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La iglesia de los pobres y la ofensiva conservadora: lecciones y dilemas de nuestra estrategia -- Comisión de Vivencia, Fe y Política

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América Latina ha sido vista recientemente como el único continente que pasó de la resistencia a la construcción de alternativas al neoliberalismo. Sin embargo, la política económica de los gobiernos “progresistas” deja ver que si bien las políticas implementadas se alejan del neoliberalismo en su versión ortodoxa, al mismo tiempo distan de ser una alternativa al capitalismo mundial.

En Ecuador, el verdadero horizonte del Gobierno es una economía extractivista con explotación minera a gran escala. El gran desafío de los movimientos populares y de izquierda es convertirse en factores decisivos que presionen por un cambio radical y profundo que siente las bases de una sociedad pos-capitalista. Semejante desafío resulta más complejo y difícil cuando estos movimientos tienen que enfrentar no solo a la acción de la derecha sino a la represión y persecución de estos mismos gobiernos “progresistas”.

En el plano eclesial asistimos a uno de los momentos más altos de la ofensiva conservadora liderada por el Vaticano. El vertiginoso ascenso a los altares de Juan Pablo II, principal gestor de la contrarreforma eclesial, simboliza esta ofensiva. El Vaticano posiciona a los movimientos eclesiales más conservadores como el OPUS DEI o Heraldos del Evangelio (Tradición Familia y Propiedad) en antiguas diócesis progresistas con la finalidad expresa de liquidar todo lo que quede de la teología de la liberación.

A pesar de las resoluciones en cierta medida progresistas de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano realizada en Aparecida en mayo del 2007, las estrategias de resistencia de los grupos populares eclesiales han sido extremadamente débiles.

El conflicto en la Iglesia de Sucumbíos muestra la fragilidad y potencialidad de los procesos liberadores ante la ofensiva conservadora. La importancia de la expulsión de los Heraldos del Evangelio no puede ser minimizada. Es un gran logro de la resistencia de la Iglesia de los Pobres. No era fácil conseguirlo y todos debemos felicitarnos y felicitar a los hermanos de ISAMIS. Pero en el fondo persiste un problema de estrategia.

Hacia fines de los años 1960 e inicios de los años 1970 la iglesia latinoamericana pretendía hacer de la Iglesia católica una “comunidad de comunidades”. Esa pretensión ha fracasado. Como bien lo planteó José Comblin cuando nos acompañó en el Primer Encuentro de Iglesia de los Pobres en el año 2006, “era ingenuo pensar que toda la iglesia iba a transformarse en una comunidad de comunidades pobres. Esto era ignorar la historia”.

Debemos revisar esa estrategia urgentemente. Una mirada a los procesos eclesiales populares que hemos vivido nos permitirá identificar los principales dilemas estratégicos que enfrentamos y nos servirá para rectificar con miras a crear las condiciones básicas para resistir en mejores condiciones la ofensiva vaticana. Presentamos a la discusión nuestra lectura de cuáles son esos dilemas centrales y cuáles los desafíos para una estrategia renovada.

Trabajar en silencio vs opción profética
Hasta ahora amplios sectores de la Iglesia de los Pobres han caminado subordinados a la institucionalidad eclesial, buscando “no hacer olas”, evitando los enfrentamientos abiertos, las confrontaciones públicas y mediáticas. El costo de esta estrategia ha sido renunciar a un testimonio profético público y abierto.

Esta estrategia sin duda contribuye a construir estructuras locales de base, se gana tiempo y se evita la intervención de las jerarquías conservadoras mientras se desarrolla un trabajo de base que requiere del rol activo y un liderazgo del clero. Pero a la larga se renuncia a la acción profética pública y se sacrifica la posibilidad de contribuir a crear un imaginario social de una iglesia distante del poder hegemónico, cercana a los intereses populares y a los procesos de lucha social.

Una Iglesia que, como ocurrió durante los tiempos de Monseñor Leonidas Proaño, en momentos de conflicto puede activar una red estructurada de apoyos políticos, una importante movilización social y ganar la opinión pública de amplios sectores.

Trabajo local vs trabajo nacional
Hasta ahora la mayoría de la Iglesia de los Pobres ha privilegiado el trabajo parroquial, la organización local, y, en el mejor de los casos, una estrategia confinada al ámbito diocesano. Carecemos de espacios de articulación nacional con estructuras propias. El trabajo de la Iglesia Popular es prioritariamente localista y parroquial. Pocos han estado dispuestos a avanzar en procesos nacionales reales, en redes de comunicación, en estructuras que puedan activar la solidaridad entre los grupos locales.

Los pocos vínculos continentales desarrollados muchas veces son solo formales sin que existan estructuras nacionales funcionales y efectivas. El resultado ha sido, entonces, un proceso organizativamente débil, disperso y políticamente vulnerable, sin liderazgos públicos aceptados y reconocidos.
Estructuras autónomas vs pertenencia a la iglesia institucional

En muchas ocasiones se ha visto con desconfianza la demanda de crear estructuras autónomas, independientes de la institución eclesial. Se lo ha considerado una amenaza a la unidad eclesial o una falta de identidad de Iglesia. Sin embargo, la verdad es que los únicos procesos que han sobrevivido luego de las ofensivas conservadoras han sido las estructuras construidas con autonomía frente a la institución eclesial.

Su autonomía incluye lo económico, lo político y lo ideológico, y su dinámica no responde a las necesidades e intereses institucionales. Prácticamente todas las estructuras construidas sobre la base de la dependencia eclesial, si han sobrevivido, lo han hecho renunciando al compromiso liberador.

Esto es evidente en Ecuador. Dos obispos distintos, progresistas ambos, con dos estilos diferentes y con resultados similares. Monseñor Leonidas Proaño, con fuerte acción profética pública, que tuvo alcances nacionales y mundiales. Su acción pública le costó no pocos enfrentamientos abiertos con sus compañeros de episcopado y persecuciones por parte del poder político y económico. Por otro lado, Monseñor Gonzalo López Marañón, con una acción pastoral silenciosa, sin hacer olas, sin más denuncias públicas que las estrictamente necesarias y casi únicamente desarrolladas dentro del ámbito diocesano, con una acción pastoral casi desconocida, o conocida únicamente dentro de los ámbitos progresistas de la iglesia.

Los resultados en ambas experiencias están a la vista: en Chimborazo lo que pudo escapar a los cambios institucionales fueron las organizaciones indígenas y populares que crearon sus propias estructuras independientes de la institución como el Movimiento Indígena de Chimborazo. Las que se llamaron “Iglesias vivas” (comunidades indígenas que incluyeron en sus dinámicas sociales la lectura del evangelio) sobrevivieron con dificultad debido en muchos casos a las dependencias que tenían frente a los sacerdotes que hacían las veces de dinamizadores y brindaban legitimidad
y confianza a la organización.

Las Comunidades Eclesiales de Base virtualmente desaparecieron, aunque algunas sobrevivieron en condiciones totalmente marginales, resistieron y existieron a la espera de que algún sacerdote llegara en su auxilio. Pero la dinámica de la iglesia de Riobamba sufrió un retroceso radical: más sacramentos, menos organización popular, más iglesia menos sociedad nueva.

Algo parecido sucede en Sucumbíos. Ante la llegada brutal y despiadada de los Heraldos del Evangelio, la resistencia más estructurada se organizó desde la Federación de Mujeres de Lago Agrio: la principal trinchera para enfrentar la ofensiva conservadora son las organizaciones populares y las organizaciones de la sociedad civil, apoyadas y sostenidas, sin duda, por las comunidades eclesiales de base.

Aunque en este caso todavía está por verse el desenlace final y la manera en que quedarán las CEB, es claro que cualquiera que sea, las organizaciones eclesiales existirán mientras permanezcan sacerdotes, monjas u organizaciones religiosas afines a sus principios pastorales. Luego de la importante victoria de la resistencia al expulsar a los Heraldos del Evangelio ¿es razonable suponer que el Vaticano nombrará un obispo progresista afín a la Teología de la Liberación? Por supuesto, la respuesta es no.

Aunque no puede descartarse que ocurra algún milagro, lo más probable es que el sucesor definitivo provenga de sectores moderados o conservadores que realice los cambios más pausadamente pero de manera igualmente implacable. Esto es lo que ha ocurrido en todas partes, de Riobamba a Los Ríos, de Guaranda a Cuenca. El resultado será seguramente el mismo: las estructuras construidas al amparo eclesial no resisten un cambio jerárquico.

El caso de la Radio Sucumbíos es el mejor ejemplo de un reiterado error estratégico: dejar las estructuras liberadoras en manos de la Iglesia cuando pudo haberse trasladado su propiedad a manos de los laicos, de alguna comunidad con personería jurídica propia o de alguna organización social. Ninguna lucha social tiene garantías, pero es claro que hay mejores oportunidades para resistir los cambios impulsados por la jerarquía conservadora cuando hay autonomía laical.

Los dilemas estratégicos que hemos mencionado son verdaderos y nadie tiene la fórmula mágica para hacerlos desaparecer. Las estrategias silenciosas, parroquiales e internas de la iglesia, pueden exhibir logros importantes. Pero han tocado sus límites ante la presión conservadora de la Iglesia. Es hora de revisar estos aspectos estratégicos para que en cada sector la iglesia liberadora y las organizaciones populares estemos en mejores condiciones para resistir y para construir alternativas.

¿Necesitamos estructuras nacionales? ¿Cómo deben ser? ¿Necesitamos una voz pública? ¿Quién o quiénes deben lanzarse a ganar la opinión pública? ¿Necesitamos estructuras autónomas frente a la Iglesia? ¿Cuáles y cómo sostenerlas? Sobre todo, para modificar nuestras estrategias debemos poner nuevamente en su sitio lo esencial: el carácter “Reino-céntrico” de la iglesia de los pobres. Lo central es construir el Reino, “lo demás vendrá por añadidura”.

Por tanto, hay que relativizar la institucionalidad eclesial, su estructura, sus prácticas, su distorsionado mensaje que traiciona el del evangelio. Hay que combatir decididamente la dinámica hegemónica de la iglesia. Y todo esto debería ser pensado a la luz de las luchas históricas de las víctimas del sistema, no desde el interés eclesial sino desde la necesidad urgente de combatir el sistema capitalista en crisis que genera todo tipo de desigualdades. La Iglesia de los pobres debe ser un instrumento más, junto a muchos otros, de este proceso de construcción histórica del Reino de Dios.

(Información recibida de la Red Mundial de Comunidades Eclesiales de Base)

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