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LA COMUNICACIÓN PÚBLICA DE LAS RELIGIONES: A COMUNICAR SE COMIENZA ESCUCHANDO. Fernando Vidal

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Alandar

El pasado mayo la Fundación Santa María organizó una jornada con periodistas sobre la comunicación Iglesia-sociedad, a propósito del libro que publicamos Luis González-Carvajal y Fernando Vidal, “Medios de comunicación y religión en España” (SM, Madrid, 2006). Dicho libro es el informe reflexionado de una investigación cualitativa en la que desde la Universidad Pontificia Comillas entrevistamos a más de medio centenar de expertos.

En ese estudio concluíamos que aunque existe disposición para pensar la comunicación de la Iglesia con la sociedad, no se siente suficiente receptividad en la Iglesia para tener encuentros. De las entrevistas inferíamos que se percibe que las deliberaciones sobre la comunicación de la Iglesia están hipotecadas de inicio porque generalmente sólo se invita a personas que se consideran favorables y ello sesga la misma comunidad de deliberación que se da en la realidad. Se cree que en la Iglesia se tiene una visión muy endogámica, no se escuchan todas las voces con suficiente profundidad, falta diálogo con las personas críticas y sobra polémica con y de ellas.

Sin embargo, existen el ánimo y el potencial de querer ayudar a mejorar la situación. En general, lo más destacado de los resultados sería el buen ánimo que inspira a la mayoría de los entrevistados. Hay conciencia de que la comunicación mediática entre Iglesia y sociedad necesita mejorar, que es responsabilidad principalmente de las culturas periodísticas y comunicacionales tanto de la Iglesia como de los medios, y los entrevistados han sugerido numerosas propuestas para dicha mejora. Dicho ánimo da motivos para la esperanza porque sobre todo existe una necesidad sentida de querer mejorar la relación por parte de los profesionales de comunicación de la prensa y de las instituciones eclesiales. Al respecto, nos encontramos ya buenas prácticas. Entre los entrevistados nos encontramos la experiencia de una institución eclesial en la que hubo un proceso de autocrítica en la que participaron periodistas de los medios que les comunicaron lo que hacían mal y cómo entendían ellos que se podía mejorar con resultados finales positivos.

En el informe de investigación, donde se puede encontrar un amplio coro plural de voces pensando sobre esta cuestión. En esta ocasión e invitado por Alandar, quisiera comunicarles brevemente trece propuestas que tienen más fundamentadas y desarrolladas en el libro.

1. La Iglesia debe lograr representar públicamente su naturaleza comunicativa: es decir, que establece una verdadera relación de comunicación con la sociedad en su conjunto y su comunidad en su pluralidad. Para ello debe mostrar que escucha y que se siente interpelada por lo que escucha.

Se dice que la Iglesia no escucha en serio cuando se habla sobre ella. Incluso entre algunos existe escepticismo, pesimismo y desconfianza sobre que pueda hacerlo. Pero se es pesimista en las expectativas de que la Iglesia se siente a escuchar y dialogar sobre ella misma. Se está acostumbrado a una falta de escucha a las recomendaciones de los profesionales e incluso a que se sospeche de su buena voluntad. Es necesario visibilizar con gestos claros que la Iglesia escucha en serio y salva lo que de significativo hay incluso en sus peores críticos. A comunicar se comienza escuchando y ése es el primer criterio para que la Iglesia pueda comunicar la buena noticia: comunicar escuchando. Para ello debe generar noticias donde el diálogo con distintos agentes sociales quede claramente plasmado. La Iglesia cuenta con consejos relativos a todos los órdenes de la ciencia, la sociedad y la cultura. Debería instituir diálogos con una representación más general y plural de agentes y personajes. Por ejemplo, si prepara un documento sobre bioética debe representarse un encuentro con científicos de primera línea, aunque para ello es claro que tiene que existir primero dicho diálogo.

2. La comunicación que exige la Iglesia debe comenzar a mostrarse en las prácticas de sus medios propios.

La Iglesia marca la calidad informativa a través de su práctica informativa desde los medios propios. Esto requiere intervenciones urgentes dado el deterioro y el escándalo a que se ha llegado, donde desde algunos medios católicos se realiza el estilo de comunicación más violento y reaccionario de nuestro país. Urge un documento de estilo periodístico de los medios participados por la Iglesia, una evaluación eclesial que vaya más allá de la autoevaluación que estos medios hacen en defensa suya. ¿Qué podemos esperar de los medios propios de la Iglesia? ¿Qué deberíamos no encontrarnos en ellos?

3. Urge una drástica reconversión y modernización de la estrategia de comunicación sobre todo en clave de profesionalización y democratización. Existen metodologías, profesionales y agencias probadas que a corto plazo podrían mejorar mucho la imagen pública y los modos de comunicación de la Iglesia.

Lo primero que deberíamos lograr es que exista dicha estrategia y ésta sea eclesial, no sólo táctica. Entre los profesionales se coincide en que no se percibe una estrategia sólida de comunicación por parte de la Iglesia española. Más que percibir el mensaje de la Iglesia, se percibe cómo reacciona ante las distintas situaciones. Aunque incluso en el caso de que realmente no existiera una estrategia sólida compartida, también se está de acuerdo en que las fuentes de comunicación guardan una visible coherencia. Es necesaria una reformulación radical de la estrategia de comunicación desde las portavocías y los gabinetes de comunicación. La Iglesia tiene que comenzar por trabajar su estrategia reactiva, sus reacciones ante acontecimientos. Pero debe contar con una estrategia general que implique coordinación. En la reconstrucción de una estrategia de comunicación hay que priorizar la necesidad de armonizar las estrategias de las distintas instituciones y territorios ya que se teme un excesivo centralismo, tiene que existir articulación autonómica y tiene que existir coordinación con las grandes instituciones de la Iglesia. La Iglesia debería ser más proactiva en la intervención pública mediática; operar con agendas de comunicación más sincronizadas e inteligentes. No obstante, se confirma que los medios materiales y logísticos han mejorado notablemente. Incluso así, falta radicalizar la reconversión de equipos humanos. Lo cual incide en una mejora de la política salarial y las condiciones de trabajo.

4. Es necesario asumir más y visibilizar mejor la pluralidad eclesial

Es necesario enriquecer la pluralidad y actividad de la opinión pública en la Iglesia. Existe por parte de muchos, incluso en sectores moderados, miedo a expresar sus opiniones en público. Es cierto que desde la Iglesia cada vez hay más y mejores agencias y distribuidores de noticias, pero falta pluralizarlas más y que estén armonizadas con estrategias comunicacionales desde las instituciones.

5. La Iglesia debe visibilizar mediáticamente sus actitudes positivas.
Los problemas de comunicación de la Iglesia son en gran parte actitudinales y de tono porque se dice que la comunicación de la Iglesia mantiene un tono de reproche. Hay que examinar cuáles son las actitudes percibidas que refuerzan ciertos modos de comunicación y no sólo evitarlas sino buscar los modos que muestren la superación de dichos prejuicios. Hay que dar esperanza a la gente, que la gente y las distintas agencias sientan que por parte de la Iglesia hay algo de ellos que es salvable. La demonización de determinados sectores sólo aumenta la desesperación y el desconsuelo de toda la gente, y eso es del mal espíritu.

6. La idea general, muy consolidada, es que el resultado del balance de comunicación entre Iglesia y sociedad es insuficiente porque el imaginario está dominado por una representación muy estereotipada de la Iglesia que la presenta muy parcialmente.

La Iglesia precisamente tiene que romper esos estereotipos. Eso requiere reformular las estrategias de comunicación e incidencia pública desde algunas de las realidades más sensibles como la enseñanza concertada y ámbitos episcopales. Requiere activar las nuevas narratividades y segmentar las audiencias.

7. Segmentación de audiencias o comunicar para las distintas sintonías.

La Iglesia debe superar la tentación de hablar públicamente sólo a los suyos. La estrategia podría contemplar cierta estructura de segmentación de audiencias, recuperar el espíritu conciliar de establecer diálogos permanentes y visibles con muy distintos sectores. Sin embargo, nos encontramos con que la Iglesia no visibiliza dichos diálogos sino que a veces parece que sólo habla con los suyos de lo suyo. La Iglesia debería escuchar a todos y articular más cauces de traducción de sus mensajes a los distintos ámbitos.

8. Aunque los contenidos de la Iglesia son abundantes, buenos y potencialmente atractivos y relevantes, los contenidos que realmente se comunican son poco atractivos. La calidad media de los productos comunicacionales de la Iglesia no es suficientemente buena.

Tanto en selección de contenidos como en el modo de presentación de los mismos dejan mucho que desear según los profesionales y sin embargo los mismos insisten en que en la Iglesia hay mucha historias y acontecimientos de gran interés humano. También perciben los medios que hay que superar la monotematización.

9. El lenguaje: hablar lenguas

En este punto se abren tres cuestiones.

Códigos propios pero compartibles. Es legítimo usar códigos propios característicos, pero aun así, en general los modos de las instituciones eclesiásticas están obsoletos. La comunicación de la Iglesia es tan academicista que no llega con cercanía al sentir de la gente. Como en Pentecostés los apóstoles, hay que dar un sólo mensaje pero hablando lenguas, haciendo que cada uno lo entienda en su propio lenguaje. Pero entre los periodistas no sólo se piden historias dramatizadas que testimonialicen los mensajes sino que alguno también prioriza la importancia de las comunicaciones sólidas y amplias que disciernan y fijen cuestiones de fondo.

La comunicación de la Iglesia debería ser más sencilla, directa y clara. Se entiende que la aridez de los documentos no es gratuita sino que tiene una justificación y una utilidad, la de procurar una fuerte fundamentación y un amplio consenso alrededor. La forma de comunicar de la Iglesia no es oscura sino que intencionadamente la Iglesia se ve obligada a generar productos muy complejos que contengan vacunas contra las posibles reacciones y que sopesen muy bien cada palabra, lo cual lleva a usar un lenguaje quizás demasiado meticuloso y medido para el gran público: sin llegar a oscuro es demasiado precavido y no suficientemente claro (en el sentido de que es ambiguo). Hay un peligro: esa comunicación a través de lenguajes desactualizados, incomprensibles para la cultura vigente, puede crear el juicio de que es un lenguaje vacío de contenidos. Lejos de la intención de comunicar profundidad y complejidad, pueden crear la sensación de vacío y retórica.

La comunicación de la Iglesia debería ser más legible y comprensible. Hay que trabajar de modo que el problema no sea nunca que el periodista no entiende sino que el gabinete no se explica suficientemente. Efectivamente, la ilegibilidad de los mensajes y hechos de la Iglesia y su incomprensibilidad para periodistas y amplias capas de la población es uno de los grandes problemas de fondo de la metodología comunicacional de la Iglesia.

10. La estrategia de documentos: cambios en el modo de elaboración, en sus formatos y en sus presentaciones.

Para implementar un estilo que no sea academicista, no ayuda el uso masivo de documentos. Quizás se elaboran y proporcionan documentos donde haría falta otro tipo de intervención, se abusa de documento como metodología y la razón puede ser que es un formato que permite la profundidad, la matización, la claridad, etc. pero también que la poca inculturación mediática no hace superar la tendencia al documento y el monólogo. En general hay coincidencia en que el género documental es inadecuado para la esfera mediática aunque sea necesario contar con dichos textos corporativos de referencia. Habría que asumir que cada tipo de medio de comunicación (prensa, radio, televisión, Internet, etc.) tiene su formato y hay que aceptar los límites naturales que posee, lo cual le cuesta a los autores de documentos eclesiales, lo cual significa que cada mensaje realmente importante debería ser comunicado haciendo uso de todos los formatos y códigos posibles.

11. La Iglesia debería hacer una comunicación más divulgativa de sus mensajes

Casi nadie piensa en que todo mensaje que se quiera que trascienda debe ser traducido comunicacionalmente a los distintos códigos mediáticos de radio, prensa, TV e Internet. La vulgarización parece complicada y si no se quiere ver destinada al fracaso o al sesgo, parece urgente una labor de traducción de los documentos desde el mismo lugar que ha sido producido; una traducción que requerirá el don de lenguas, de traducir filosófica, teológica o coloquialmente el mismo documento a distintos registros. Esto es parte de lo que se echa de menos, una profundidad intelectual y vital que sea apreciada en su fundamento por el común de la sociedad.

La síntesis no significaría necesariamente desvirtuación sino incluso podría ayudar a profundizar en el sentido expresando de forma más intuitiva el núcleo del mensaje. La Iglesia está acostumbrada a discursos muy orgánicos, extensos y estructurados sistemáticamente, mientras que los medios le exigen síntesis, concisión, inmediatez y otra organización de los mensajes introduciendo ritmos de repetición, de ampliación, de variación, de reiteración análoga (decir lo mismo de otra manera, con otras imágenes y ejemplos), etc. No estamos ante el fin de la cultura oral pero es imprescindible dominar la cultura mediática si se quiere comunicar integralmente. La cultura mediática está presidida por la creación de iconotipos, instantáneas (visuales, auditivas, textuales o de acción) asociadas a un mensaje inteligible, lo cual requiere síntesis, mientras que la cultura oral está presidida por la creación de ciclos, lo cual requiere sistemas. Estamos tan saturados de doctrinalismo que es necesario hacer iconotipos sintéticos que visibilicen experiencias, que permitan la comunicabilidad entre lo existencial del remitente y del destinatario de modo que el emisor o el comunicador permita que fluyan la narración sin que pierda la legibilidad y la carga experiencial de comunicabilidad.

Sobre esa capacidad de crear síntesis, la Iglesia tiene un know-how acumulado que debería aplicar. El pensamiento iconológico funciona a través de un mecanismo de metáforas y metonimias, de analogía y representación del que la Iglesia tiene una gran experiencia por su misma realidad litúrgica y de pensamiento teológico y pastoral. Pero además en las entrevistas se señaló a diferentes figuras internacionales como fueron o son el Papa, Teresa de Calcuta o Jon Sobrino que han sintetizado un iconotipo cuya sola presencia permite una presencia y comprensibilidad en los medios inmediatas.

12. La comunicación de la Iglesia debería priorizar más una comunicación narrativa histórica, próxima y experiencial.

A juicio de varios entrevistados, la comunicación de la Iglesia se realiza con unas narrativas excesivamente teóricas, doctrinales y abstractas que guardan poca afinidad electiva con los formatos que circulan con mayor eficacia en la dinámica mediática. Eso refuerza que en la comunicación vigente, la gente a través de la comunicación de la Iglesia no percibe un modo auténtico de vida sino una doctrina ideológica. A esos efectos, son comunicacionalmente más eficaces los modos narrativos que relatan los mensajes a través de experiencias, historias, hechos o prácticas reales. Esa dramatización de los mensajes, que es lo que se está defendiendo, debería comenzar por los mismos productos que se comunican buscando que cuando se transmite algo sea algo en lo que alguien está implicado. La comunicación debe estar portada por sujetos implicados en el contenido, no deben ser objetos abstractos como documentos o comunicados donde se pierde el sujeto autor y se pierde simétricamente el sujeto receptor.

El paradigma mediático de la narracción implica un predominio de los acontecimientos como contenido de transmisión, el relato de hechos: la lengua de Hechos, el lenguaje de hechos. La Iglesia comunica hechos incluso cuando usa sólo palabras. Narrativizar la comunicación significa buscar el gesto oportuno que actualiza la palabra, es sobre todo una escenificación de gestos y palabras que quieren revelar hechos. Es decir, que se trata de comunicar modificando y creando iconos; confirmando aquellos aspectos iconales que sean oportunos y buscando superar aquellos que no benefician a la misión de la Iglesia. Si tuviésemos que repensar narractivamente pensaría en cada presencia de comunicación como un analizador, un reactivo en el que hay que cuidar cada gesto y palabra y en el que hay que llenar de significado cada gesto, palabra y signo de la escena: convertiría la comunicación en un lugar, un lugar que busca ser comunicación de una teofanía. Por ejemplo, si tuviese que pensar la inmigración implicaría a inmigrantes, comunicaría desde los lugares que la Iglesia comparte con ellos, lo asociaría a acciones que comprometen a quien comunica, plantearía preguntas a la sociedad, habría que escenificar esa comunicación con una rueda de prensa en las vallas de Melila, en las playas de Tarifa o en la scalles del Rabal, etc. Si algo parece claro de la investigación, es la necesidad de innovar creativamente los géneros narrativos en que comunica la Iglesia en España.

13. La relación “gastronómica” con los periodistas especializados.

Es necesario un documento autorregulado que paute la práctica informativa por parte de instituciones eclesiásticas y periodistas de religión. Gran parte de los problemas, dijo Fernando Garrido, responsable de prensa del Opus Dei en España, son “gastronómicos”. No significa que periodistas y comunicadores de la Iglesia se coman sino que no comen juntos. Fue señalado por muchos en la investigación. Es necesario cuidar especialmente procesos para reconciliar la convivencia con los profesionales de la comunicación. Es necesario cuidar las relaciones personales y de confianza con los periodistas, redactores y editores. A fin de cuentas, Iglesia y periodistas tienen una relación simbiótica: los periodistas quieren introducir mejor sus noticias y la Iglesia también. Hay una creciente competencia entre secciones en cada redacción y competencia entre temas y entre instituciones por ganar presencia mediática y los periodistas ganan presencia conforme las noticias sobre Iglesia son mejores. En una entrevista, uno de los periodistas quería lanzar un mensaje a los responsables de comunicación de la Iglesia: ayúdame a ayudarte. Es claro: a comunicar se comienza escuchando.

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