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La alternativa no es vida o muerte, sino vida o resurrección -- Benjamín Forcano

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En la muerte de Ladislao Rodríguez
Familiares y amigos, queridos todos:
Seguramente, son muchos los sentimientos que se agolpan ahora en nuestros corazones. Desde hace unos días, Ladis venía advirtiéndonos que la vida, en medio del desgaste y sufrimiento, se le iba acabando. Con presentimiento y todo, no acabamos de creer lo ocurrido: Ladis ya no está con nosotros.

Casi sin quererlo, se nos impone pensar que:
– Lo del acabamiento de la vida es un momento propio de cada uno, singular, intransferible. Solamente Ladis podría explicárnoslo cómo lo ha vivido. Y estoy seguro que lo escucharíamos con mucha atención.
– A partir de ahí las cosas cambian profundamente. La vida de Ladis era una vida frágil, en fase final, pero visible y real como la nuestra. Lo veíamos, lo escuchábamos, lo abrazábamos, lo teníamos entre nosotros. Ahora, ha cesado, está callado, absolutamente ausente. Es la paradoja: ausente pero presente, muerto pero vivo, distante pero íntimo.

– Se nos reviven los interrogantes: ¿Cómo es posible esto? ¿Pero, de qué manera estamos hechos ? ¿Quién dispone de la vida y del momento de morir? ¿Y, sobre todo, qué sentido tiene y qué queda de todo lo vivido?

Este es el hecho: “Constatamos, escribe Leonardo Boff, que la muerte es la gran señora de todo lo que es creado e histórico, pues todo está sometido a la segunda ley de la termodinámica, la entropía. La vida va gastando su capital energético hasta morir”.
Y nos toca, como siempre, reaccionar y posicionarnos ante la muerte: la vida es un misterio, dentro del cual ella se erige con un orden superior de autorregulación y reproducción. Donde hay vida, hay energía , autorreproducción y se asegura así la autoconservación.

Sin embargo, la vida, todas las formas de vida, tienen un límite: la muerte. ¿También la vida humana? Todos clamamos por una vida sin fin. Pero, los mecanismos de la muerte no hay quien los detenga. ¿Será por eso que la muerte es para el ser humano drama y angustia? ¿Será por eso que San Pablo gritaba: ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Y respondía: “Gracias a Dios, por Jesucristo, nuestro Señor”.

“Es sorprendente, dice de nuevo Leonardo Boff, pero en esta frase se encuentra la esencia pura del cristianismo. Este testimonia el hecho mayor de que alguien nos libró de la muerte. En alguien la vida se mostró más fuerte que la muerte e inauguró una sintropía superior”. Nunca, de nadie, en ningún lugar, se dijo lo que de Jesús de Nazaret: ha resucitado, está vivo, no lo busquéis entre los muertos.

Jesús conoció e inauguró una sintropía (evolución) superior, en virtud de la cual su vida era un nuevo tipo de vida, no amenazada por la enfermedad ni por la muerte. Por eso, la resurrección no puede ser entendida como reanimación de un cadáver, sino como una revolución dentro de la evolución, como un saltar a un tipo de orden vital, no sometido ya a la entropía: desgaste y acabamiento final.

Con lo cual afirmamos que la vida se transfigura. Es decir, en el proceso evolutivo la vida alcanzó tal densidad de realización que la muerte ya no logra penetrar en ella y hacer su obra devastadora. Y, de esta manera, la angustia milenaria desaparece, se sosiega el corazón, cansado de tanto preguntar por el sentido de la vida mortal. En fín, el futuro se anticipa, queda abierto a un desenlace felíz y apunta hacia un tipo de vida más allá de este tipo de vida.

Nosotros, Ladis, decimos, proclamamos y creemos que en ti la muerte no ha podido. ¡Has resucitado!
. Y resucitar significa:
– Que Jesús, en la muerte y desde la muerte, entró en el ámbito mismo de la vida divina, realidad primera y última. El Crucificado continúa siendo el mismo, junto a Dios, pero sin la limitación espacio-temporal de la forma terrenal. La muerte y la resurrección no borran la identidad de la persona sino que la conservan de una manera transfigurada, en una dimensión totalmente distinta. Para hacerlo pasar a esta forma de existencia distinta, Dios no necesita los restos mortales de la existencia terrena de Jesús.

La resurrección queda vinculada a la identidad de la persona, no a los elementos de un cuerpo determinado. Resucitar significa, pues, entrar a través de la muerte en el ámbito mismo de la vida de Dios. Nuestra fe nos asegura que el Dios del comienzo es también el Dios del final, que el Dios , Creador del mundo y del hombre, es también el que consuma a éstos en su plenitud.

– Resucitar significa que la persona que muere, continúa, y el cuerpo se disuelve pero entra en una dimensión nueva. Hay continuidad y discontinuidad.
– Resucitar significa apostar, como Jesús, por la vida, por la justicia, por el amor, por la libertad, llegando incluso a soportar en esta lucha el vituperio del fracaso de este mundo, pero seguros de que la inocencia del Justo será reconocida y premiada por Dios. Dios tiene siempre la última palabra, no la iniquidad.

-Resucitar significa que estamos ya, en una marcha hacia la plenitud de la vida, en lucha contra todo lo que bloquea, merma y mata la vida. El tiempo que se nos da no es para volverse pasivos, indolentes, escépticos, sino para trabajar, ahora, en el minuto a minuto, e ir haciendo que esta tierra sea cada vez más un cielo, el cielo de Dios. La resurrección de Jesús es la meta final, la anticipación de la plenitud que nos aguarda. Y esa plenitud no hay otra forma de hacerla más real y operativa que comprometerse con aquellos que más vida, amor y libertad necesitan: los pobres.

Amigo, hermano y querido Ladis, porque lo eras, muy querido de todos: estás bien, feliz, en tu nueva vida, después de haber cumplido como un buen seguidor de Jesús. Acercarte a ti era contagiarse de humanidad, de sabiduría, de ternura. Las practicaste en el recorrido de tu vida. ¡Cómo perseguiste el hacer felices a tus hermanos! ¡Cómo trabajaste por ellos!

Pero, era ya la hora de partir. Y te nos fuiste por delante. Me alegra, nos alegra, sentirte feliz, libre de todo miedo, atadura y limitación. Sólo Dios, allí, en El, te ha acogido con el amor de una madre, y se ha regocijado infinitamente de poder tenerte a su lado, para siempre. Nuestro dolor se sosiega y se ilumina, porque como humanos, como hermanas y hermanos de Jesús, como seguidores suyos, apostamos por algo que va más allá de la vida: la alternativa no es vida o muerte , sino vida o resurrección.

Benjamín Forcano
Madrid, 7 – julio – 2008

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