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Funerales y rituales para despedirnos de los que amamos -- Merche Más

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Viviendo en medio de un proceso de secularización de la sociedad es fácil darnos cuenta de la percepción negativa que tenemos de los rituales. Como si éstos fueran un contenedor rígido y sin espíritu de una vida y de una fe que le cuesta expresar con vitalidad y emoción. Estamos hartos de rituales donde nadie vibra ni se emociona, donde no es fácil reconocer al Espíritu. Y el caso es que somos ignorantes respecto a la utilidad social y psicológica de los rituales.

Los rituales encauzan y expresan profundas emociones interiores de las personas. Hay aspectos de la vida que es bueno canalizar, celebrar, ritualizar, hacer fiesta. Si no lo hacemos, la vida se nos queda algo desnuda o vacía. En todas las culturas conocidas hay rituales. Inmersos en una cultura judeo-cristiana como estamos, los no-creyentes disponen de menos ocasiones rituales para celebrar la vida. La alternativa a los rituales religiosos parece ser sólo el NO-RITUAL. En la cultura secularizada no hay bautizo, ni primera comunión, ni confirmación. Con un matrimonio triste y rápido, sin Misa del Gallo, sin Pascua, sin Cuaresma ni Adviento, sin Pentecostés ni Eucaristía del domingo…al mundo laico le quedan los carnavales, alguna que otra manifestación política y el partido de fútbol (que sustituye a la misa en la obligatoriedad, casi mayor que ésta).

Si yo no fuera creyente, me inventaría una ceremonia con canciones y merienda para la presentación y acogida de mis hijas en familia; otra, con regalos y todo, para expresar que dejó atrás la infancia (¿presentación en sociedad?); celebraría la Fiesta de la Primavera-Vida y la del Solsticio de Invierno-Muerte; y el carnaval a tope para despedir el invierno; también los aniversarios, la superación de pruebas y de problemas familiares… y me inventaría una fiesta preciosa, al estilo del último de los “Sueños” de Kurosawa para despedir a quien muere y contener la angustia de quien queda con vida, en soledad . Para casarme organizaría una campaña “por una boda digna en los juzgados” con flores y órgano, que durara lo que debe durar para que valga la pena ponerse guapos. Todo ello para poder vibrar y emocionarse. Para vivir y compartir.

Pero como soy creyente, quiero redescubrir el tesoro escondido en nuestros rituales-sacramentos, y hacer de estos momentos claves en la vida del creyente y de la comunidad.

Lo que solemos hacer y lo que podemos hacer

Aunque nos parezca poco significativo nuestras sociedades utilizan recursos rituales cuando muere alguien querido: ver las fotos, hacer un funeral, vestirse de negro, los rezos del rosario, el entierro, las visitas al cementerio, distribuir sus bienes, etc. No todos estos gestos expresan claramente la confianza en la vida más allá de la muerte, pero ciertamente ayudan a contener la angustia y a cerrar una puerta. Una puerta que quienes huyen de guerras o catástrofes, los padres de desaparecidos, los exiliados, quienes no pueden enterrar a sus muertos… no consiguen cerrar. Y cuando no se cierra una herida, ésta sigue sangrando.

Los funerales religiosos son un momento muy útil para compartir con amigos, vecinos, familiares… el dolor, la esperanza, la amistad… Aun cuando estos sean “pobres” litúrgica y pastoralmente, suelen ser una forma de expresar la cercanía a la persona que pierde un querido, sin que ello le exija mucha creatividad o esfuerzo (es la ventaja de los rituales standard). Es más, suelen ser casi la única forma para muchos. La pena es que no consigamos hacer de los funerales un momento de fiesta y de agradecimiento. Es tal el peso del luto que no solemos encontrar modos para expresar la fe en la Resurrección.

Experiencia personal

Hace unos meses murió mi suegro y me “apropié” de la preparación del ritual religioso, ya que el resto de la familia estaba ocupada en asuntos burocráticos y familiares. Invitamos a amigos y parientes a una Oración de Resurrección. La oración es más elástica que el sacramento y permite introducir textos, esquemas con los que nos dirigimos a la persona que ha muerto, a Dios, a la comunidad o a la familia. Puse al lado del cirio pascual el Icono del Amigo y elegí algunos cantos contemplativos de Taizé para crear un clima meditativo y guíe la oración.

“Querido Vigilio: hoy hemos venido a rezar junto a ti, no por ti, sino contigo. Porque hoy no es un día de luto, sino de paz. No es un día de muerte, sino de resurrección. Hoy es el día en el que la fe nos recuerda que nuestro Dios, el Dios de Abraham, de Jacob, de Luther King, de Oscar Romero, de Teresa de Calcuta… es el Dios que ha vencido a la muerte. Hoy, junto a ti, nos confirmamos en la certeza de que el “Amor es más fuerte que la muerte, y que nada nos podrá separar. Este ha sido el verdadero regalo de Jesús: saber que la vida no acaba aquí, y que un día nos encontraremos en un abrazo eterno. Y tú, hoy, en tu encuentro cara a cara con Dios llevas un cesto lleno de dones. Has vivido la vida, has trabajado con pasión, has amado a tu familia, la cultura, la creatividad,… Puedes decir al Señor: heme aquí con mis talentos, qué te parecen, han dado fruto? Nosotros estamos seguros de que sì. Cuidate, Vigilio. Hasta pronto.”

La muerte de una persona es la ocasión para hacer un poco balance de nuestra vida, para cuando nos toque a nosotros dar cuenta de lo que hemos vivido. Algunos textos nos ayudan a ello:

“Al final de tu vida Dios no te preguntará qué modelo de auto usabas; te preguntará a cuánta gente llevaste.Dios no te preguntará los metros cuadrados de tu casa sino a cuánta gente recibiste en ella. Dios no te preguntará la marca de la ropa en tu armario sino a cuántos ayudaste a vestirse. Dios no te preguntará cuanto era tu sueldo, te preguntará si vendiste tu conciencia para obtenerlo. Dios no te preguntará cuál era tu título; te preguntará si hiciste tu trabajo con lo mejor de tu capacidad. Dios no te preguntará en qué vecindario vivías; te preguntará si conocías a tus vecinos. Al final de tu vida Dios te abrazará y te llevara con amor a tu casa en el Cielo”.

No es fácil participar activamente en una oración, acostumbrados a la rigidez de los sacramentos. Las letanías de los “santos inocentes” son muy útiles para que cada uno pueda traer a la oración su propia vida, sus seres queridos que murieron, hacer presentes abuelos, tíos, amigos, hermanos, hijos… Así decimos: Abuela Angelina:… y todos respondemos “ruega por nosotros”. He visto a más de uno emocionarse nombrando a sus “ángeles”, a sus “santos”, como quienes nos acompañan y guían, desde el más allá.

Y para concluir, ponemos en boca de Dios las palabras llenas de ternura del salmista. Mucha gente viene por primera vez a la iglesia para un funeral. Es bueno que el rostro misericordioso de Dios sea revelado.

“Dice el Señor: Vigilio, no temas pues yo estoy contigo. No te inquietes, porque yo soy tu Dios. No te asustes, pues yo te he rescatado y te llamo por tu nombre y tú eres mía.
Cuando cruces las aguas profundas, yo estaré contigo y la corriente no te ahogará.
¿Acaso puede una madre olvidarse de su criatura? pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré jamás. Mira, Vigilio: te llevo tatuado en las palmas de mis manos,
así sabrás que yo soy tu Señor y no defraudo a quienes esperan en mí.
Cuca, descansa en paz, descansa en mi”.

La muerte en nuestra vida

En la clase de mi hija murió la maestra en circunstancias muy difíciles de comprender para los alumnos. Durante semanas la clase vivió con desasosiego la turbulencia del hecho. Una gran impotencia unida a la tendencia de nuestra sociedad a no hablar del tema no ayudaba a elaborar el luto. Una niña propuso a los otros maestros escribir una carta a la maestra que murió, diciéndole todo lo que se les había quedado dentro. Así hicieron: cada uno escribió su carta personal y secreta, con las preguntas que le atormentaban, con los deseos y afectos que habrían querido expresarle en vida y no habían podido. Cada una de las cartas fue atada a un globo de gas, y mandado al aire. La clase mostró haber apreciado el ritual, que cerraba una etapa y abría nuevas posibilidades. Empezaron a poder hablar sin angustia de los recuerdos que tenían de esa persona. Hicieron un collage con fotos y lo pegaron en la clase, como señal de la presencia más allá de la muerte, y para facilitar una transición en las emociones, demasiado fuertes de contener.

Para casi todas las personas la muerte es una herida que tarda en cerrarse, pero además como en nuestra cultura no está bien visto hablar de la muerte, la herida sangra en silencio, escondida y sin paz. Es importante aprender a hablar de la muerte cuando esta se presenta, sin huir, sin pudor. Pero tal vez nos sirvan algunos instrumentos para poder hacerlo sin miedo, para prepararnos a la muerte o para celebrar posteriormente la separación del ser querido. Algunos de estas ideas pueden servir para introducir a nuestros hijos o alumnos en el tema.

El fuego: escribir mensajes al ser querido es siempre útil, en ellos expresamos el temor, la angustia, la esperanza, el agradecimiento, la rabia… Pero no conviene que nos quedemos con estos sentimientos. Poder hacer una hoguera donde éstos sean purificados, donde el humo les haga llegar hasta dimensiones imaginarias, puede ayudar tanto a los niños como a los adultos.

El dibujar: el dibujo es también un buen canal expresivo, que recoge visiones alegóricas, emociones, personas implicadas, relaciones, sueños… Hacer un dibujo personal o colectivo puede ayudar a hablar de nuestros sentimientos sin tener que hablar.

El álbum: el mismo sentido puede tener hacer un álbum fotográfico-collage, con textos, con frases que recordamos del difunto, con objetos y fotos. Durante la realización se darán muchas ocasiones para hablar de lo que se está viviendo y sintiendo.
La visita: Solemos implicar a los niños cuando nace la vida, y vamos a visitar a la vecina, prima o maestra. En cambio cuando aparece la muerte parece que la noticia debe ser ocultada, tal vez con la equivocada intención de protegerles (y protegernos) del dolor. Lo que evitamos, lo que nos perdemos con ello, es la posibilidad de conectar con las emociones más profundas. Ir a visitar a quien ha tenido un luto es una ocasión para crear lazos, para conocernos mejor, para quitarnos la máscara que a menudo nos impide pedir ayuda, y bajar a los infiernos los unos de los otros, para subir un poco más resucitados.

Los rituales que ayudan a elaborar el luto tienen dos aspectos fundamentales: el de despedir al ser querido, el de de contener la angustia de quien queda con vida, en soledad. Para los creyentes además sirven para recordarnos que la vida no acaba en la tierra sino que el ser querido se une a los demás para preparar una fiesta que no tendrá fin.

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