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FE DESDE LA FRONTERA (O PERTENENCIA ECLESIAL DESDE LOS MÁRGENES). Juan José Tamayo

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Juan José Tamayo3.jpgUno no elige, generalmente, vivir en frontera. Son las circunstancias las que nos ponen colocan en esa tesitura. Suele suceder en el terreno político, en regimenes dictatoriales. Cuando una persona se exilia y abandona su país, no suele hacerlo por gusto o por deseo de buscar aventuras, sino obligado por las restricciones impuestas a la libertad e incluso por el peligro a perder la vida.

También en las sociedades democráticas, son las situaciones de corrupción generalizadas, la injusticia estructural, los límites impuestos al ejercicio de las libertades y a la práctica de los derechos humanos, las promesas incumplidas, las que llevan a situarnos en la frontera del sistema. Y ello como expresión de solidaridad y sintonía con quienes son excluidos del sistema, desde la conciencia de una ciudadanía no excluyente.

El funcionamiento rígido de no pocas instituciones de las sociedades democráticas, como partidos, sindicatos, asociaciones profesionales, conduce también no pocas veces a vivir en frontera, en el límite, con sentido crítico, ejerciendo la protesta y la denuncia contra los abusos antidemocráticos en organizaciones supuestamente democráticas y cuestionando las perversiones que se producen en el terreno ideológico, en las mismas estructuras, en el funcionamiento y en la organización con frecuencia autoritaria. Quienes permanecen acríticamente dentro de las instituciones y se adaptan al sistema no crean problemas a quienes controlan el poder y lo ejercen abusivamente.

Los críticos son arrojados a los márgenes, con el veto para asumir puestos de responsabilidad. La frontera es el lugar de paso, la “patria de los viajeros”, de los viandantes, de los peregrinos, que llegan en son de paz, con voluntad de convivencia y en actitud de diálogo. Es el espacio donde hay que acoger a los que llegan, sin preguntarles de dónde vienen y a dónde van: refugiados políticos, emigrantes, trabajadores, mujeres desplazadas. Es el lugar donde ejercer la solidaridad. Viviendo en la frontera, estamos en condiciones para la apertura a la universalidad, para practicar el cosmopolitismo, para el reconocimiento de la alteridad, para la acogida del prójimo, para la práctica de la hospitalidad sin discriminaciones ni exclusiones.

La frontera, los márgenes, son el lugar más creativo, más consciente, la forma de expresar la disconformidad con el sistema. Vayamos al cristianismo en sus orígenes. Jesús de Nazaret nació en la frontera, Galilea. Es ahí, en tierra de gentiles y de movimientos revolucionarios contra el Imperio, no en Jerusalén –tampoco en Roma- donde nace el cristianismo como experiencia de la mesa compartida, de la comensalía superadora de las jerarquías. Vivió siempre en los márgenes de la sociedad, en solidaridad con los marginados y excluidos. Se movió en los límites de la religión, compartiendo mesa con los empobrecidos y desarrapados.

Fue un transgresor de la ley en solidaridad con los pecadores. ¿Qué pasa en el cristianismo histórico, en las iglesias? En su libro The Church in the Round la teóloga Letty Russell define la Iglesia como una comunidad de fe y de lucha, solidaria con todos los que están en los márgenes de la sociedad y de la Iglesia. Me parece una definición muy certera, en sintonía con su fundador, Jesús de Nazaret, y en el proseguimiento de su causa, la liberación de los oprimidos. El cristianismo en la frontera no es un fenómeno que haya surgido en nuestro tiempo.
En la historia del cristianismo siempre hubo grupos de creyentes que vivieron su fe en la frontera, fuera de los marcos oficiales y en conflicto con la institución eclesiástica.

Las historias de la Iglesia ofrecen numerosos ejemplos, en los que ahora no puedo detenerme: anacoretas, monjes, mendicantes, beguinas, movimientos laicos, iglesia de los pobres, reformadores, profetas, mártires, místicas y místicos, teólogos doctrinalmente heterodoxos y críticos del sistema eclesiástico y político, etc. Sin embargo, la ubicación en la frontera no les llevaba a abandonar la Iglesia ni a sentirse incómodos dentro de ella. Todo lo contrario.. Era otra forma de vivir la fe, ciertamente más afín al movimiento igualitario y marginal que se agrupó en torno a Jesús de Nazaret.

Viviendo en los márgenes los movimientos cristianos alternativos denunciaban las alianzas entre el trono y el altar, asumían la pobreza como estilo de vida y se hacían portadores del grito de los pobres por una vida digna. Hoy existe también un cristianismo de frontera vivo y activo cada vez más numeroso. Cuanto más involuciona la institución eclesiástica, más creyentes y movimientos eclesiales son arrojados a los márgenes. En la medida en que se dogmatiza, se erige en “Absoluto” y se cierra sobre sí misma, más espacio hay para la disidencia, e incluso para la heterodoxia Tres son los grupos que mejor representan, a mi juicio, el cristianismo de frontera, la Iglesia en los márgenes: los movimientos cristianos de base, los colectivos de teólogos críticos, el movimiento feminista dentro de las iglesias.

Los movimientos cristianos de base se caracterizan por su sentido crítico de las instituciones religiosas, por el cuestionamiento del orden eclesiástico establecido, por el rechazo de la “razón de Estado” que impera en la organización. Se encuentran en los márgenes del poder. Su lugar social es el mundo de la marginación. Su opción radical son los excluidos, no los poderosos. Su alianza es con los movimientos que luchan contra la marginación. No son Iglesia paralela, ni clandestina – aunque a veces tengan que vivir en la clandestinidad-.

Es desde los márgenes como se sienten Iglesia, sin complejo de superioridad, pero tampoco de inferioridad. Los colectivos de teólogas y teólogos críticos no quieren ser correa de transmisión de la ideología oficial del magisterio eclesiástico, ni desean legitimar la actual organización de la Iglesia, jerárquico-piramidal y patriarcal. Ejercen, más bien, una función crítica de las desviaciones ideológicas y organizativas del sistema eclesiástico. Como los movimientos cristianos de base, se ubican en los lugares de marginación y de exclusión, donde viven más de dos terceras partes de la humanidad. Y convierten el lugar social en lugar epistemológico. Los pobres dan que pensar a los teólogos y a las teólogas, cambian sus esquemas mentales, modifican sus prioridades hermenéuticas.

Su teología ayuda a interpretar el mundo en clave de solidaridad y a transformarlo en clave de fraternidad-sororidad. Para ellos, la opción por los pobres es una verdad teológica, que tiene su base en el verdadero misterio de Dios, que es ser Dios de los pobres. Es una verdad teológica, que tiene su fundamento en Jesús de Nazaret, hombre libre, que realizó prácticas de liberación, por eso lo mataron y Dios lo resucitó haciendo triunfar la vida sobre la muerte y a la víctima sobre el verdugo. El movimiento feminista es otro de los ejemplos emblemáticos luminosos del cristianismo ubicado en los márgenes. Diría más: es el más luminoso y emancipador, porque se pone del lado de las grandes olvidadas –incluso por los teólogos- de la historia, las mujeres, silenciadas, invisibilizadas, “domesticadas”.

Se ubica dentro de los movimientos cristianos de liberación, ya que lucha contra todas las discriminaciones y esclavitudes a las que son sometidos los seres humanos, pero muy especialmente de la discriminación de género. Ofrece resistencia organizada al patriarcado y sus estrategias de dominación. Da voz a las mujeres doble y triplemente oprimidas,. Aporta razones contra la opresión de género y a favor de la igualdad (no clónica). La teología feminista ayuda a las mujeres a recuperar su subjetividad, negada con frecuencia por las iglesias, y las reconoce como sujetos morales, religiosos, teológicos, y como interlocutores en igualdad de condiciones que los varones.

Importante contribución de los movimientos feministas cristianos es la abolición de todos los dualismos. A la división entre público y privado, el feminismo responde afirmando que “lo personal es político”. Frente al dualismo entre cuerpo y espíritu, propone que “la sexualidad es espiritualidad”. A la oposición entre lo cotidiano y lo extraordinario, responde: “lo cotidiano es el lugar de la experiencia humana, de la vivencia cristiana y del quehacer teológico”.

(*) Juan José Tamayo es Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones. Universidad Carlos III de Madrid. Artículo publicado en el Nº 107 de Tiempo de Hablar-Tiempo de Actuar

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