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La «conversión diabólica de Dios» -- José María Castillo, teólogo

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El abandono de las prácticas religiosas y la creciente militancia de los ateos contra la creencia en Dios son hechos que están a la vista de todos. El año pasado, los autobuses de ciudades importantes llevaron grandes anuncios en los que se decía «Probablemente no hay Dios, así que deja de preocuparte y disfruta de la vida». ¿Se puede decir tranquilamente que las gentes que piensan así son malas personas que proceden por turbios intereses?

Los hechos no avalan semejante explicación. Porque gente buena y mala la hay en todas partes, entre los ateos, los agnósticos y los creyentes. Por tanto, que nadie intente despachar este problema echando mano de explicaciones éticas, de tipo moralizante. El problema no está en nada de eso. ¿Dónde entonces?

No es lo mismo hablar de Dios que hablar de religión. Ni Dios es una pieza más (la más importante) de la religión. Más aún, uno puede estar de acuerdo con la búsqueda de Dios y en completo desacuerdo con las religiones. Es más, se puede afirmar con seguridad que, con demasiada frecuencia, lo que han hecho las religiones ha sido desfigurar a Dios y presentarlo de tal manera que a muchas personas se les hace muy difícil, por no decir imposible, creer en él. ¿Por qué?

Cuando hablamos de Dios, en realidad ¿de qué estamos hablando? Lo que especifica a Dios, lo que lo diferencia radicalmente de todo lo que no es Dios, es que Dios es el Trascendente. Es decir, Dios es específicamente el que «trasciende» nuestra capacidad de conocimiento. Por tanto, Dios está más allá de todo cuanto puede alcanzar nuestra razón. O sea, lo más exacto que podemos decir de Dios «en sí mismo» es que no podemos conocerlo. Porque está más allá del campo puramente inmanente de nuestra capacidad de conocer.

Entonces, cuando las religiones nos dicen que Dios es así o de otra forma, que Dios dice esto o lo otro; o que quiere tal cosa, las religiones ya no hablan de Dios «en sí mismo», sino de las «representaciones» de Dios que nos hacemos los humanos. Porque cuando Dios, que está más allá del horizonte último de nuestra capacidad de conocer, entra en el campo inmanente de lo que nosotros podemos alcanzar con nuestra razón, entonces ya no estamos hablando de Dios en sí mismo, sino de la representación o de la objetivación de Dios que nosotros nos hacemos. Se produce entonces lo que Paul Ricoeur ha llamado acertadamente el proceso de «conversión diabólica», en virtud del cual el Absoluto, el Trascendente, degenera en «objeto». Insisto: nosotros no tenemos capacidad de acceso nada más que a los objetos que están a nuestro alcance. Y eso no es sino la «objetivación» de Dios.

¿Quiere esto decir que Dios es un invento de los hombres? La existencia de Dios no se puede demostrar por la razón. A Dios sólo tenemos acceso por la fe. Y la fe es una decisión libre que tiene su razón de ser en las incontables limitaciones que son propias de la condición humana. De ahí que la fe en Dios tiene su explicación en los anhelos más profundos del ser humano. Anhelos de humanidad, de plenitud de vida, de felicidad. Anhelos a los que la condición humana por sí sola no puede responder. De ahí, la búsqueda de Dios, que trasciende las inevitables limitaciones de lo humano.

Si Dios tiene alguna razón de ser, es encontrar respuesta a los anhelos más profundos de los seres humanos. Lo cual quiere decir que un Dios, que entra en conflicto con lo verdaderamente humano, no puede ser Dios. Por eso el problema no está en Dios. Está en las religiones que nos representan a Dios, no como respuesta a los anhelos que son comunes a todos los seres humanos, sino de acuerdo con los intereses y conveniencias de los «hombres de la religión» quienes, a su vez, representan intereses y conveniencias de las que ni los mismos «religiosos» son conscientes.

Intereses y conveniencias que, en lugar de fomentar la fe en Dios, lo que consiguen es alienar la fe haciéndola odiosa. Y haciendo además insoportable la práctica religiosa. Si los autobuses de Londres le van a decir a la gente que probablemente no hay Dios y que, por eso, se dediquen a disfrutar de la vida, es evidente que las religiones presentan a Dios como un ser incompatible con el disfrute de esta vida. ¿Y nos vamos a extrañar de la que haya mucha gente que quiera sacudirse el peso insoportable de instituciones y poderes que, en nombre de un desconocido Absoluto le prohíben o limitan a la gente la dicha y el disfrute de vivir?

La cosa está clara. Mientras las religiones se aferren a un Dios que entra en conflicto con lo humano, con la felicidad, la dignidad, la libertad y el disfrute de la vida, cosas a las que tenemos derecho los humanos, ni Dios ni la religión tienen futuro. Con el mayor respeto posible a otras tradiciones religiosas, me permito recordar que el cristianismo tiene su punto de partida en la «encarnación de Dios», que es la «humanización de Dios». En la encarnación, Dios renuncia a su poder y su gloria, nace en la miseria de un estableo y muere en la exclusión de un esclavo y un subversivo, en una cruz. Y no hizo eso para aguarnos la fiesta de la vida, sino porque no soportó a los hombres de la religión que, en nombre de Dios, hacían (y siguen haciendo) insoportable el yugo de la religión.

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