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Juan Pablo II -- José González

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Panamá Profundo

Ningún Papa es mejor que sus asesores. Porque, aunque éste, por cierto, quisiera hacerlo todo, no puede. Porque, aunque Juan Pablo II, como Pío XII, creía que tenía que aparecer como si fuera experto en todas las materias y temas y tenía que escribir y hablar todos los días acerca de algo, no podía hacerlo.

Porque, además, según Juan Pablo, nada se podía decir y hacer en la Iglesia si no lo decía y hacía primero él. No decía algo porque era verdad; algo era verdad porque Juan Pablo lo decía. En la Iglesia de Juan Pablo es como si estuviera expresamente prohibido lo que no estuviera expresamente permitido por él.

Pero este dictador eclesiástico tenía los asesores que se merecía: cardenales represores como Ratzinger, López Trujillo (de lo peor que ha pasado por el Vaticano en los últimos siglos), Sodano, Darío Castrillón Hoyos, congregaciones sectarias como el Opus Dei, laicos como Kiko Argüello, fundadores como Marcial Maciel. Es decir: intrigantes, ambiciosos, inquisidores, serviles, maquiavélicos, corruptos, politiqueros, aduladores.

Alejandro VI, Borgia, malo pero no tonto, llegó a decir: “El peligro más penoso para cualquier Papa descansa en el hecho de que, como está rodeado de aduladores, nunca escucha la verdad acerca de su propia persona, y termina por no querer oírla” (A un consistorio de cardenales. Citado en The march of Folly; Barbara W.Tuchman; Ballantine Books; New York ; 1985, p.85).

Las sonrisas, las alabanzas, los regalos y los aplausos no eran para él, sino para su poder. Algunos de los que lo adularon no eran deshonestos, sino, simplemente, tontos que creían en lo que decían; otros de ellos esperaban desesperadamente que lo que le decían fuera verdad. Al final sólo dejaban acercársele a los que lo halagaban y lo mantenían semiinconsciente y hasta babeante. Todo lo que pudiera molestarlo le era cuidadosamente ocultado y evitado, ¡para eso estaban sus eficientísimos asesores! Le llevaban, de un lado a otro, buses llenos de seminaristas que lo aclamaban y gritaran “e viva il Papa”, y a él le encantaba esa farsa, sobre todo si se lo gritaban en polaco.

Vino de Polonia para liberar a los polacos y esclavizarnos a todos los demás. En la Iglesia de Juan Pablo II todo se podía…si usted era polaco. Podía usted ser sacerdote, obispo, cardenal y hasta Papa y hacer política partidista, por ejemplo. Si usted era polaco, podía usted ser sacerdote y todo lo que quisiera, incluso más que ministro, el asesor más importante del presidente o de la oposición política. Pero, ¡claro!, sólo en Polonia y sólo contra los partidos de izquierda. Si usted era un Papa polaco, podía hacer toda la política partidista que quisiera en Polonia o Italia, pero sólo si usted era Papa y sólo contra los partidos de izquierda.

En la Iglesia de Juan Pablo II, hacia la derecha hasta las herejías dejaban de serlo. Como decimos en España: este Papa era “más de derechas que Dios”, ¡que ya es decir!, digo yo. Los polacos lo admiraban y lo querían, para ellos era su héroe nacional; los demás sólo podíamos admirarlo; incluso había polacos que entendían muy bien que hubiera muchos católicos que llegaran a odiarlo. El Reino de Dios del que él hablaba había renunciado a modificar las estructuras injustas fundamentales del sistema neoliberal. Nadie pudo tomarlo por tonto, pero él aceptó dormir en la misma cama con los lobos.

Las carmelitas descalzas (las de la mayoría), las Sociedades Paulinas (las de las Ediciones), los jesuitas, los teólogos en general, son buenos testigos del régimen estalinista que se les vino encima en los últimos 20 años del siglo XX. Juan Pablo II y sus dignos asesores, convirtieron las nunciaturas de todos los países en centros de espionaje y persecución sobre los obispos, los sacerdotes, los seminarios, las universidades, los religiosos y religiosas, y todas las Iglesias locales, verdaderas “denunciaturas”.

En la única colegialidad de los obispos en que creía este Papa era en la suya. Pero la historia de la Iglesia no la escriben los Papas, sino los teólogos e historiadores; veremos la cantidad de “cadáveres” que tendrán que desembuchar los estómagos del Vaticano, muerto Juan Pablo II (Marcinkus, Marcial Maciel, la verdadera Teresa de Calcuta, etc). Juan Pablo II y Pío IX, a la misma altura, serán considerados por los historiadores eclesiásticos, los dos peores papas de los últimos 200 años de la Iglesia , ¡y eso que tienen que competir con Pío X y Benedicto XVI!

Si Juan Pablo no se llega a morir a tiempo, se canoniza a sí mismo. Se convertiría así, en el santo patrono de los dictadores. Juan Pablo se saltó a su gusto todas las prudentes medidas impuestas durante los 1900 primeros años de la Iglesia , para canonizar, él solo, más que todos los papas juntos de los últimos mil años. ¡Ahora sí que los católicos podemos competir con los mormones acerca de sus “santos de los últimos días”!

Claro, los candidatos a subir a los altares debían ser o polacos, o mártires de derechas, o apoyados por agrupaciones que pagaran por la beatificación de “santos” de derecha. Los estándares de la santidad católica bajaron, con Juan Pablo II, hasta límites tan modestos que estuvo a punto de canonizar en vida a “santos” de su devoción y de gran aceptación de la burguesía que lo convirtió en su Papa prototipo. Aclaro que a mí, personalmente, me encantó la canonización de José María Escribá de Balaguer; si él puede ser santo, yo tengo algún chance; si sólo canonizan Franciscos de Asís, estoy liado.

Empeñado en vivir lo suficiente como para introducir la Iglesia en el siglo XXI, acabó conduciéndola, a la fuerza, al siglo XIX. Si el beato Juan XXIII consiguió, en cuatro años, hacer avanzar a la Iglesia hasta el siglo XX, Juan Pablo tuvo cinco veces más tiempo para reconducirla, a paso de cangrejo, al primer cuarto del siglo XIX. A la muerte de Juan Pablo II, la Iglesia volvió a la época en que, apenas vencido Napoleón Bonaparte, ella, la Iglesia , se convirtió en el régimen más reaccionario de todo Occidente. Y, como los reyes franceses reinstalados, los Borbones, la “madre Iglesia” “ni aprende nada, ni olvida nada”. Juan Pablo II convirtió a la Iglesia Católica en una especie de máquina del tiempo: usted entra en ella e inmediatamente se siente trasladado a 1940 a o 1840, usted decide.

Autócrata absoluto. Si Juan XXIII fue conocido como el Papa “Bueno” (lo que ya es un indicio de cómo percibe el pueblo a todos los demás papas de sus alrededores), Juan Pablo podría muy bien llegar a ser conocido por la historia de la Iglesia (¡dejen que comiencen a hablar los más de 150 teólogos a los que Juan Pablo puso bozal!) como “el Papa Zar”.

Con las peores características de los dictadores del siglo XX: el culto a la personalidad, la incriticabilidad total, el apego perpetuo al poder más absoluto, la fe en su propia y única indispensabilidad para el pueblo, el autoconvencimiento en su providencialidad por parte de Dios. Juan Pablo estaba convencido de que con él, el Reino de Dios había pasado a ser regencia y de que él era el único regente. Nunca entendió cómo habrá hecho Dios para sobrevivir, durante la eternidad, en que no hubo Papas, obispos, sacerdotes, o polacos.

Si Luis XIV, prototipo de reyes absolutos, pudo pensar alguna vez en la frase que se le atribuye “el Estado soy yo”, Juan Pablo funcionó como si creyera, sinceramente, en que “ la Iglesia soy yo”. Sin bromas de ninguna clase, Juan Pablo ha hecho imposible a nadie ser “más papista que el Papa” (bueno, esperemos el final de Benedicto su clon y sucesor autodesignado).

No sé si yo creo en que es el Espíritu Santo el que escoge a los Papas, pero que Juan Pablo no lo creía es absolutamente evidente. Basta observar las medidas que tomó para garantizar que su sucesor fuera exactamente de su línea y fanatismo. Por eso los masivos nombramientos de cardenales (casi sin excepción, los obispos más conservadores de la Iglesia ); por eso los cambios en las fórmulas de elección que él introdujo.

Lo único que le faltó fue renunciar a su cargo (como debía haber hecho a los 75 años, puesto que su título para ser Papa es ser obispo de Roma) y quedarse vigilando la elección de su clon y, tal eventualidad, no podía ser descartada, dado lo que vimos de manejos típicamente vaticanos.

De la fe en un magisterio infalible, a la fe en una persona infalible. Lo que se definió en el Concilio Vaticano I (ver Sesión IV, cap 4. Del magisterio infalible del Romano Pontífice) fue la infalibilidad del magisterio, no la de la persona. Con Juan Pablo II se ha impuesto a la Iglesia una especie de “instant revelation” por la que ya no sólo el magisterio ex cátedra del Papa es infalible, sino toda palabra que sale de su boca; como si el infalible fuera Karol Wojtyla cada vez que hablaba, y fuera de lo que fuera de lo que hablaba, y no el primado de la Iglesia cuando habla ex cátedra. Justamente él, Karol Wojtyla, por su modo de proceder y hablar habitualmente, es la prueba más patente de que el Papa no es infalible en su magisterio ordinario, por muy respetable que tal magisterio sea.

Ningún problema con torturadores, explotadores o asesinos, aunque lo fueran de obispos. De esto sabemos muy bien los que seguimos sus viajes por Argentina, por Chile, por El Salvador, por Estados Unidos o por Guatemala. De esto sabemos muy bien los que vimos sus fotografías junto a un montón de monstruos en el transcurso de sus más de veinticinco años de audiencias. ¡Claro, ninguno de ellos discutía acerca de la transubstanciación o transignificación, o de la virginidad perpetua de María, del celibato obligatorio para el clero latino, del control de la natalidad, o del posible sacerdocio de la mujer. ¿Qué diría Jesucristo de un Papa para el cual era peor ser mujer que ser asesino de pueblos enteros o cómplice de esos asesinos? Me imagino a Jesucristo retratándose junto a Pilatos, junto a Caifás, o junto a Herodes, ¿se lo imagina usted?

Juan Pablo llenó la Iglesia de obispos en vez de llenarla de pastores; llenó la Iglesia de obispos en vez de llenarla de líderes evangélicos; llenó la Iglesia de asistencialismo en vez de llenarla de solidaridad y compromiso; llenó la Iglesia de “institución y estructura” en vez de llenarla de fe; llenó la Iglesia de ritos en vez de llenarla de testimonio. Obsesionado por su ortodoxia no le dio tiempo para preocuparse de verdad por la fe como actitud fundamental y consecuente; obsesionado por la estructura y la ley (y hasta por la represión hacia dentro de la Iglesia ) apenas pudo preocuparse de verdad por el Espíritu (aunque se preocupó mucho por los disimulados espiritistas), por el amor, el riesgo, la libertad.

Todos los dogmas fueron vueltos por Juan Pablo, en nombre de la letra, contra el espíritu. En nombre del orden, la jerarquía juanpaulina ha sido vuelta contra la libertad. En nombre del magisterio, la enseñanza fue puesta de espaldas al Evangelio. En nombre de la Ley , la Iglesia ha sido “posicionada” contra el amor y la misericordia. En nombre de la evangelización Juan Pablo lo volvió todo “catecismo” y “derecho canónico”. Dio la impresión de que quería que, en la Iglesia , el Espíritu fuera la letra. Durante 25 años este hombre, en nombre del Espíritu, en nombre del amor, se dedicó a añadir letra a letra, ley a la Ley.

Obligó a la Iglesia a proceder como si ésta se hubiera divorciado de su esposo, Cristo, y se hubiera casado con él. Como si Cristo la quisiera como esclava pero no como señora y esposa. Nombraba los obispos que quería porque a lo mejor podrían cumplir las funciones de un pastor, pero sobre todo porque iban a ser absolutamente obsecuentes hacia su persona y dóciles a una curia vaticana omnipotente que no tiene nada que ver con el Evangelio. Si les preguntaba su opinión sobre algo, ellos respondían, de eso él podía estar seguro, para eso había nombrado a ésos, lo que él quería oír. Su papado acabó siendo lo que los papas Píos de los cien años anteriores habían sido: una dictadura del espíritu que usaba de pretexto a Jesús de Nazaret.

Cuando la melodía es floja, se disimula dándole duro a los tambores. La mayoría de los documentos de su papado padecieron de esa solución. Incluso tiene un encíclica que da la impresión de haber declarado la Carta a los Gálatas, caduca y sin valor. A veces ha dado la impresión clara de que el pastor gritaba no para advertir al rebaño acerca de algún lobo, sino sólo para mantenernos a distancia (¿se acuerdan del mago de Oz?). Ha dado la impresión de que tenía miedo de que nos acercáramos y descubriéramos que, por lo menos en esas declaraciones, como el rey del cuento, el pastor estaba desnudo.

Exigió y pidió cuentas acerca de la responsabilidad moral personal, pero no nos permitía usarla ni parecía creer en ella de verdad. Por eso multiplicó infinitamente sus pronunciamientos y normas, y favoreció siempre el valor de la ley, mirándonos siempre como a menores de edad a quienes él tenía que meter en cintura. Habló de la integridad o totalidad integral de la persona, pero desconfiaba radicalmente del cuerpo, de sus tendencias e impulsos, como si no estuviera seguro nunca de que de verdad había sido hecho por Dios mismo.

Hizo constantes llamamientos a la conciencia, pero ni respetaba ni creía en las decisiones de la conciencia adulta de sus feligreses. No cesaba de hablar de amor, pero daba prioridad indiscutible al sometimiento y a la ley. Fue exigentísimo, colando y cerniendo cada frase de los teólogos y expertos, acerca de que no hubiera ningún magisterio paralelo al de los obispos y del Papa, pero fue flexibilísimo con un montón de histéricos que se pasaron la vida transmitiendo mensajes y revelaciones (de espíritu y letra antievangélica) supuestamente comunicados en supuestas apariciones de la Virgen o de los santos de la Iglesia. Nada digamos de su condescendencia ridícula con cuestiones como las revelaciones de Fátima.

El Papa de la burguesía, con toda la popularidad y el discreto encanto que la define. Papa “showman”, que sabía manipular como nadie los medios de comunicación en función del culto a su personalidad; un Papa que se colocó conscientemente a la altura y competencia de los ídolos populacheros de la televisión internacional o del Internet. Papa que cantaba, grababa y vendía discos compactos, que hacía presentaciones masivas superprogramadas y giras de promoción personal, que hacía presentaciones exclusivas a grupos especiales y elitistas (México), que se ganaba discos de platino vendiendo su voz y sus oraciones.

Mucho dolor de los pecados, pero ningún propósito de enmienda. ¿Hay algo en la historia de la Iglesia de lo que Juan Pablo no haya pedido perdón? A excepción de quemarlos vivos, ¿hay algo que, bajo sus órdenes directas, los cancerberos vaticanos, no hayan llevado a cabo contra los que, dentro de la Iglesia y al servicio del pueblo de Dios, se hayan atrevido a pensar distinto (¿ya no digamos “en contra”!) a él. Peor todavía, si no sólo lo pensaron, sino que lo escribieron; peor todavía si no sólo lo escribieron, sino que lo publicaron y firmaron.

Juan Pablo es el padre indiscutible de una neoinquisición que, por lo menos en un punto, es peor que la del medievo. La inquisición medieval pretendía convencer a los que pensaban distinto; la neoinquisición juanpaulina y ratzingueriana pretende simplemente callarlos. La CIA norteamericana aprendió mucho, en este punto, de la santa madre Iglesia de los últimos 25 años; no importa intrigar, complotar, jugar sucio, destruir a alguien, zancadillear a todo un pueblo…..ya le pediremos perdón dentro de 25 o cien años (ver caso Galileo Galilei, o Charles Darwin).

La Santa Madre Iglesia es la única madre que jamás perdona un hijo (le restriega de por vida lo que considera su “equivocación”, se la mete en el ataúd, y la hace constar en todas sus publicaciones durante los próximos 400 años); la Santa Madre Iglesia es el único juez que condena a un acusado sin haberlo oído y sin decirle quiénes o quién lo acusa; pero nada de esto importa, ¡ya habrá un Juan Pablo II que, 150 años después, les pida perdón …¡o hasta los canonice! (ver caso de Rosmini o el de Mary Ward). ¿Qué, seguimos, o ya basta? Este es el “santo” que Benedicto, que tanto tiene que agradecerle, sobre todo sus 23 años de complicidad, tiene tanta prisa en beatificar.

17.05.2010

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