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Iglesia y democracia -- P.Gregorio Iriarte o.m.i.

Publicado en

Amerindia

La democracia política no es un sistema ajeno a los valores evangélicos, muy al contrario, encontramos en el mensaje y en las prácticas de Jesús los elementos fundamentales de un verdadero espíritu democrático.
Las democracias modernas se basan, más allá de la división de poderes, en los tres principios clásicos de libertad, igualdad y fraternidad.

La libertad: San Pablo nos dice “para que seamos libres Cristo nos liberó” (Gal,5,1). Jesús siempre respeta la libertad de las personas. Su seguimiento nos lo propone como una gran opción personal, nunca como una obligación.
La igualdad:. Jesús le pide a sus discípulos: “No se hagan llamar “señor” o” maestro”, pues uno solo es el maestro de todos ustedes”. ( Mt.23,8). Después del lavatorio de los pies, en la Última Cena, les recomienda: “Les he dado el ejemplo para que ustedes (hagan con los demás) lo que yo he hecho con ustedes ( Jn 13, 15)

La fraternidad: Para Jesús todas las personas son hermanos y hermanas, hijos todos de un mismo Padre-maternal (“Abbá) “ que hace brillar el sol sobre buenos y malos y hacer caer la lluvia sobre justos y pecadores” (Mt.5, 45.)
Todo el mensaje evangélico respira un espíritu democrático de lo más profundo y genuino. Las funciones dentro de la comunidad son entendidas como servicio. La palabra original era “diakonía”.

Esta idea de entender los ministerios de la Iglesia como diaconía, es decir, como servicio, está muy presente en la enseñanza de Jesús.
Él les advierte , por ejemplo, a sus discípulos : “que los poderosos de este mundo oprimen a sus pueblos…pero entre Uds. no debe ser así, sino, al contrario, el que quiera ser el más importante entre Uds. que se haga el servidor de todos y el que quiera ser el primero, que se haga el siervo de todos” (Mc. 10, 42-45).

Sin embargo, aunque la democracia moderna es una categoría política aceptada, sin embargo, Jesús no está de acuerdo con la búsqueda del poder que es la característica más visible y más cuestionada de nuestros regímenes políticos. Para Jesús, la autoridad debe ser concebida siempre como servicio desinteresado. Los valores esenciales de la verdadera democracia no están en la búsqueda del poder, sino en el servicio al pueblo.

Jesús en la Última Cena, inmediatamente después de haber instituido el Sacramento de la Eucaristía y del sacerdocio, toma una toalla y un recipiente con agua, se pone de rodillas ante sus discípulos y les lava los pies, en un acto de profunda humildad ya que eso era una función propia de los sirvientes.

Jesús, dice el evangelio de Juan … “Se levantó, mientras cenaba, se quitó el manto, se ató una toalla a la cintura y echó agua en un recipiente. Luego se puso a lavarles los pies a sus discípulos y se los secaba con la toalla….y de dijo: .¿Entienden lo que he hecho con ustedes.? Ustedes me llaman : el Señor y el Maestro y dicen la verdad, pues lo soy. Si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado un ejemplo, para que ustedes hagan lo que yo hice con ustedes. (Jn. 13,4-16).

Dice el Papa Juan XXIII en la encíclica “Pacem in Terris”:
“Del hecho de que la autoridad proviene de Dios no debe deducirse que los hombre no tengan derecho a elegir a sus gobernantes y establecer la forma de gobierno y determinar los procedimientos y los límites en el ejercicio de la autoridad. De aquí que la doctrina que acabamos de exponer pueda conciliarse con cualquier clase de régimen auténticamente democrático.” (P.T. N.52)

Lo lamentable es que mientras la organización política fue evolucionando en la mayoría de nuestros países hacia formas más democráticas, la institución eclesial siguió con el convencimiento de que la autoridad en la Iglesia viene directamente de Dios y, por lo tanto, está encima de cualquier poder y aún de la propia comunidad eclesial.
Sin embargo, el Concilio Vaticano II en la “Lumen Gentium” nos dice que el carácter primero y principal en el misterio de la Iglesia es el “pueblo de Dios”. Solo después, y dentro ya de esa base, pasa a analizar la constitución jerárquica de la Iglesia. Es, ante todo, una “Iglesia de comunión”, donde todos los ministerios están orientados hacia el servicio del pueblo y hacia la realización de su misión salvadora en el mundo.

Las críticas que algunos teólogos y muchas otras personas hacen a la Iglesia al verla tan jerarquizada y tan poco democrática nacen de un deseo sincero de querer que aparezcan en ella unos legítimos avances de tal modo que la hagan más aceptada por la sociedad actual.
Los auténticos valores democráticos están presentes en el espíritu y la letra del Evangelio. En la medida en que la Iglesia vaya asumiendo esos valores, se irá acercando a la mentalidad y a los valores del mundo actual.

Por otro lado, todos los cristianos/as tienen el derecho y la obligación de expresar su palabra en la Iglesia, así como sus críticas y sus sugerencias, superando una cómoda pasividad para manifestar su fe que es lo que predomina.
Se ve como urgente y necesario que se vayan superando en nuestra Iglesia esas actitudes y formas de organización verticalistas para dar paso a los valores de una auténtica colegialidad.

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