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Este artículo es fruto de un cabreo personal “eclesial” bien concreto (1ª parte) -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Ahora explico el título tan poco ortodoxo. Acabo de leer en Religión Digital (RD) cómo los cardenales, y ciertos obispos, y algunos presbíteros, y unos 450.000 laicos, han escrito una carta al Papa para que pare, o limite mucho, o rebaje hasta la ineficiencia, el que parece va a ser el orden del día del próximo Sínodo del mes de octubre sobre la familia. Pues bien, mi cabreo procede del tipo de argumentos, procedentes, -así lo pienso, y así lo digo-, o de la ignorancia, o del cinismo, o de las dos cosas a la vez.

Algo que podemos traducir, sin temor a engañarnos, al afán de poder de algunos eclesiásticos, o, por lo menos, por parte de los que ya están instalados en él, de no perderlo. Resumiré en unos pocos puntos, algo que sé es muy comprometido y muy peligroso, las bases fundamentales para su argumentación, que, pienso sinceramente, son totalmente equivocadas.

El derecho divino no es tan claro ni tan banal como nos lo presentan muchos en la Tradición del Magisterio. A mí ya me asustaba mucho cuando estudiando Teología leíamos en ciertos textos esta aseveración: esto es “iure divino”; (es decir, lo que venimos diciendo es de “derecho divino”). Pero como éramos jóvenes, y, por lo menos yo, no teníamos la mente libre y dispuesta a pensar sin prejuicios, o sin miedo a los anatemas, no me convencía la cosa, pero no expresaba abiertamente mi disconformidad con la frivolidad con la que pensadores sesudos apelaban con tanta facilidad y familiaridad a la justicia divina. Que, por otra parte, indicaba una familiaridad excesiva con Dios y con lo divino. En contra de claras y concretas aseveraciones de Jesús de que «solo conoce al Padre el que ha venido del Padre».

El derecho, o la justicia divina, en el sentido jurídico, -canónico- que algunos le dan todavía hoy, no existe. Se han olvidado muchos del magnífico tratado de Tomás de Aquino sobre la analogía, y no se preocupan de recordarlo cuando toman, alegremente, y con irresponsabilidad, conceptos de nuestro acerbo cultural, aplicados indiscriminadamente a la realidad divina. El pecado de muchos de los grandes teólogos de la Historia de la Iglesia, y, no digamos, de los actuales de estilo conservador, es que hacen su teología sin contar mucho, a veces, ni poco, con la Palabra de Dios.

Así no tienen en cuenta el texto emblemático de Isaías, 55, 7-9: “Que el malo deje sus caminos, y el criminal sus proyectos; vuélvanse a Yavé, que tendrá piedad de ellos, a nuestro Dios, que está siempre dispuesto a perdonar. Pues sus proyectos no son los míos, y mis caminos no son los vuestros, dice Yavé. Así, como el cielo está mucho más alto que la tierra, así también mis caminos se elevan por encima de vuestros caminos, y mis pensamientos por encima de ls vuestros”. (Como este texto hay cientos. ¿Son tan sabios nuestros cardenales que se atreven a corregir y desmentir a Dios, entrando en la enjundia de su pensamiento y sabiendo interpretar el contenido y el sentido de “su Justicia”?

(El actuar con Misericordia no es fruto del “buenismo” (ese palabro estúpido y cargado de malas intenciones), sino, en nuestro caso, de la imitación de lo que sale de las entrañas de nuestro Dios). Así, el papa Francisco no es un porteño ingenuo y populista, al estilo del peronismo, como ha sido acusado, sino un fiel discípulo de Jesús, verdadero Hijo del «Padre rico en Piedad y misericordia», y que «no vino al mundo para condenarlo sino para salvarlo».

El Matrimonio no es una institución de derecho divino. Esto podrá sorprender a algunos, sobre todo jerarcas, o pensadores pseudo-teólogos prepotentes. Pero quiero que todos recordemos una cosa: sobre pensamientos filosóficos, o sociológicos, o morales, o psicológicos, o jurídicos, por definición, no caben ni dogmas, ni ataduras didácticas del Magisterio, porque son materias de libre examen, estudio, investigación y opinión. Así como no es, ni puede ser, dogma de fe, la existencia o no de la ley natural. Los antropólogos, sin ningún ánimo anticlerical, han demostrado, que ésta, -la ley natural-, no existe, y aquel, -el matrimonio-, no es, de ninguna manera, una institución de iniciativa y derecho divino, sino fruto de la progresiva ordenación de los grupos sociales que el ser humano ha ido necesitando, y regulando, a través del avance de la Historia.

(Y como el tema es, a todas vistas, largo y complejo, lo seguiré los próximos días).

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