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Jueves: la comida -- Agustín Cabré, periodista y misionero claretiano

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elcatalejodepepe

Algunas mujeres de la caleta pesquera se juntaron en la casa de un vecino y se pusieron a preparar todo para la comida. Amasaron pan, limpiaron los peces del lago antes de ponerlos a las brasas, repartieron cuencos con aceitunas y dátiles, llenaron vasijas con vino grueso y cortaron trozos de queso de cabra.

Los apóstoles se lamían los bigotes y se frotaban las manos mirando todo lo que se había colocado en los paños recortados de tela marinera que cubrían el suelo.

Esperaron a Jesús. Se demoraba el hombre. Fuera de la casa había mucha gente y Jesús le daba tiempo a cada cual. Escuchaba, imponía las manos, animaba a los decaídos, consolaba a los que cargaban penas, contaba pequeñas historias que se metían en el corazón. Comunicaba esperanza. No rechazaba a nadie. Repartía su tiempo, su cariño, su persona, como se reparte el pan cuando hay necesidad de comida o necesidad de sentirse prójimo.

Por eso cuando por fin entró a la casa y se recostó sobre los pequeños sacos de arena que hacían de almohadones para los comensales, nadie se extrañó que tomara un trozo de pan y lo repartiera entre todos tal como había hecho con su propia vida al atender a los que lo buscaban.

Tampoco extrañó nadie que dijera que ese pan repartido era su propia experiencia humana. Tomó la copa de vino e invitó a todos a beber, dando gracias a Dios por los dones de la tierra y por el trabajo de hombres y mujeres que habían puesto cosas buenas para compartir en esa tarde.

Lo hizo todo tan sencillamente que fue muy fácil para los de su grupo entender que el vino y el pan repartidos y compartidos eran la misma vida de Jesús que se entregaba a todos y no se reservaba nada.
Y prometieron hacer presente en sus vidas ese gesto cada vez que se reunieran a compartir la amistad.
Sin sentarnos a la mesa para compartir el vino, los panes y la vida, no puede haber Eucaristía. (ACR)

EL DIA JUEVES SANTO.

En primer lugar no se trataba de una Cena cualquiera, sino de la Cena de la Pascua. Era y es la Celebración de la salida de la esclavitud de Egipto, liberarse de la opresión del Faraón e ir hacia una tierra prometida donde podrán tener una vida más humana, en libertad y con una producción agrícola para vivir dignamente.

En 1968 con Paulo VI los obispos reunidos en Medellín, proclamaban que la Pascua es el paso de vida de condiciones inhumanas-como el hambre, la extrema pobreza, el analfabetismo etc. A condiciones de vida humanas. Así igualmente hoy día con ese compromiso por una vida humana digna y reconociendo en ello el Paso liberador de Dios, tiene pleno sentido esta celebración.

El lavatorio de los piés, no es simplemente el gesto sencillo que repetimos cada año. El que lava los piés es el Maestro y Señor Jesús que realiza lo que hacían los siervos o los esclavos. Este gesto no lo entendía Pedro, ni nosotros lo entendemos a cabalidad. Es un gesto del Reino de Dios, que es servicio y humildad, y en el que las autoridades no se deben poner encima, sino ser en verdad servidores.
Y esa noche trágica en que los discípulos, como nosotros, discutían cuál era el principal, Jesús les sacude y les dice: si quieren ser los primeros en el Reino de Dios, sirvan a los demás.

Y al mismo tiempo Jesús hace una crítica a los Reyes de su tiempo y de nuestros tiempos: No sean como los Reyes que oprimen a los Pueblos y todavía quieren que los llamen bienhechores. Como un signo en esta noche del Jueves Santo, es bueno que el sacerdote lave los pies a una persona muy pobre, que un joven lave los pies a una anciana, que un maestro lave los pies a un alumno, que un marido lave los pies a su esposa, y que una autoridad lave los pies a un ciudadano etc…
En el Centro de la Cena está el Mandamiento del Amor hasta dar la vida, y que Jesús realiza simbólicamente en vísperas de su propia muerte.

Las palabras que hoy llamamos “consagración” son muy fuertes: “Este mi cuerpo que es entregado por ustedes. Esta es mi sangre que es derramada por todas las mujeres y todos los hombres” Y esa noche y el día siguiente su cuerpo fue torturado, masacrado, y derramó Jesús hasta la última gota de su sangre. Y esto no en un accidente, sino de su parte entregando libremente la vida, pero de parte de las autoridades en un juicio y ejecución totalmente injusta. No se trata pues solamente de repetir las palabras de Jesús, sino de comprometernos a entregar la vida.

De ordinario después de la Misa del Jueves Santo, terminan las celebraciones más oficiales. Pero en la vida de Jesús esa misma noche viene la Oración angustiada de Jesús, la traición, como hoy también tantas traiciones. Viene el prendimiento como un ladrón o malhechor, y luego el abandono, la negación de Pedro, el juicio inicuo con testigos falsos, y la condena a muerte dictada por Sanedrín, el Senado de los judíos.

Y todo esto sigue pasando en nuestro tiempo sobre todo contra los más pobres.¿ Cómo celebrar el Jueves Santo de espalda a esta realidad? La condena a muerte se viste hipócritamente de motivos religiosos, pero en la realidad es el rechazo a Jesús como Mesías Servidor, es asegurar ellos su autoridad y su reacción visceral ante las críticas de Jesús: Imponen cargas pesadas y no mueven ni un dedo. Dicen y no hacen. Son hipócritas.
(Arnaldo Zenteno).

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