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FAMILIA E IGLESIA. Juan de Dios Regordán Domínguez

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El papel de la familia está perdiendo influencia en la formación religiosa de los jóvenes. La mayoría de estos, si comparten sus inquietudes religiosas, lo hacen con sus amigos y compañeros. La comunicación entre padres e hijos en lo religioso disminuye en la medida que los hijos crecen. Prácticamente el tema religioso, como problema entre padres e hijos, queda aparcado. Los hijos de buenos cristianos no desertan por debilidad o infidelidad, sino porque no se les presenta a un Dios bondadosos, cercano y atrayente.

Los jóvenes de hoy, a diferencia de otras generaciones, si creen, creen por sí mismos, sin que nadie se lo imponga. Se va extendiendo un estilo de cristiano más libre, desde la base, sin esperar permiso oficial. Están gritando, con su comportamiento y sus silencios, que las cosas deberían ser de otra manera. Tal vez no sean desertores, sino pioneros de un nuevo resurgir, de la necesidad de reflexionar sobre los hechos, analizar las causas y descubrir libremente las pautas a seguir.

Los cristianos adultos comprometidos, aunque admitan que las cosas están cambiando, han de procurar acelerarlas con audacia y clarividencia porque la sangría de jóvenes no se detiene y sin ellos poco futuro quedará a la Sociedad y a la Iglesia. Urge una transformación desde la base para que la participación y corresponsabilidad sea efectiva dentro de la Comunidad de Creyentes. Desde el poder nunca llega el cambio, sino desde el Servicio. La religión es una realidad histórica, construida como libre respuesta humana a Dios que llama, desde lo hondo, al ser humano: “Mira que estoy a la puerta llamando: Si uno me oye y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20).

Para que los jóvenes encuentren y asuman su sitio y su papel en la Iglesia, las Comunidades de creyentes han de cuidar que la formación religiosa conecte con la realidad de la vida de los jóvenes. Hace falta que, además de una presentación clara y adecuada del mensaje, todas las celebraciones sean una fiesta participativa. Y la Comunidad Cristiana ha de celebrar la Eucaristía como una fiesta de verdadera relación con la vida: llevar la vida a la celebración y la celebración a la vida.

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