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Humanismo frente a clericalismo en la pandemia -- Pepe Mallo

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Aquí y ahora se ha cumplido la parábola del Samaritano
En estos días amargos en los que venimos sufriendo una horrorosa pandemia con sus inevitables y dolorosas consecuencias personales, sanitarias y sociales, se ha puesto en evidencia el dicho popular “A Dios rogando y con el mazo dando”. Hay quienes han recurrido preferentemente a los ritos, tradiciones y valores religiosos, y quienes han optado radicalmente por el altruismo, la solidaridad y los valores humanos. Contraste entre el clericalismo y el humanismo.

A Dios rogando. La religión es el bálsamo al que recurren en primera instancia miles de millones de personas que afrontan una pandemia. Ya en la antigüedad las plagas y desgracias eran consideradas como castigo divino. Incluso al día de hoy hay quien así lo cree todavía; algunos altos jerarcas lo ha afirmado públicamente. Ante el fantasma de calamidades y pestes, el recurso a los sentimientos religiosos y a las prácticas de devoción popular constituían la herramienta más a mano para combatir la angustiosa situación. Era necesario acentuar la impotencia humana para acrecentar la fe en la omnipotencia divina.

La actual pandemia ha evidenciado que la institución eclesial sigue atrapada en rancios lenguajes, esquemas y talantes anacrónicos. Diversos medios informativos y varios columnistas se han preguntado dónde estaba la Iglesia, señalándola como “el colectivo más invisible” en esta crisis. Cuando la sociedad civil bregaba afanosamente por atajar los contagios, el clericalismo exhortaba insistentemente a implorar de Dios el fin de esta desgracia. Hemos asistido a llamativos espectáculos de obispos y sacerdotes encaramados a tejados y azoteas y recorriendo calles y plazas con la custodia, rogando al Altísimo que proteja al pueblo fiel de contagios y muertes. Escenificaciones rayanas en el fetichismo y en la magia que más que suscitar devoción provocaban hilaridad por grotescos. La devoción al Santísimo se frivoliza y empobrece cuando se manipula para ritos más cercanos a la superstición que a la fe.

Han sido noticia curas y obispos que, desafiando las normas civiles, han celebrado misas con presencia de fieles, algunos con salvoconducto del jerarca, en contra de la normativa gubernamental de quedarse en casa y de las disposiciones del Papa y de la CEE de cerrar los templos. Siniestra paradoja. Trataban de alimentar confortablemente su alma mientras ponían irresponsablemente en grave riesgo su cuerpo y el de los demás. Han sido noticia ciertos (que no certeros) denuestos de obispos reprobando acciones legales de las autoridades con frases hermanadas con la falacia: “Se nos ha querido quitar la libertad de proclamar y celebrar el Evangelio y la Resurrección”. «Se ha suspendido un derecho fundamental, la libertad de culto», haciendo dúo con los creyentes ultramontanos: “Hoy no las queman (las iglesias), las vacían». Les importa más la “higiene” del alma que la salud del cuerpo.

El respaldo a las prácticas religiosas ha adquirido en estos días un carácter preferente. Es cierto que la coincidencia del confinamiento con la Semana Santa ha suscitado un incremento de la religiosidad emotiva y de fervorosas nostalgias. Han abundado las transmisiones de misas por televisión y por las redes sociales. Transmisiones que han puesto en duda la validez sacramental de la “eucaristía virtual” al prescindir de la presencia y participación de la comunidad. Transmisiones que conllevan el riesgo de transformar la misa en espectáculo y a los “televidentes” en pasivos espectadores. Transmisiones que convierten al creyente devoto en consumista de ritos, incapaz de vivir la fe sin la dependencia del clero. Misas solitarias y desangeladas que revelan ostensiblemente un clericalismo autocrático. Como dato testimonial, informo que en la parroquia de mi demarcación se siguen transmitiendo “diariamente” las misas a través de las redes sociales.

En contraste, es de justicia dar el parabién a blogueros y comentaristas que nos han ayudado, con apropiadas sugerencias litúrgicas, a vivir la “eucaristía confinada” en casa, celebrando y afianzando la fe en familia, iglesia doméstica, como en los primeros tiempos que “compartían el pan en las casas con alegría y sencillez”. (Hech. 2,46). Cuando no existían ni templos ni sacerdotes, por supuesto.

No quiero, ni debo, pasar por alto la labor altruista y solidaria de obispados, parroquias, congregaciones, instituciones y movimientos sociales que, desde una perspectiva humanitaria, han desarrollado acciones de tipo espiritual, caritativa y asistencial. Sin embargo, no se ha observado una “postura oficial de la Iglesia”, como han advertido otros comentaristas con más autoridad que yo. Sí quiero aclarar, saliendo al paso de posibles réplicas, que ni Caritas ni Manos Unidas son la Iglesia. Se trata de ONGs o asociaciones vinculadas a la Iglesia, pero no constituyen “la Iglesia oficial”, si bien es enormemente encomiable su misión humanitaria.

Con el mazo dando. En situaciones extremas, el ser humano puede ser impredecible. Y esto es, precisamente, lo que ha ocurrido estos días en nuestro país. En expresión de Leonardo Boff: «El coronavirus despierta en nosotros lo humano». Efectivamente, esta pandemia ha puesto a prueba a la humanidad y sus valores solidarios. Impresionante es el testimonio de civismo y abnegación de numerosas personas, creyentes y no creyentes, sin banderas ideológicas ni salvoconductos eclesiales, que han arriesgado sus vidas para arrimar el hombro y asistir, auxiliar y ayudar a remediar toda clase de necesidades. No solo el personal sanitario; también bomberos, transportistas, cuidadores en residencias de mayores, servicios de limpieza en las calles y un largo etcétera. Para todos ellas y ellos surgió el merecido homenaje ciudadano del aplauso a las ocho de la tarde, como un sonoro “gracias” por su labor altruista y desinteresada.

Aquí y ahora se ha cumplido la parábola del Samaritano. El clero (sacerdote y levita) se refugian y se escudan en lo suyo, el templo, el clericalismo. El samaritano opta por el humanismo, se detiene ante el hombre necesitado, le cura y le socorre sin planteamientos ni intereses religiosos. Necesitamos una Iglesia samaritana, servidora de los más menesterosos y de los menos servidos de este mundo. No una Iglesia ritualista ni donante de misas. Una Iglesia definida por un humanismo radical y su dimensión transcendente. Jesús de Nazaret es un ejemplo. Con su estilo de vida encarna el humanismo de Dios. Enfrentándose al clericalismo de la época, se puso al lado de los excluidos y proclamó la dignidad de todo ser humano. Porque, en realidad, lo sustancial no es la creencia; es la persona. Dios no puede ser la alternativa del hombre, ni el hombre la alternativa de Dios.

A pesar de las apocalípticas declaraciones episcopales, Dios no se ha arrepentido de haber creado al ser humano (Gen. 6,6) ni ha enviado un devastador diluvio de coronavirus para hacerlo desaparecer de la faz de la tierra. Esta pandemia no demanda espectáculos rituales; reclama recursos y remedios humanos.

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