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LA FIGURA DEL OBISPO MILINGO. Xavier Pikaza

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Religión Digital

La figura del obispo Milingo, a quien acaban de excomulgar por haber ordenado, sin permiso de Roma, a cuatro obispos, en USA, forma parte de mi historia. Conviví con él algunas semanas, a comienzos del año 1985, cuando celebraba sus cultos de sanación en la Iglesia Argentina de Roma. Era un hombre distinto: una encarnación de los mejores sanadores (sus enemigos le llamaban “hechicero”) de la cultura africana, un obispo que tomaba al pie de la letra el evangelio y que, al parecer por eso, había sido depuesto de su sede episcopal y de su cargo de presidente de la conferencia episcopal de Zambia. Su historia me resulta dura y cordial, apasionada y dolorosa y así quiero evocarla cariñosamente, llamándole mi hermano

La Noticia. 26 de Setiembre de 2006.
El Vaticano ha anunciado hoy la excomunión del polémico arzobispo emérito (depuesto) de Lusaka (Zambia), Emmanuel Milingo, y de los cuatro sacerdotes casados que hace varios días ordenó obispos. La excomunión se ha hecho conforme al canon 1382 del Código de Derecho Canónigo, que dice: «el Obispo que confiere a alguien la consagración episcopal sin mandato pontificio, así como el que recibe de él la consagración, incurren en excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica». En el comunicado se ha precisado que la Santa Sede ha seguido con «viva preocupación» los pasos dados recientemente por Milingo, de 76 años, con la creación de «una nueva Asociación de Sacerdotes casados, sembrando división y desconcierto entre los fieles».

Mi encuentro con Milingo

La historia de Milingo me viene impresionando desde comienzos del año 1985. Yo estaba por entonces en Roma, con los mercedarios, en el Casa Argentina, que tenía una iglesia preciosa (en Viale Regina Marguerita 81). El rector de la iglesia, un argentino ingenuo y cordial, aceptó la petición de algunos amigos de Miligo, que buscaba iglesia para celebrar sus liturgias de sanación y así le tuvimos en nuestra iglesia por unos meses.

Le habían acusado de “espiritismo” y “hechicería», diciendo que su forma de curar-sanar era poco cristianos, le habían desposeído de su arzobispado en Lusaka y acababa de pasar dos años de “castigo”, como un recluso, en una casa religiosa de la vieja Roma. No habían podido demostrarle error alguno y le habían quitado el «castigo», pero no podìa volver a su tierra africana ni a su obispado y así “vagaba” por la ciudad en busca de una iglesia amiga donde “celebrar”; podía hacerlo, no tenía prohibición ni suspensión alguna, y, además, le habían «promovido» (promoveatur ut amoveatur), dándole un “carguito” en un dicasterio de segunda categoría del Vaticano. Por eso buscaba iglesia, para seguir siendo lo que era,un sanador, un hombre de «espíritu». Pero se decía que cuando el vicario de Roma (cardenal Ugo Poletti) se enteraba de que oficiaba en una iglesia de la ciudad encontraba la manera de impedirlo (amenazando con cerrar la iglesia). Por eso nadie quería admitirler, prestándole una iglesia.

Pues bien, el rector de nuestra iglesia le admitió, diciendo que lo de Poletti eran rumores (¡que no había papeles!), y así, a principios de 1985 empezó a venir por nuestra casa, una vez a la semana, a celebrar (creo que los jueves) una liturgia multitudinaria, que duraba toda la tarde. Oficiaba conforme al estilo más tradicional y proclamaba un largísimo sermón, lleno de referencias bíblicas y eclesiásticas al Diablo y a los poderes del mal, en un estilo muy tradicional (escolástidoy/o africano). Al terminar la misa recibía uno por uno a los enfermos y les bendecía, orando por ellos, en una liturgia personal, que se extendía por horas.

Tenía un magnetismo peculiar, atraía a miles de personas y las mantenía encandiladas, largas horas. Por eso, venían a la misa cientos y cientos de enfermos, de manera que se colapsaba la calle y la plaza vecina, con las protestas del tráfico de Roma y el claxon incesante de los coches parados. Venían enfermos de todo tipo: era como una imagen viviente de aquello que nos cuenta el evangelio, cuando habla de los locos y posesos que se acercaban a Jesús. Yo nunca había visto algo semejante (¡quizá «no Corpiño» de la Galicia más profunda!): epilépticos girando la cabeza, dementes de diverso tipo, cojos arrastrándose en el suelo… El centro de la vieja Roma (al lado de los hospitales de la Universidad) se había convertido en barrio rico de las miserias infinitas.

Yo soy más racionalista y me cuesta creer en curaciones “espirituales”, (que me suenan casi siempre a espiritismo y hechicería)… pero aquello era digno de verse. Venían con fe, miles de personas: hacían cola en la iglesia, rezaban esperaban, para estar un momento con Milingo. Él les miraba y les hablaba, uno por uno, una por una, durante horas de comunicación humana, de oración por cada uno. Era como un fluido, una energía, una vida… Él hablaba del Dios que cura y que vence al Diablo, de la necesidad de ponerse con fe y humildad en sus manos. No era mi lenguaje, pero era admirable lo que hacía.

Me dijeron sus amigos: pasa tú también, que te bendiga y rece por ti… Nunca lo hice, quizá por un respeto. Él tampoco me lo pidió. Un día, para mostrar que no tenía nada en contra de ese tipo de oración personal y sanadora, pedí a unos de sus colaboradores que orara por mí, y así lo hizo: me postré en el suelo y él pidió por mí, con palabras temblorosas, al Dios de la paz y de la vida. Estoy convencido de que fue una oración buena, un gesto de fe.

Una nueva homorroisa

Otro día seguiré contando algunos casos especiales de Milingo. Hoy sólo quiero recordar el de una vecina a la que a veces veía comprando el periódico o paseando por la calle del lado de la iglesia. Un día me paró y me preguntó “cuando volvía Milingo”. Le dije que el próximo jueves, como siempre. Quería darle gracias, ofrecerle un regalo. Nos paramos un momento y me confesó algo que parecía calcado del texto de la hemorroisa de Mc 5: “Llevaba años de trastornos de matriz, años y años manchando sin parar… Hace tres semanas me bendijo y se paró la hemorragia. He ido a mi médico y me ha dicho que no entiende, pero que cree que estoy curada”. No puedo dudar de su testimonio, ni del testimonio de otros que me dijeron cosas semejantes.

Fueron los meses más duros de nuestro colegio. Hubo que cambiar el teléfono, porque no paraba de sonar día y noche… Venían a la puerta miles de personas, preguntando por Milingo. Hasta que un día, volviendo del bíblico encontré al rector apenado, sombrío: “Me han llamado de parte de Poletti. Me han dicho que no ande con bromas: que , si no cierro la puerta a Milingo, Poletti me cierra la iglesia y entonces ¿de qué vivimos?. No me han dejado responder, han cortado”. Le dije: “Pueden ser habladurías, pide que te den la orden por escrito”. Pero él no la pidió, estaba convencido de que llamaban de parte de Poletti y que el vicario de Roma no andaba con bromas. Y así fue como Milingo vino y como Milingo se fue, sin documentos de ningún tipo, dejando un reguero de piedad y admiración a su paso. ¡Un africano, al parece inculto, sacado hace dos días de la selva, realizando curaciones en el centro de la sabia y culta Roma de los césares, los papas, los artistas más cultos del mundo!

Expulsado de África

No le he visto más. Él no se acordará de mí. Tenía miles de cosas que decir, miles de personas a las que acompañar. De su historia posterior sólo conozco lo que han dicho los periódicos. No puedo juzgarle, pero me da una pena inmensa, mi Milingo… Me da también una inmensa nostalgia. Las cosas podían haber sido diferentes. Yo también estaba en Roma porque me habían prohibido enseñar en Salamanca, sin papeles. Pero yo podía estudiar, pensar, escribir, que era lo mío, lo que sigo haciendo. Él, en cambio… había sido expulsado de su África querida; habrían detenido su proyecto de vincular la iglesia católica con la cultura de la sanación y la religiosidad africana.

No quiero seguir, seguiré otros días con otros matices. No sé si será acertado lo que después ha hecho (su famosa boda) y lo que acaba de hacer (ordenaciòn de obispos). Yo no lo hubiera hecho de esa forma. Pero no soy él y estoy convencido de su inmensa piedad y de su bondad humana. Más aún, tengo desde 1985 la certeza de que él es uno de los testimonios más claros de que existe una herida abierta en la iglesia católica de África. Me gustaría que hablaran los que saben más, los que han vivido allí: ¿qué se ha hecho y qué puede hacerse en la iglesia de África en relación con los dos temas de Milingo: las sanacioens-exorcismos y el matrimonio del clero?. ¿Hay tamién otros problemas?

Me parece evidente que la gran Iglesia de Roma no hasabido asumir con Milingo un tipo de cultura y religiosidad africana… Algunos me dicen que desde entonces las cosas han ido cada vez peor, que hay un “foso” entre Roma y algunas iglesias africanas. Un ejemplo de ese foso sería la historia posterior de Milingo. Más que el “caso Milingo” (al que hoy le encontramos en América) me importa la crisis de la iglesia africana. Pero también Milingo me importa. Lo que ha pasado con él es seguramente consecuencia: resulta difícil juzgar a un hombre expulsado y silenciado como él. Quiero seguir pensando sobre el tema.

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