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La Iglesia: reformarse o morir -- Fausto Antonio Ramírez

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Reiligión Digital

Las dudas sobre el devenir de la Iglesia no han dejado de ser un interrogante para los de dentro y los de fuera. Son muchos los que piensan que la reforma de la Iglesia, en cuestiones de moral, gobierno, organización y teología, se hace tan apremiante a como ya ocurrió en vísperas del Concilio Vaticano II.

Las voces provienen de diferentes sectores: por un lado, de parte de aquellos que desde el mismo interior de la Iglesia ven cómo cada día va perdiendo más puntos en autoridad moral; y por otro, de parte de los de fuera para quienes la voz de la Iglesia hace tiempo que ha dejado de escucharse, y se vive como si no existiera, porque su mensaje o no llega, o ha dejado de interesar.

Desde aquí, la labor evangelizadora de la Iglesia se hace cada vez mucho más complicada. En este sentido y para luchar contra las interminables críticas que se le dirigen a la Iglesia, grupos de diferentes signos se han organizado para recuperar una voz silenciada que desde el mensaje de Jesús tiene algo que decir y aportar al hombre de hoy.

Por un lado están los “separatistas”: Estos grupos prefieren significarse, tanto por su conservadurismo como por su progresismo, marcando una ruptura real y efectiva frente a la Iglesia oficial.

Esta estrategia pretende ganarse el respeto de la Iglesia y de los de fuera a través de la disensión radical. Se organizan como grupo disidente y desde allí plantean un modelo alternativo de Iglesia.

Ciertamente, esta postura no parece ser la más acertada para precipitar una reforma de la Iglesia. Aunque, a decir verdad, si no hubieran tomado esa actitud de separación, su voz jamás se hubiera tenido en cuenta.

Así, al menos llaman la atención y pueden exponer sus particulares postulados. Pero la comunión, jamás se hace ni se logra desde la separación. Claro está, que una vez que están separados, los intentos por parte de la Iglesia oficial para volverlos a integrar, provoca que se les conceda la importancia que desean tener.

Por otro lado están los “profetas”: Estos grupos prefieren significarse por la denuncia clara y explícita de las acciones y actitudes de la Iglesia oficial.

El problema surge cuando el profetismo deja de ser evangélico y se tiñe de política, tanto por el lado conservador como por el liberal. Los conservadores predican por una Iglesia mucho más monárquica y piramidal, y los progresistas por una Iglesia más democrática y de comunidades.

En ambos casos, siempre hay que estar pendiente de que ningún falso profeta se cuele y haga más política que otra cosa.

En tercer lugar se presentan los que “dicen, pero no hacen”: Estos grupos actúan desde la debilidad. Por no oponerse abiertamente a la Iglesia oficial, dicen que sí con la cabeza, para luego hacer y deshacer a su antojo en los pequeños ámbitos de influencia donde pueden hacerse presentes.

Esta es la actitud del ambiguo y del cobarde, pero muchas veces, a la mayoría de los sacerdotes, e incluso obispos, no les queda otra salida.

En cuarto lugar están los que “guardan silencio”: A este grupo no le gusta la doblez, como en el caso anterior, y prefieren guardar silencio antes que ser un hipócrita.

No obstante, su postura, aunque goza de mejor prensa por parte de Roma, no termina de convencer a los que claman por una auténtica reforma de la Iglesia.

En quinto lugar están los que “pasan de conflictos internos”: Este grupo no tiene tiempo que perder en batallas y discusiones de pasillo y se entrega con denuedo en llevar el Evangelio a los pobres de la tierra.

Para ellos, la urgencia del Evangelio está en atender a los que sufren en el mundo y no quieren perderse en manifestaciones y disensiones de aula. Para ellos, Jesús no se dedicó en su vida a discutir con los Sumos Sacerdotes de Israel sobre cuestiones teológicas o de práctica religiosa.

Para Jesús, lo prioritario era darle de comer a los hambrientos y curar a los enfermos. El resto podía esperar. Este grupo deja las discusiones para otros, porque no quieren dejar de atender sus prioridades.

Y por último están los “teólogos”: Ellos son los que pueden modificar esencialmente la comprensión, hacia dentro y hacia fuera, de la Iglesia. Pero, este trabajo se establece a largo plazo, y sus frutos no son inmediatos.

Sin embargo, desde una profunda y seria renovación de las ideas, se puede intentar plantear una reforma estructural de toda la Iglesia. El pensamiento teológico, aunque a veces Roma intente pararlo con sus silencios y castigos disciplinares, es la gran corriente interna que puede abrir a la Iglesia a formas diferentes de ver y de vivir su presencia en el mundo.

Gracias a que el trabajo de los teólogos había podido madurar en el tiempo, se pudo plantear el Concilio Vaticano II, que lejos de ser disciplinar, marcó un hito en la historia de la Iglesia, no porque cambió sus formas, sino porque posibilitó una nueva manera de concebirla y de pensarla.

Hoy en día la investigación teológica sigue su curso, a pesar de los intentos de Roma por reconducir de otra manera la reflexión, sin embargo, pienso que vamos por buen camino y cuando la fruta esté madura, caerá por su propio peso.

La Iglesia necesita más y mejores pensadores, especialmente si son laicos, porque gozan, si cabe, de mayor libertad todavía que los que forman parte de la jerarquía eclesiástica, que a esos siempre se les puede obligar al silencio bajo coacción.

A la Iglesia no le caben muchas otras alternativas: reformarse, o morir.

Resulta curioso, pero la Biblia no afirma en ningún momento que la naturaleza humana sea perfecta y no esté abierta a la evolución, tanto física como moral. Por lo tanto, considerar la naturaleza humana como norma de comportamiento moral es un grave error que no se atiene a fundamentos ni bíblicos, ni teológicos, ni filosóficos.

Me parece mucho más coherente plantear el tema de la moral desde el punto de vista de la evolución, en todos los campos, que desde la naturaleza. Me gustaría, por lo tanto pensar que cuando el Magisterio habla de naturaleza para referirse al hombre, lo hace desde la comprensión de un ser dinámico, abierto a la evolución, evitando todo aquello que pueda deshumanizarlo.

Sin embargo, me sorprende ver la actitud de algunas condenas magisteriales o de algunos moralistas que se posicionan en una definición del hombre concebido como un ser natural en estado bruto que es preciso respetar a priori.

Dejando al margen estas posturas exageradamente fundamentalistas, se puede afirmar que la ley natural no se opone ni a lo artificial, ni a lo adquirido por medio de la cultura.

Si el referente del cristiano no es, por lo tanto, la ley natural en sentido estrito, ¿cuál es entonces el fundamento esencial? Evidentemente, el Jesús de los evangelios. Ciertamente, Jesús recordó las exigencias morales más radicales, pero desde la comprensión, la aceptación, y rezumando humanidad en cada uno de sus gestos y palabras. No así, por desgracia, la Iglesia, que impone, rechaza, excluye y condena. Los derechos del hombre deberían ser el discurso moral de la Iglesia, y no otro.

En este sentido se puede afirmar que la autoridad del Magisterio en cuestiones de fe no es la misma que en cuestiones de moral. Las cuestiones de moral no son exclusivas de la Iglesia, porque no se fundamentan únicamente en lo que dice la revelación. El juicio moral de los actos humanos debe tener en consideración, -además de lo que dice la Escritura-, la naturaleza humana como realidad en constante evolución y progreso, la conciencia individual, el contexto social y cultural, y las aportaciones de otras ciencias humanas y científicas.

El grave problema que se la plantea hoy en día a la Iglesia es que ha perdido autoridad en cuestiones de moral. La mayoría de los católicos se siente indiferente y ajena a las normas morales dictadas por Roma, y la imposición dictatorial, bajo todo tipo de amenazas, no parece ser el mejor camino para su aplicación.

Pero, si esto ocurre en el mismo seno de la comunidad cristiana, esa lejanía todavía se abre más si tenemos en cuenta al resto de la sociedad civil. Da la impresión de que la Iglesia se ha quedado sola, predicando no sé para quién, sin que su voz pueda y quiera ser escuchada por nadie.

Están bien claro que ni la teología, ni la moral poseen el único y total conocimiento sobre el hombre. Por eso, el diálogo de la Iglesia con el mundo es más que una necesidad, es un requisito indispensable si quiere que su voz siga oyéndose en medio de un mundo, a menudo, muy confundido.

Ciertamente, la Iglesia se encuentra en una difícil encrucijada: su voz no se oye, y ella no escucha lo que pasa fuera de los muros del Vaticano. Con estas premisas es difícil abrirse a los nuevos tiempos y al diálogo con los que están fuera de la Iglesia. Cuando la Iglesia no quiere escuchar, su sordera se convierte también en mudez, porque ella misma se autosilencia.

¿Quién desea escuchar a otro que no se quiere abrir al diálogo? Sorda y muda, esta Iglesia necesita replantearse seriamente su misión evangelizadora, sin olvidar a los de dentro, que ya no la escuchan, porque no entienden de lo que habla.

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