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La Iglesia lugar de encuentro (2): Testimonios diversos -- Tere Cortés y Andrés Muñoz, coordinan

Publicado en

Moceop

¿QUEDAMOS EN LA IGLESIA?
Respuestas a pie de calle…
Actualmente en la Iglesia hay mucho ruido; tanto que, a veces, nos impide escucharnos y encontrarnos.
En MOCEOP entendemos que la Iglesia debe ser un lugar de encuentro, donde se acoja a todos, se respete la diversidad, se acepte la pluralidad y se practique la igualdad desde un talante evangélico.

Pero ¿qué piensa la gente a pie de calle y a pie de Iglesia? ¿Se sienten acogidos en la Iglesia? ¿Cómo creen que se puede construir una Iglesia que sea tierra de convivencia y fraternidad?

A nuestra invitación esto es lo que nos han contestado ellas y ellos.

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«Violencia estructural… violencia personal».- Paloma (profesora)

A decir verdad, debo confesar que no me siento parte integrante de ninguna iglesia (ni con mayúsculas ni con minúsculas). Contemplo el hecho religioso desde fuera y con escasa vinculación. Sí soy creyente y tengo un sentido trascendente de la existencia.

Soy una persona religiosa: me gusta rezar en el sentido de conectarme con el Dios que hay dentro de mi (no con el dios católico, cuyo único hijo murió en la cruz; no), con ese Dios creador, universal (seas de la religión que seas o aunque no te vincules a ninguna). Con ese Dios (con mayúsculas) que es el punto de confluencia en que convergen todas las religiones. Un Dios sin atributos, sin hijos ni parientes, sin guerras santas, que no necesita mediadores. Un Dios Amor. Nada más.

Dicho esto, y desde esta perspectiva, he de decir que no sé a qué nos referimos con la Iglesia, así con mayúsculas. Hay muchas iglesias. Aquí hablamos de una de ellas, la iglesia católica. Pero aún aclarando esto, está iglesia católica puede ser entendida como sección del cristianismo fiel al Vaticano, o como pueblo de dios (del dios de esta iglesia), o como institución religiosa…

En cualquiera de sus acepciones estamos hablando de una organización multitudinaria con siglos de existencia, que sin una estructura no puede funcionar (países de todo el mundo, millones de creyentes, siglos de historia…). Y como en toda organización humana, nos encontramos con dos serios problemas: los que devienen de la estructura en sí misma (violencia estructural) y los que devienen de la propia condición humana (violencia personal).

Esta iglesia, con el paso de los siglos, se ha ido jerarquizando y ha ido configurando una estructura rígida, con escaso funcionamiento democrático y con miedo a que se difuminen sus límites (ejerce una clara violencia estructural sobre sus miembros). Pero ¿podría ser de otra forma? ¿Cómo pueden organizarse tantos millones de personas fieles a una sola cabeza visible y con la conciencia de que están en la posesión de la verdad y la custodian?

No cabe pensar en un colectivo de esta envergadura que sea un lugar de encuentro, donde se acoja a todos, se respete la diversidad, se acepte la pluralidad y se practique la igualdad desde un talante evangélico. Esto sencillamente es imposible. No hay organización humana, y menos tan multitudinaria como ésta, que pueda practicar realmente esos valores. El propio sentimiento de pertenencia convive difícilmente con el de aceptación de las diferencias y de la pluralidad. La identificación con un grupo (religioso, político, deportivo…) se caracteriza por algo que diferencia a los que son del grupo de los que no lo son. Y entre los que consideran que forman parte del mismo, siempre están presentes diferentes interpretaciones y maneras de ver o explicar los acontecimientos…

Y aquí es donde empieza a funcionar el otro problema: la condición humana (violencia personal). Seamos humildes y pensemos a menor escala. Aunque la estructura ejerciera el mínimo de violencia sobre sus integrantes -si fuera una estructura democrática- si sus miembros no lo son, tampoco funciona. Sólo pondré dos ejemplos dolorosos por lo cercano.

Recordemos la breve historia de la internacional de los curas casados organizados democráticamente y con una estructura elegida entre todos de forma más o menos consensuada. La violencia estructural estaba reducida al mínimo, pero eso no evitó que la violencia personal tomara valores elevados. ¿Por qué no fue posible aceptar pacíficamente la diversidad, la pluralidad, la igualdad? Cada parte piensa que fue la otra la que no aceptó o respetó el funcionamiento. Cada parte…

Y el otro ejemplo lo tenemos bien reciente. No entendemos ni aceptamos ni sentimos el mínimo agrado por los que tienen una opción política diferente o muy diferente a la nuestra. De modo que si somos ligeramente viscerales, no aceptamos al diferente, no nos gusta la pluralidad que se separa de lo que nosotros pensamos o creemos, no aceptamos de corazón a los otros, ¿cómo vamos a hacer un camino de igualdad y fraternidad?

No nos quitamos el disfraz de seres políticos cuando entramos en el mundo de lo religioso y nos ponemos el de «aquí sí que viva la pluralidad». No. Somos como somos y en muchos campos de nuestra vida (laboral, familiar, político, social o religioso) no entendemos ni aceptamos a los que se diferencia en mucho de nuestros presupuestos, creencias y valores. Ésta es la violencia personal.

Por lo tanto, creo que acoger a todos, respetar la diversidad, aceptar la pluralidad y practicar la igualdad para convivir en una tierra de fraternidad es la meta. Es el punto de llegada de todos: los de esta iglesia, los de las otras iglesias y los que no tienen iglesia adscrita. Es donde nos queremos encontrar. En nuestras manos está hacer el camino. De la violencia estructural no nos libraremos fácilmente, pero de la personal…

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«Compañero de viaje en esa gran Iglesia doméstica»

La Iglesia es una realidad múltiple, no es una ni única, por mucho que lo defina el dogma. Quien sí la define es la realidad histórica y las innumerables experiencias vividas que la fragmentan, al menos, en Iglesia oficial y doméstica.

La Iglesia oficial es monolítica, burocratizada, jerarquizada… en ella gobierna la doctrina, la norma y el dogma. No es acogedora por naturaleza, sino fría (no atiende a situaciones personales concretas, sino únicamente a las que ha definido como ideales), calculadora (evalúa utilizando la doctrina, la persona no es la medida de nada), uniformizadora (tiene un sólo catálogo de respuestas doctrinales), etc (os invito a completar el etcétera, yo mismo lo haría con un poco más de tiempo y de calma); es Júpiter devorando a sus hijos porque los considera un peligro.

En esta comodona institución, dispensadora de normas, muchos nos hemos sentido juzgados y condenados, rechazados y excluidos. Nos hemos quedado en sus suburbios, en sus afueras y, con el tiempo, la hemos olvidado. Ha dejado de representar algo en nuestras vidas, porque en nuestra experiencia ha sido un enorme «fraude».

La Iglesia doméstica es plural, variopinta, se adapta a múltiples situaciones, busca muchas reformas por variados caminos. Existen múltiples líderes carismáticos, cada uno con su visión de Iglesia. Esta Iglesia es más acogedora, menos rígida, más horizontal y participativa. En definitiva, más acorde con el espíritu evangélico. En ella muchos nos hemos sentido aceptados, comprendidos, acogidos, en casa. Esta Iglesia ha sido compañera de fatigas y búsquedas, impulso y ánimo.

La rigidez de la Iglesia oficial no ha producido sólo efectos nocivos. Ha obligado a los creyentes a decantarse, a aclararse y a agruparse y organizarse.

En mi experiencia, lo primero ha sido lo de aclararse con la fe. El modo como te sitúas en la comunidad, expresa tu vivencia interior. Primero me situé como cura casado, más tarde como creyente, posteriormente la vida me ha ayudado a despertar del sueño dogmático de la fe. Las experiencias vividas despertaron mi racionalidad, propiciaron la mayoría de edad y el abandono de las muletas de la fe para interpretar la existencia.

La aceptación de la condición histórica, de la contingencia, el descubrimiento de los límites de la razón en las explicaciones ontológicas, cosmológicas, metafísicas…, la aceptación de la limitada racionalidad científica, etc. han operado un gran ocaso y secularización en mi propia mentalidad, conduciéndome a posiciones agnósticas, de búsqueda y respeto, pero de ignorancia religiosa. Me ha hecho madurar, crecer, fortalecerme como persona.

De modo que ésta es hoy mi situación. Respecto de la fe de la Iglesia, podría decirlo con la cita de San Pablo: «Cuando fui mayor, dejé atrás las cosas de niño». Aunque, como persona, me siento compañero de viaje en esa gran Iglesia doméstica comprometida con los problemas que afectan a la humanidad.

Alfonso N. Fdez.Herranz (cura casado)
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«Hoy día no puedo ni compartir la Eucaristía». «Quiero una Iglesia chiquitica, con mucha luz». Emilia y Tomás

Emilia y Tomás son un matrimonio de creyentes, mayores en edad, pero jóvenes en el espíritu.

Han trabajado mucho por una nueva iglesia,

pero se sienten decepcionados de la iglesia institución. Sin embargo, siguen luchando

por otra iglesia de rostro más humano.

Emilia:

«Soy una persona mayor, lo suficientemente mayor como para que…» nada me importe ni de política ni de religión».

Esta afirmación sería la lógica en una persona de mi edad. Sin embargo mi curiosidad, interés e inquietud es tanta que, no puedo pasar por alto «nada» de lo que pase en mi entorno.

¡Estoy indignada!… hoy día, me indigna casi todo.

Tomás

«Tengo 83 años (bien llevados me dicen mis hijos) Me eduqué y estudié en Colegios de curas y monjas. Ahí conocí el ambiente eclesial (o celestial) que reinaba en aquellos tiempos…

De esos modelos de convivencia cristiana no llegué a sacar consecuencias en la forma de ver el cristianismo».

Emilia

«Yo siempre he entendido a la Iglesia como «una Iglesia cercana, donde Jesús y sus enseñanzas fueran el centro de nuestro comportamiento con los demás.

Una Iglesia donde confrontar nuestra fe, compartirla para enriquecernos.

Durante años he colaborado activamente, y de muy diferentes maneras, en proyectos y tareas voluntarias y todas dentro de la Iglesia.

«No me siento ni acogida y menos respetada en la iglesia de hoy»

«HOY DIA NO PUEDO NI COMPARTIR LA EUCARISTÍA» con un gran pesar e impotencia. Me surge la duda, las preguntas sin respuesta: ¿Será que… la Iglesia está tan lejos de ser un lugar de encuentro…?

Al no encontrar una respuesta ni lugar donde confrontar y fortalecer la fe para hacernos mejores…me invade el sentimiento de tristeza y decepción »

Tomás

«Después de los tiempos pasados y de recobrar la libertad de pensamiento y expresión pude establecer las diferencias . Llegué a la conclusión, de que aquello, no era «el cristianismo ni la Iglesia establecida por CRISTO».

Afortunadamente sigo estando en contra de una iglesia piramidal, jerárquica, poco respetuosa con los derechos humanos para sus afiliados, autoritaria y con mucho derecho canónico en sus textos y órdenes.:

Para los jerarcas todo el Poder del cielo, poder de elección, poder de decisión, poder contra la persona.

A pesar de que se dice : «Que la iglesia somos todos», de la misma manera que con Hacienda, YO NO ME SIENTO ACOGIDO y respetado por esta iglesia jerárquica. Y pregunto a los pastores de nuestra Iglesia:

-Es esta… ¿la Iglesia de Cristo?, La respuesta se la dejo a sus Ilmas. A mi modo de ver han adaptado al fundador a su protocolo-lujo, a sus pensamientos y maneras de pensar y de actuar»

Emilia

«Me siento bien en mi grupo de matrimonio, un grupo que se mantiene durante más de cincuenta años, a pesar de todos los cambios habidos. Un grupo donde nos ayudamos y compartimos nuestra fe, nuestros problemas y también alegrías.

Solo así, en grupos, asociaciones, comunidades de base. etc. se favorece nuestra reflexión personal, Un lugar de encuentro donde todos con todos podemos profundizar para ayudarnos en nuestras propias vivencias.

Solo así se podrá construir o salvaguardar una iglesia abierta donde todos nos sintamos compañeros de viaje.» (Emilia)

Tomás

«Yo sigo queriendo y deseando :

UNA IGLESIA CHIQUITICA, CON MUCHA LUZ, CON MUCHAS VENTANAS, CON MUCHA CLARIDAD NATURAL, DONDE LO QUE SE HABLE SEA ENTENDIDO Y COMPRENDIDO POR TODO (como estas letras en mayúsculas),

Donde nos conozcamos por nuestro nombre, con las penas y alegrías de todos; una Iglesia construida en tierra, con suelo y no en el cielo, libre de poderes jerárquicos, un lugar donde se hable con fe, esperanza y caridad: humana

La fuerza que tengo, poca o mucha, la uno a MOCEOP, a Andrés y Tere, ahijados nuestros, para que no nos durmamos en los laureles.

mi fuerza y mi ánimo para poder llegar a lograr esa Iglesia en la que todos soñamos y así siga viva.

Sigo creyendo en las palabras de Jesús; «cuando os reunáis en mi nombre, en el centro estaré yo».
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«Debemos construir día a día la Iglesia de Cristo». José y Ascensión (Grupo cristiano de matrimonios)

«Después de conocer durante toda la vida la Iglesia tradicional y conservadora, en el año 1966 tuve la oportunidad de hacer el Cursillo de Cristiandad. A partir de ahí comenzó otra etapa, descubriendo con la ayuda de un grupo de sacerdotes muy progresistas para la época y de un grupo de matrimonios, que había otra Iglesia más acorde con el mensaje de Cristo.

Fui integrándome y colaborando con nuestra Parroquia dando catequesis a los niños de Primera Comunión, cursillos preparatorios para bautizos, cursillos prematrimoniales, etc.

Hasta la actualidad mi esposo y yo mantenemos las reuniones semanales del grupo de matrimonios y cuando ya hemos sido mayores, hemos dedicado nuestro tiempo a realizar visitas a los enfermos.

Creo que la Iglesia como institución se encuentra alejada y posiblemente más en los últimos tiempos, de la sociedad actual, estamos viviendo un retroceso. Los cristianos debemos ser respetuosos, tolerantes y acogedores, independientemente de la forma de pensar y vivir de otros hermanos, un lugar de encuentro donde compartir nuestra fe y el amor a nuestro prójimo, según nos enseña el Evangelio de Cristo. En este sentido aunque en la Iglesia me siento acogida y respetada, no comparto muchas de las ideas y actuaciones de la Iglesia. Predican Amor y, a veces, se echa en falta en la práctica.

Debemos construir día a día la Iglesia de Cristo en nuestro entorno, no podemos esperar que sea la Iglesia Institución quien lo haga, cada vez más añeja y caduca. La Iglesia de Cristo abierta, olidaria, fraternal donde podamos sentirnos bien, debemos construirla nosotros con nuestro esfuerzo y con toda la gente que tenemos alrededor, respetando diversidad de razas, credos, opciones de vida laica o religiosas o sexuales, siempre intentando ayudarnos en nuestro paso por la vida.»

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«Creemos en una Iglesia sin muros ni ladrillos». José Luis y Guadalupe (ingenieros)

Nosotros siempre habíamos entendido que la Iglesia era como lo que vivíamos en nuestra Parroquia, pero pasado a una escala mayor. Siempre decíamos: «Quedamos en la Parroquia?». La Parroquia, para nosotros lugar de encuentro, de acogida, de reflexión; donde nos reuníamos con los amigos y donde quedábamos para todo; para salir a dar una vuelta, para preparar la reunión del grupo de chavales, para colaborar en la gestión desde el Consejo Pastoral y muchas más cosas.

Esto forma parte de una etapa de nuestra vida que recordamos con nostalgia aunque la expulsión y la total ruptura actual creemos que no están maduradas porque cuando volvemos a nuestra Parroquia se produce mucho desconcierto en nuestro interior. Seguimos la liturgia incómoda; no sabemos si compartir la eucaristía, nos sentimos como alguien «no grato»; en fin, una situación bastante desagradable.

En conclusión, no nos sentimos parte integrante de la Parroquia, pero sí de la Iglesia, esto es lo que dice nuestra comunidad: seguimos formando parte de la Iglesia; a pesar de que tenemos que hacer un ejercicio de fe impresionante. ¿Por qué en las últimas elecciones de la Conferencia Episcopal, no han contado con nosotros para nada?. Nos preguntamos, ¿tenemos nosotros algo que ver con la Iglesia que ha elegido a Rouco Valera como su representante?.

Nos sentimos acompañados por la IGLESIA que celebra la eucaristía y recuerda a Jesús en una sencilla celebración, donde todos tenemos algo que compartir, todos comemos del pan y el vino para recordar su última cena; sin protagonistas estelares, sin magia, sin que sobre nada que haya que guardar bajo llave en el sagrario. Nos sentimos que formamos parte de una IGLESIA que es Comunidad y que nos acompaña en el día a día. Somos parte de la IGLESIA que denuncia y se manifiesta por una mejora del Plan África. Nos identificamos con la IGLESIA que dedica su tiempo a los chavales que van mal en el cole o con la IGLESIA que se dedica a comercializar el «jabón casero» para dar trabajo a los que están más marginados. Formamos parte de la IGLESIA que enseña a usar y reparte preservativos para impedir la transmisión del sida.

Creemos que esta IGLESIA que es abierta porque no tiene ni muros, ni ladrillos, es con la que nos identificamos muchos y en la que quedamos.

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«Para hacer Iglesia hay que partir de la humildad». Olga y Carlos (matrimonio cristiano de base)

«Actitudes como la «acogida» y como el «respeto» requieren una premisa fundamental: la igualdad. De lo contrario, tanto la acogida como el respeto se convierten en paternalismo en el mejor de los casos y de las circunstancias para pasar al rechazo y al desprecio cuando esas circunstancias se complican.

Por lo tanto, dentro de la Iglesia no nos sentimos ni acogidos ni respetados. Hubo una época en que estábamos «tutelados», eramos unos menores de edad y como tal se nos admitía en su seno. Ahora, que nos expresamos como mayores de edad hemos llegado al desprecio.

¿Cómo construir entre todos una iglesia abierta que sea tierra de convivencia y fraternidad con la que podamos identificarnos, sentirnos compañeros de viaje?

En nuestra opinión, hay que partir de una cualidad que hoy no está de moda: la humildad. Para hacer «iglesia» deberíamos tener siempre presente esta cualidad desde una doble perspectiva:

a) mi manera individual de entender, de sentir y de relacionarme con Dios es sólo mía y sólo me vale a mí. Hay otro millón de formas de relación con Dios que son tan válidas como la mía. Mi relación con Dios la puedo expresar, manifestar, compartir e incluso contagiar, pero no se la puedo imponer a nadie. Y además, tengo que mirar con igual cariño las formas en que las demás personas expresan su relación con Dios Padre.

b) la manera colectiva que tenemos como grupo humano de entender a Dios y de manifestar esta relación es válida para nosotros. Tenemos que asumir que Dios se ha manifestado en otras culturas y otros pueblos quienes a su vez tienen unas maneras determinadas de expresar esta relación tan válidas como las nuestras. De esta manera podemos aprender y también, porqué no, podemos enseñar.

Partiendo de esta cualidad, sólo se puede avanzar como Iglesia en una dirección: buscando lo que une y compartiéndolo y aquello que nos «une» son las cosas más sencillas porque todos tenemos las mismas necesidades: alimento, salud, amistad, compañía. La satisfacción de estas necesidades tiene otro nombre que a lo mejor está desvirtuado, pero es el que mejor resume esta historia: amor. Hablemos de cómo hacer que el alimento llegue a todos y haremos iglesia; hablemos de que la salud sea una posibilidad real y haremos iglesia; seamos cercanos entre nosotros, busquemos la amistad entre las personas y haremos iglesia; persigamos que todos se sientan acompañados sean cuales fueren sus circunstancias y estaremos haciendo Iglesia.

Y en cuanto a la forma de organizarse, hay multitud… pero opino que la Declaración Universal de Derechos Humanos es el mejor punto de partida para cualquier organización humana, teniendo en cuenta que las formas de organización son sólo un medio para llegar a un punto en concreto y como medio son revisables, sustituibles…»

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«Vivo mi fe y mi homosexualidad compartiéndola». Juani Peña

«Desde niña conocí y reconocí mi amor por Jesús de Nazaret, la educación recibida fue de una familia católica, no estricta, nunca me obligaron a creer o no en la doctrina; fui yo misma quien se sintió atraída por la figura del maestro. Por otro lado sentía que era diferente a otras niñas, pero tampoco en mi entorno me sentí rechazada por ello; al contrario, siempre me sentí una persona querida y aceptada por tod@s.

Fue en la adolescencia cuando tome conciencia mas profunda de todo lo que social y religiosamente se movía, y en lo que yo no estaba de acuerdo, pues Jesús decía que nos amaramos, que estuviéramos al lado de los pobres y yo entendía muy bien por qué la «jerarquía» tenia tanto y consentía que la gente muriese de hambre… todas estas cosas las compartía con amig@s en un centro juvenil religioso (a quienes debo el saber cómo «no hay que actuar», pues algunas instituciones son pleno ejemplo de lo que Jesús no dijo ni quiso, en fin eso es otra historia). Sin dejar de creer tuve mi época agnóstica (18 años) aunque compartíamos la fe y la oración, con rebeldía y aceptación.

Nunca me causo ningún problema ni conflicto ser creyente y homosexual, siempre pensé que Jesús me quiere tal y como soy, porque si no, para qué me creó, para qué vino y por qué murió.

Es cierto que si nunca ocultaba ser cristiana fuere con quien fuere, si que de alguna manera ocultaba o al menos hablaba en tercera persona sobre homosexualidad y oraba por «ellos»… esto supuso un desgaste hasta los 33 años mas o menos, en que decidí dejar a una lado las instituciones, ir por libre, pues me era muy difícil no poder conciliar mi fe y homosexualidad con «ellas».

Ni siquiera existía el dialogo, como se dice : «de lo que no se habla no existe» y como yo much@s existimos, durante 10 años busque con quien compartir mi fe y homosexualidad (periodo de soledad enriquecedor), al fin encontré COGAM (no me quede), después de tres años hubo alguien que me acerco a MOCEOP con aquel lema La familia, fue entonces cuando me sentí por primera vez autentico miembro de la comunidad cristiana, me sentí de verdad iglesia, pues por primera vez alguien supo quién y cómo de verdad era yo ¿por fin? Podía ser yo misma, siempre lo supe, pero ese día fue la conformación, la Ruah esta en tod@s y cada un@.

Seamos como seamos lo único que necesitamos es abrir nuestro corazón, nuestra mente, nuestro ser y no tener MIEDO; pues nadie nos va a quitar aquello que somos, NOSOTR@S MISM@S.

Ahora vivo mi fe y homosexualidad compartiéndola con las comunidades, con personas que sienten como yo y con las cuales sabemos que tenemos mucha labor que hacer; y sigo pensando y sintiendo que la fe no es incompatible con la homosexualidad; sigo pensando como cuando era niña, que Jesús de Nazaret dijo que nos amaramos, que estuviéramos al lado de los mas necesitados y como entonces intento dar testimonio, pero ahora desde tres forma: una mas madura con algo menos de conflicto interior por haber sido capaz de eliminar algunas barreras; otra compartiendo con la comunidad y la tercera igual que antes, desde la oración; pues a pesar de todos los avatares nunca deje de orar, él es mi mejor amigo «amigo que nunca falla» porque me quiere como soy.

Por otro lado dentro de la comunidad homosexual hay mucho resentimiento contra la iglesia católica, lógico, por lo que ha hecho sufrir a este colectivo y no es fácil hacerles ver que Jesús vino para tod@s, pero es que el testimonio de la jerarquía, lejos de incluir, excluye, así que la labor en este sentido, es ardua y difícil, pero bueno, es otro frente a dar testimonio, ahora, de que l@s cristianos también existimos y de que Jesús vino para tod@s. Ahora lo tengo mas fácil, porque no estoy sola, me siento en comunidad, con tod@s vosotr@s y siempre en oración »

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«¿Por qué no quiero pertenecer a la Iglesia?». Chini Rueda Sabater

«Quienes me conocen saben que he estado metida hasta los tuétanos en esta iglesia (que hace ya mucho escribo con minúsculas). Mi proyecto de vida, mi existencia entera estaba prendida y comprometida con la visión y misión de una congregación religiosa.

Si bien es verdad que había un margen de libertad individual y espacio para realizaciones benefactoras, siempre que no supusieran freno o estorbo para el funcionamiento del engranaje general, aquel proyecto ahora lo considero ambiguo y hasta casi perverso porque se formulaba en términos metafóricos que nunca se concretaban del todo, con altas pretensiones humanitarias pero que tarde o temprano quedaban subordinados a los intereses de la propia supervivencia del colectivo.

Durante mucho tiempo, aunque con una actitud crecientemente crítica, no llegaba a plantearme dejar de militar en la iglesia, siempre estaba el argumento de que sólo desde dentro podemos cambiarla, la convicción de que todos «somos iglesia» y el respaldo de ejemplos magníficos que siempre encontré entre las gentes de iglesia. Ya ni me convence ni me seduce. Sé que puede interpretarse la mía como una postura teñida de subjetividad y cargada de rencor, pero no es así. Pasé por esa fase de sueños rotos y desmoronamiento pero se trata de una decisión tomada desde la serenidad y con argumentos, por eso quiero explicarme.

En primer lugar, haciendo un simple ejercicio de lucidez, la iglesia sigue empeñada en conservar una tradición cuya interpretación sólo corresponde a los guardianes oficiales de la misma; una tradición de la que, sorprendentemente, dejan que se esfume lo sabroso, lo liberador, lo creativo para el espíritu y lo reducen a un cuerpo de doctrina con una pretensión de acatamiento que me parece hoy casi inconcebible.

En segundo lugar, ejercitando además la memoria y la sensibilidad, la iglesia cree poder seguir ofreciendo, como ha hecho durante siglos sometiendo con ello las conciencias de las gentes sencillas, una mitología que suponga una compensación trascendente a los padecimientos actuales, una especie de consuelo o bálsamo para paliar el dolor y el desamparo; un imaginario religioso atado a la creencia de que un salvador humano-divino nos redime de la muerte.

Cree, además, y éste tercero es un ejercicio de conciencia, poder seguir siendo portavoz de la ortodoxia moral, como si, por una parte, sólo hubiera una válida construcción de la moralidad y, por otra, manteniendo en su propio funcionamiento y estructura condiciones y comportamientos antidemocráticos y discriminatorios y haciendo un uso indecente de una doble moral, una que sirve para la observancia del público en general y otra que se aplica para exculpar a quienes gozan de un privilegio de impunidad. Tendría que reinventarse a sí misma. Tendría que desaparecer para precisamente resucitar y eso es algo que -me temo- no sabe hacer.

Diréis que he perdido la fe, que, como tanta gente, abandono y cierro capítulo. Pero no cierro una dimensión de mi existencia que considero absolutamente vital, la espiritual, una dimensión que siempre alimenté en el seno de la iglesia católica y traté de formular en lenguaje cristiano y ahora busco sin fronteras, sin recintos. Necesito beber de la tradición bíblica y de otras tradiciones, necesito del maestro Jesús de Nazaret, como de otros maestros, maestras y tradiciones, caudal de sabiduría desprendida de creencias, dogmas y sumisiones.

Necesito hacer el camino interior que me lleve mas allá de mí misma, a lo más auténtico, necesito cultivar esta cualidad que es la que nos hace más humanos. Necesito también compañeros y compañeras de ese camino para trabajar por lo que anhelamos, comunidades humanas de vida en las que grupos de personas con identidades diversas trabajan por el bien común, se aventuran por la senda de la espiritualidad, se relacionan en reciprocidad e intentan alternativas al sistema que deshumaniza.

Necesito hacerlo en una sociedad en que las religiones y las ideologías están en crisis, con la flexibilidad de no estar adscrita a ninguna confesión y no considerarla, por tanto, superior; con la libertad del espíritu que transita a través de quienes hacen sin mapas el camino de la profundidad; con la desnudez de quienes se saben desguarnecidos de dioses y no se asustan por ello.

No he perdido la fe, si la fe es el toque del absoluto (cita de San Juan de la Cruz que suele hacer M. Corbí), sigo tocada por el absoluto, la memoria de ese toque, la sed de lo probado sigue como nada y como nadie grabada en algún lugar de mi conciencia y no voy a cejar aunque haya de atravesar vacíos, oscuridades e intemperies.»

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