales, es mucho más evidente en las estructuras laborales de las empresas (igual trabajo igual salario, parece una demanda medieval) o en la asignación desequilibrada de los puestos de responsabilidad. Thorstein Víglundsson, ministro islandés de Asuntos Sociales afirmó, en la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer de la ONU de este año, que «si exigimos a las empresas medidas fiscales, ¿por qué no van a tener que aplicar las de igualdad?”[7]. En esa misma reunión planteó que en 2022 Islandia ya no tendrá brecha salarial entre hombres y mujeres[8]. Por cierto, el dinero es un importante motor de sometimiento y esclavitud de la mujer respecto al hombre, desafortunadamente, apenas investigado[9].

Podría decirse que este fondo de desequilibrio valorativo entre hombre y mujer está en la base de dolorosas expresiones, demasiado frecuentes, de violencia donde siempre pierde la mujer. Pero superar este déficit social supone abordar, sin tapujos y con valentía, las inercias culturales que condicionan y se visibilizan en espacios micromachistas, a veces reducidos a bromas o a chistes. Lo que nubla su importancia, pero no la pierde.

Galeano dice que “si Eva hubiera escrito el Génesis, ¿cómo sería la primera noche de amor del género humano? Eva hubiera empezado por aclarar que ella no nació de ninguna costilla, ni conoció a ninguna serpiente, ni ofreció manzanas a nadie, y que Dios nunca la dijo parirás con dolor y tu marido te dominará. Que todas esas historias son pura mentira que Adán contó a la prensa”[10].

[1] https://www.youtube.com/watch?v=Jd1woScF4Mw

[2] http://www.undp.org/content/undp/es/home/blog/2017/3/13/El-derecho-a-la-vida-Las-mujeres-y-el-acceso-a-la-tierra/

[3] http://desarrollohumano.org.gt/wp-content/uploads/2016/04/INDH_Completo_digital-1.pdf

[4] Trabajo, consumismo y nuevos pobres”. Gedisa, 2017, Barcelona. Pag. 149,149

[5] http://www.unwomen.org/es/news/stories/2017/2/statement-ed-phumzile-iwd-2017

[6] http://www.publico.es/sociedad/igualdad-responsable-borrar-mujeres-libros.html

[7] http://www.eldiario.es/economia/Islandia-igualdad-cuotas_0_623287739.html

[8]http://diarioresponsable.com/noticias/24586-rse-islandia-prohibira-la-brecha-salarial?utm_source=Suscriptores&utm_campaign=222888e334-EMAIL_CAMPAIGN_2017_03_19&utm_medium=email&utm_term=0_76bc4e6897-222888e334-119738289
[9] Clara Coria. “El sexo oculto del dinero. Fomras de dependencia femenina”. Ediciones Argot. Barcelona, 1987

[10] Eduardo Galeano, Patas arriba. La escuela de un mundo al revés. Siglo XXI Pag. 92

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