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La Iglesia vasca pide perdón por su silencio ante un crimen franquista -- Karim Asry

Publicado en

El País

Seis obispos recuerdan en una misa a 14 sacerdotes nacionalistas ejecutados
Entre 1936 y 1937, 14 sacerdotes nacionalistas vascos fueron ejecutados por las tropas franquistas tras su avance en Euskadi. Nunca recibieron un funeral digno, ni se registró el fallecimiento de la mayoría de ellos en los libros parroquiales ni aludieron a su trágico final el Vaticano ni la Conferencia Episcopal, a diferencia del trato dispensado a los 498 religiosos «mártires» en la España republicana.

«Hoy saldamos una deuda contraída», dijeron los prelados en su homilía

Al homenaje acudió el Gobierno vasco, el líder del PNV y Ardanza
Casi 73 años después de su fusilamiento a manos de los vencedores de la Guerra Civil, la Iglesia vasca celebró ayer en la catedral nueva de Vitoria una catártica eucaristía en la que pidió perdón por el «injustificable silencio de los medios oficiales de nuestra Iglesia» ante su muerte.

Al acto asistieron Iñigo Urkullu, líder del PNV, partido con el que simpatizaban los ejecutados, así como la consejera de Justicia y portavoz del Gobierno socialista vasco, Idoia Mendia, y la titular de Cultura, Blanca Urgell. También acudieron el ex lehendakari José Antonio Ardanza (PNV), el miembro de la Mesa del Parlamento Mikel Martínez (PNV) y diversos cargos municipales y forales.

«Hoy saldamos una deuda contraída», señaló el obispo de Vitoria, Miguel Asurmendi, encargado de leer la homilía, suscrita también por los prelados de Bilbao, Ricardo Blázquez, y de San Sebastián, Juan María Uriarte. «Tan largo silencio no ha sido sólo una omisión indebida, sino también una falta a la verdad, contra la justicia y la caridad», recalcó en la misa concelebrada por seis obispos y a la que se sumaron más de 200 sacerdotes en una catedral abarrotada.

La Iglesia vasca ha sentido necesidad de homenajear a los ejecutados (12 sacerdotes, un misionero claretiano y un carmelita descalzo) tras la beatificación en Roma de 498 «mártires», muertos a manos de republicanos, coincidiendo con la aprobación de la Ley de Memoria Histórica en España a finales de octubre de 2007.

Asurmendi indicó que el gesto no busca «reabrir heridas», sino más bien ayudar a curarlas para contribuir a la dignificación de quienes han sido olvidados o excluidos, y mitigar el dolor de sus familias y allegados. «La purificación de la memoria pide a todos un acto de valentía y humildad para reconocer las faltas cometidas por quienes han llevado y llevan el nombre de cristianos», recalcó citando a Juan Pablo II.

«El recuerdo de estos sacerdotes no ha caído nunca en el olvido ni por parte de sus familiares ni de los feligreses de sus parroquias ni de los presbiterios diocesanos y órdenes religiosas a los que pertenecían», añadió en la homilía, contraponiendo de forma levemente autocrítica esta memoria con la actitud de la jerarquía.

Tras la comunión, el sobrino de uno de los presbíteros ejecutados entonó unos versos en euskera en recuerdo de todos ellos. Además del acto de ayer, el boletín oficial de cada diócesis publicará una reseña con la biografía de los 12 sacerdotes que fueron ignorados y sus nombres serán incluidos en los registros y libros parroquiales de sacerdotes fallecidos, junto a los de los dos que sí fueron inscritos en su día, los primeros fusilados antes de la salida forzosa del obispo de Vitoria Mateo Múgica por criticar los excesos de los sublevados.

Los homenajeados son: Martín Lecuona Echabeguren, Gervasio Albizu Vidaur, José Adarraga Larburu, José Ariztimuño Olaso Aitzol, José Sagarna Uriarte, Alejandro Mendicute Liceaga, José Otano Míguelez (claretiano), José Joaquín Arín Oyarzabal, Leonardo Guridi Arrázola, José Marquiegui Olazábal, José Ignacio Peñagaricano Solozabal, Celestino Onaindía Zuloaga, Jorge Iturricastillo Aranzábal y Román de San José Urtiaga Elezburu (carmelita).

En la entrada de la catedral, representantes de Ahaztuak, colectivo a favor de la recuperación de la memoria histórica, se concentraron para mostrar su respaldo a la decisión de la Iglesia vasca de romper su silencio. No entraron al templo porque mantiene en su interior signos franquistas, entre ellos una gran águila imperial esculpida.

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