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LA FISTULA CONDENA AL OSTRACISMO SOCIAL A LAS MUJERES ETÍOPES

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El Mundo.es

Están proscritas por la sociedad, por sus familias e incluso por las autoridades de su país, Etiopía, y son mujeres que sufren un calvario físico y mental debido a una lesión postparto: la fístula. La fístula obstétrica es un orificio que se produce entre la vagina y la vejiga o el recto en los partos complicados y largos, en los que la mujer tiene dificultades para dar a luz porque tiene una pelvis estrecha o porque el bebé está mal colocado.

Tras el calvario del parto, el niño suele fallecer y la mujer queda con las consecuencias de la fístula: el dolor crónico, la incontinencia y el ostracismo social.

Becky Kiser, una estadounidense que dirige el departamento de ventas internacionales de una firma de cosméticos, decidió hace tres años poner punto y final al drama que viven más de 150.000 mujeres en Etiopía, con 9.000 nuevos casos cada año.

«Vine a Etiopía en un viaje de placer y se me partió el corazón al ver cómo miles de mujeres morían al realizar el acto más natural en la vida de una mujer, es decir, dar a luz», explica Becky.

«La doctora australiana Catherine Hamlin, fundadora del Hospital contra las fístulas de Addis Abeba y varias veces nominada para el Premio Nobel de la Paz, me dijo que no había infraestructura para ayudar a la marea humana que se agolpaba a la entrada del hospital», explica Becky, una mujer madura, casada y madre de dos hijos.

Regresó a su país y habló con su familia en Colorado sobre la posibilidad de financiar con fondos propios la construcción de un hotel de acogida para las parias de una sociedad extremadamente machista y avergonzada de los males de sus propios compatriotas.

Tres años después, con 13 viajes a sus espaldas, 300.000 dólares menos en el bolsillo y una interminable espera burocrática, Becky se ha convertido en el ángel de la guarda de unas mujeres resignadas al vagabundeo y el ostracismo más absoluto.

En Europa y América del Norte la fístula fue erradicada a finales del siglo XIX con la aparición de la cesárea, que es la mejor arma para combatir este mal, pero en África se trata de un mal endémico tan ignorado como mortal.

Una de cada diez mujeres africanas lo padece después de dar a luz, lo que se traduce en unos 25 millones de mujeres afectadas en todo el continente.

Centro ‘The Trampled Rose’

En febrero de 2006 el centro ‘The Trampled Rose’, auspiciado por la asociación ‘Mujeres para las Mujeres’, dirigida por Becky, veía la luz.

En tan sólo unos meses más de cien parturientas a la espera de una hasta entonces improbable operación invadieron el recinto incrédulas por la fortuna que les sonreía, que no era otra que gozar de atención médica, cariño y cobijo.

En el centro, dirigido con extrema severidad en cuanto a la higiene, las pacientes aprenden además a leer, escribir y contar.

Lillu tiene 22 años, es musulmana y vive en el hotel totalmente gratuito desde hace tres semanas. Además del amor profesado por Becky y sus diez empleados, lo que más aprecia es la serenidad y libertad que presiden el lugar así como la ausencia de violencia.

«Aquí he aprendido el significado de la palabra respeto», admite Lillu. «Nadie me pide explicaciones ni critica mi confesión religiosa», se sorprende.

«Antes mi familia me evitaba porque olía mal debido a mi incontinencia provocada por la fístula y sufría unos dolores inexplicables para los hombres. No quiero irme de aquí», se apena.

El problema es que las inquilinas del lugar tienen que abandonar su refugio dorado en virtud de la lista de espera y de la política de la asociación, que consiste en abrir las puertas a todas aquellas que precisan de asistencia urgente.

«Es el momento más duro», reconoce Becky. «En general nadie quiere marcharse, pero no podemos mantenerlas a todas, tan sólo a las que sufren de un modo crónico», agrega.

El pasotismo de las autoridades

La esperanza que esas mujeres han depositado ciegamente en Becky se explica también por el laxismo del Gobierno respecto a esa cuestión.

Becky lamenta la inexistencia de aportación económica de las autoridades del país y ha recurrido a las representaciones diplomáticas extranjeras.

La embajada de Francia financió la instalación de unas duchas comunitarias, Polonia donó las literas del centro y Holanda patrocinó la construcción de un segundo recinto.

Becky, que vive entre Estados Unidos y Etiopía, ha dedicado la mayor parte de su última estancia en Addis Abeba a alertar a la comunidad internacional sobre el problema de la fístula.

«Las quiero a todas con toda mi alma. No hay derecho a abandonarlas a su suerte, no pienso hacerlo nunca», dice la que se ha convertido en protectora de las víctimas de otra calamidad típica de un país subdesarrollado.

La pacientes la veneran, las mujeres buscan su protección. «Mi sueño es erradicar la fístula -expresa Becky- aunque, «desgraciadamente, eso quizá no ocurra, con suerte, hasta dentro de 15 años».

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