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ENTREVISTA A NOAM CHOMSKY SOBRE IRAK

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Rebelion

¿Qué motivos tiene Estados Unidos para quedarse en Irak?
Sobre los motivos, sólo puedo repetir lo que he escrito hace años. Un Irak soberano, parcialmente democrático, podría resultar un desastre para los planificadores estadounidenses. Con una mayoría chiíta, es probable que sigan mejorando las relaciones con Irán. Hay población chiíta al otro lado de la frontera, en Arabia Saudita, amargamente reprimida por la tiranía con el respaldo de Estados Unidos. Cualquier paso hacia la soberanía en Irak estimula el activismo allí pro derechos humanos y por cierto grado de autonomía, pero ocurre que en esa región es donde está la mayor cantidad de petróleo saudita.

La soberanía de Irak podría debilitar la alianza chiíta que controla la mayor parte de los recursos del mundo en hidrocarburos, independientemente de Estados Unidos, echando a pique el objetivo primario de su política exterior, desde que este país se convirtió en la potencia dominante después de la Guerra. Peor todavía: aunque Estados Unidos puede intimidar a Europa, no pueden hacer lo mismo con China, que alegremente sigue su propio camino, hasta en Arabia Saudita, la joya de la corona, lo cual es la razón por la que se considera a China como ingente amenaza.

Un bloque energético independiente en el Golfo puede aliarse con la Autoridad de Energía Eléctrica Asiática, con sede en China, y con el Consejo Cooperativo de Shanghai; con Rusia (con enormes recursos propios) como parte integral, lo mismo que con los estados centrales asiáticos (ya miembros), y posiblemente con la India. Irán ya está asociado con todos y también se conformaría un bloque chiíta dominante en los estados árabes. Todo eso podría convertirse en pesadilla para los planificadores estadounidenses y para sus aliados occidentales.
Resulta así que hay poderosísimas razones para que Estados Unidos e Inglaterra traten en todas las formas de mantener un control efectivo sobre Irak. E.U. no está construyendo un palacio para la embajada -con mucho el más grande del mundo y virtualmente una ciudad independiente dentro de Bagdad-, ni invirtiendo dinero en bases militares, con intención de entregarles Irak a los iraquíes. Todo eso está lejos de proyectos de que las cosas marchen en forma que las corporaciones estadounidenses se beneficien con las vastas riquezas de Irak.

Estos asuntos, aunque destacados, seguramente, en la agenda de los planificadores, no figuran en la que se discute. Son simples expectativas. Tales consideraciones violan la doctrina fundamental de que la autoridad estatal persigue nobles objetivos y de que aunque incurra en terribles errores, no puede tener motivaciones perversas, ni está sometida a la influencia de concentraciones domésticas de poder privado. Cualquier cuestionamiento de estas Divinas Verdades se ignora o se denuncia airadamente, por una buena razón: permitir que se discutan podría socavar la autoridad y el privilegio.

No sugiero, a propósito, que los comentaristas estén muy al tanto de esto. En nuestro medio, la élite intelectual está profundamente adoctrinada, algo que Orwell observó en su no publicada introducción a ‘Animal Farm’, sobre cómo opera la autocensura en sociedades libres. Buena parte de la razón para que esto ocurra, concluye Orwell plausiblemente, es una buena educación que inculca el principio de que hay ciertas cosas «que no deben decirse», o mejor, ni pensarse.

Desde la perspectiva de la élite, ¿qué sería una victoria contundente, un éxito modesto pero suficiente, y qué una derrota? Mejor aún: ¿qué tanto la democracia en Irak y en Estados Unidos, y el bienestar del pueblo en Irak y en Estados Unidos, como el de nuestros soldados, motivan la política de este país?

Victoria total sería el establecimiento de un estado sumiso. Un éxito modesto sería evitar un grado tal de soberanía que le permita a Irak seguir el curso bastante lógico descrito.

En cuanto a democracia, hasta los más sinceros y cultos abogados de la «promoción democrática,» reconocen que hay una «vigorosa tradición continuista» en los esfuerzos de Estados Unidos para promover la democracia, que se remonta hasta cuando usted quiera en el pasado, y que se prolonga hasta hoy: se apoya la democracia si, y sólo si, busca objetivos estratégicos y económicos, de suerte que todos los presidentes resultan «esquizofrénicos», curioso enigma (Thomas Carothers).

Es tan obvio que desconocerlo implica una impresionante disciplina. Es un rasgo notable de la cultura intelectual de Estados Unidos (y de Occidente) que toda mente bien adoctrinada puede simultáneamente prodigar alabanzas a nuestra impecable consagración a la democracia y demostrar al propio tiempo desprecio y odio absolutos hacia ella. Por ejemplo: apoyar el brutal castigo al pueblo que cometió el crimen de votar «equivocadamente» en una elección libre, como en Palestina ahora mismo, con pretextos que resultarían ridículos en una sociedad libre.

En cuanto a la democracia en Estados Unidos, la opinión de la élite la ha considerado una peligrosa amenaza, que hay que prevenir. El bienestar de los soldados es motivo de preocupación, ¡pero no el principal! En lo referente al bienestar de la población aquí, basta con echarle un vistazo a la política doméstica. Por supuesto, estos asuntos no pueden ser completamente ignorados, ni siquiera bajo dictaduras totalitarias, y mucho menos en sociedades en que la lucha popular ha ganado considerable libertad.
¿Por qué la ocupación ha sido semejante desastre, también según la perspectiva de la élite? ¿Hubiera sido mejor contar con más soldados inicialmente? ¿Fue un error disolver el ejército y disponer la ‘desbaathificación’?

Si estas y otras disposiciones fueron equivocadas, ¿por qué se falló? ¿Por qué las solicitudes de retiro provienen no sólo de quienes se opusieron a la guerra, sino también de élites con agendas de autoservicio? ¿Hay diferencias reales?
Hay muchos comentarios de la élite sobre los motivos del desastre, que tiene contados antecedentes históricos.

Vale la pena recordar que los nazis gobernaron con menos dificultad a la Europa ocupada -con civiles, en su mayor parte, a cargo de la administración y la seguridad que los estadounidenses a Irak. Y Alemania estaba en guerra. Lo mismo puede decirse de los rusos en Europa Oriental. Hay muchos otros ejemplos, hasta en la historia de Estados Unidos.

La razón fundamental de la catástrofe, se acepta ahora generalmente, es lo que me contó y escribió, pocos meses antes de la invasión, un alto personaje de una de las principales organizaciones asistenciales, con vasta experiencia en algunas de las más aterradoras partes del mundo. Acababa de presenciar los fallidos esfuerzos de reconstrucción en Bagdad y me dijo que nunca había visto tal despliegue de «arrogancia, incompetencia e ignorancia». Las fallas específicas son temas de una extensa literatura. No tengo nada que agregar y francamente el tópico no me interesa mucho: no más que los errores tácticos de Rusia en Afganistán, el error de Hitler de combatir en dos frentes de guerra, etcétera.

En cuanto a las propuestas de retiro de los círculos elitistas, hay que tener mucho cuidado. Algunos pueden estar tan profundamente adoctrinados que no pueden permitirse pensar sobre las razones para la invasión, o para la insistencia en mantener la ocupación, en cualquier forma. Otros pueden tener en mente técnicas más efectivas de control, volviendo a desplegar fuerzas militares estadounidenses con bases en Irak y en la región, cerciorándose de controlar la logística y el apoyo para fuerzas colaboracionistas en Irak, así como para el predominio aéreo, como ocurrió con buena parte de la devastación de Indochina, después de que la comunidad mercantil se declaró en contra de la guerra etcétera.

¿Cuál ha sido el impacto del movimiento antibélico sobre la política y sus inspiradores? ¿Las decisiones de las élites hubieran sido diferentes si no hubiera habido ese movimiento?

Comparada con la de la era vietnamita, esta guerra parece tener más importancia; sin embargo, el apoyo de la élite se está tambaleando más rápida y profundamente. La oposición, ahora, es menos militante y apasionada, aunque parece de mayor alcance.

¿Cuál es su posición?

Es difícil emitir un juicio sobre el impacto en la política. En el caso de Indochina, hay un proceso interno; en el de Irak, no; así en este caso prima la subjetividad.

Hay que tener cuidado al comparar las dos guerras. Son de carácter muy diferente y las condiciones han cambiado mucho. Las guerras en Indochina comenzaron poco después de la Guerra, cuando la administración Truman resolvió respaldar los esfuerzos de Francia para reconquistar su ex colonia. Estados Unidos bloqueó entonces un arreglo diplomático y estableció un brutal y corrupto estado clientelista en Vietnam del Sur, el cual suscitó una resistencia que no pudo controlar, ni siquiera después de matar a decenas de millares. Hacia 1961, la administración Kennedy decidió atacar directamente.

En pocos años, Vietnam del Sur quedó devastado y en 1965 la administración Johnson expandió la guerra hasta el norte, con la esperanza de que Hanoi presionara a la resistencia survietnamesa para que desistiera, y envió así mismo a miles de soldados para ocupar a Vietnam del Sur. Durante este prolongado período, virtualmente no hubo protesta, o fue tan pequeña que muchos ignoraban que Kennedy atacó abiertamente a Vietnam del Sur en 1962. La guerra fue impopular; tanto que consejeros de Kennedy trataron de reducir el papel de Estados Unidos, pero únicamente -como Kennedy insistió hasta el fin- después de la victoria.

En octubre de 1965, la primera manifestación contra la guerra, en la liberal Boston, fue desbaratada por una contramanifestación, que contó con el apoyo de los medios liberales. Para entonces, la guerra había ido más lejos aún que la invasión a Irak, en escala y violencia. A Irak lo consume la violencia hoy, pero es radicalmente diferente de la de Indochina, donde Estados Unidos libraba una guerra criminal contra la población en general, que apoyaba la resistencia survietnamesa, como los expertos de Estados Unidos sabían muy bien, y lo informaban, a veces hasta públicamente.

En forma tardía, se desarrolló un significativo movimiento antibélico, entre 1967 y 1968, llegándose a la resistencia directa; pero vale la pena recordar cuánto se demoró esto y cuánto más horrendas fueron las acciones de Estados Unidos en Vietnam que en Irak. Hasta en su clímax, el movimiento antibélico se concentró en el bombardeo del norte, y la oposición de la élite se límitó a eso, por las amenazas contra el poderío y los intereses de Estados Unidos que implicaba extender la guerra hasta el norte, donde había embajadas extranjeras, barcos rusos en el puerto de Haiphong, una carretera china que atravesaba a Vietnam del Norte, un poderoso sistema defensivo antiaéreo, etc.

La destrucción de Vietnam del Sur, el principal objetivo, pasó con mucho menor protesta y fue considerada relativamente barata. El gobierno lo reconoció así. Como ejemplo, los registros internos revelan que el bombardeo de Vietnam del Norte fue meticulosamente planeado, por los temidos costos. En cambio, se prestó escasa atención al mucho más intenso de Vietnam del Sur, que ya era desastroso en 1965, cuando fue abruptamente intensificado, y hacia 1967 llevó al más respetado especialista en Vietnam y analista militar, Bernard Fall (ninguna paloma) a preguntarse si la sociedad sobreviviría como entidad histórica y cultural bajo el asalto.

A diferencia de lo ocurrido con Vietnam, hubo protestas masivas contra la invasión a Irak, incluso antes de que fuera oficialmente emprendida y la oposición ha seguido siendo alta, mucho más que durante las correspondientes etapas de la invasión a Vietnam del Sur.

Volviendo a lo que estaba en juego, los pretextos para la guerra en Indochina eran colosales: enfrentar la conspiración chino-soviética para la conquista del mundo. La casi locura de los consejeros de Estados Unidos, desde los ‘sabios’ de la administración Truman hasta los tiempos de Eisenhower y «los mejores y más brillantes» de Camelot, fue extraordinaria, particularmente en lo relacionado con las imágenes que forjaron de la China, variándolas según las circunstancias.
Lo que estaba en juego era significativo, y la victoria de Estados Unidos no era de poca monta, y los pretextos urdidos, y aparentemente creídos, no eran simplemente significativos, sino colosales. Los intereses en Iraq son enormes también, pero no es del todo claro que superen a los en Indochina. Y su carácter es muy diferente.

A pesar de la inflamada retórica de Eisenhower y otros, los recursos vietanamitas eran de limitado interés, mientras que en Iraq son de avasalladora importancia. Estados Unidos habría podido satisfacer sus más importantes propósitos bélicos en Vietnam, destruyéndolo sencillamente; pero ello no reza con Iraq, que tiene que ser controlado, pero no destruído. Y mientras hubo preocupación por el «efecto viral» en Vietnam, éste nunca se consideró en Iraq.

Mirando más de cerca los movimientos antibélicos en ambos casos, realmente ha sido mayor en el caso de Iraq, que en cualquier etapa de la guerra en Indochina. Aún más: este país ha cambiado significativamente como resultado del activismo de los años sesenta y sus consecuencias. El movimiento contra la guerra en Vietnam, cuando al fin se desarrolló, no se «diluyó» ante la amplia gama de preocupaciones de los activistas hoy. Puedo decirlo fácilmente, aún apelando a mi propia experiencia.

Consideremos apenas las charlas. A fines de los años sesenta, casi todas las solicitudes eran sobre la guerra de Vietnam. Hoy, sólo una fracción versa sobre la guerra en Iraq, no porque ésta carezca de importancia, sino porque hay muchas otras preocupaciones, vívidas y urgentes. Algo más: el diluvio de invitaciones es de mayor escala, sobre toda clase de asuntos, que casi no se discutían hace 40 años y las audiencias son mucho mayores y más comprometidas.

Hay muchos factores que distraen del activismo, como la enorme cantidad de energía del ‘Movimiento de la Verdad del 9/11’. Puede haber una impresión de un menor activismo antibélico hoy, que cuando Vietnam, pero eso genera confusión, aunque la protesta contra la guerra en Iraq sea mucho menor de lo que merece la magnitud de los crímenes.

¿A qué política pueden apelar ahora los halcones? ¿A qué opciones les gustaría apuntarse, si les fuera posible? ¿Figura el retiro en la baraja? ¿El retiro provocará una guerra civil peor? ¿Implicará la victoria de los ‘baathistas’ o de los fundamentalistas? ¿Cuál sería el efecto en cualquier caso? Si no hay retiro ahora, impuesto por la oposición o buscado por algunas élites, o por unos y otros, ¿cuál cree que será la política?

Una política posible para los planificadores de Estados Unidos es aceptar la responsabilidad de los agresores, en general: pagar reparaciones masivas por sus crímenes ayuda no, sino reparaciones y acatar la voluntad de las víctimas. Pero estas ideas están más allá de toda consideración o comentario, en sociedades con una mentalidad imperialista arraigada profundamente, y con una clase intelectual altamente adoctrinada.

Gobierno y comentaristas conocen bastante la voluntad de las víctimas, según encuestas de agencias de Estados Unidos y Occidente. Los resultados son muy consistentes. Ahora mismo, cerca de dos tercios de los habitantes de Bagdad quieren que Estados Unidos se retire inmediatamente y cerca del 70 por ciento de los iraquíes quiere un calendario definitivo para el retiro, en un año o menos: eso significa pocentajes mucho más altos en el Irak árabe, donde los soldados están desplegados en realidad.

El 80 por ciento (incluídas las áreas kurdas) cree que la presencia de Estados Unidos incrementa la violencia y casi el mismo porcentaje que intenta conservar bases militares permanentes. Estas cifras crecen regularmente.

Como es norma, se desecha casi por completo la opinión iraquí. Los planes actuales pretenden incrementar el nivel de las fuerzas estadounidenses en Bagdad, donde la gran mayoría de la población no quiere verlas. El informe Baker-Hamilton ni siquiera mencionó los puntos de vista iraquíes sobre el retiro. No porque les faltara información; citaron las mismas encuestas en asuntos de importancia para Washington, especialmente sobre apoyo para afrontar los ataques contra los soldados estadounidenses (considerados legítimos por el 60 por ciento de los iraquíes), con el objeto de allegar recomendaciones sobre el cambio de táctica.

Lo mismo, poco importa la opinión de Estados Unidos no sólo sobre Irak, sino también sobre la crisis en ciernes con Irán. El 75 por ciento (incluído el 56 por ciento de los republicanos) está a favor de entablar mejores relaciones con Irán y rechazan las amenazas. Eso escasamente figura en consideraciones o comentarios, como tampoco los afectan las grandes mayorías que están a favor de entablar relaciones con Cuba. La opinión de la élite es profundamente antidemocrática, aunque pródiga en una elevada retórica sobre amor a la democracia y a sus mesiánicas misiones. En eso no hay nada nuevo ni sorprendente, ni es exclusividad de Estados Unidos.

En cuanto a las consecuencias del retiro, tenemos el derecho de emitir nuestros juicios personales, todos ellos tan desinformados y dudosos como los de la inteligencia estadounidense. Pero no importa. Lo que cuenta es lo que piensan los iraquíes. O, mejor: es lo que debiera contar y es mucho lo que aprendemos sobre el carácter y el nivel moral de la cultura intelectual reinante del hecho de que la cuestión sobre lo que las víctimas quieren, escasamente se menciona.

¿Cuáles son las probables consecuencias de las diversas posturas que han aparecido, como: a) las recomendaciones del comité Baker-Hamilton; b) la propuesta de Peter Galbraith-Biden-Gelb, de dividir a Irak en tres países independientes?

Las recomendaciones son, en parte, un catálogo de buenos deseos: ¿no sería excelente que Irán y Siria ayudaran? Las recomendaciones son tan evasivas que resultan insignificantes. Así, los soldados combatientes deben reducirse, a menos que se necesiten para proteger a los demás soldados: por ejemplo, los incorporados en unidades iraquíes, donde son vistos como legítimos blancos.

Ocultas en el informe están las esperadas recomendaciones para permitir que las corporaciones (sobre todo las de Estados Unidos e Inglaterra) controlen los recursos energéticos. No se discute porque a lo mejor se considera que no conviene debatirlo en público. Hay unas cuantas palabras para recomendar al presidente que anuncie que no pretendemos una presencia militar permanente allí, sin fijar un límite. Así se presenta todo lo demás.

En contraste, ¿cuál cree que debería ser la política? Suponiendo sincera preocupación por la democracia, por la población necesitada y que el derecho y la justicia inspiraran una toma de decisiones, o que la voluntad de una oposición antibélica se impusiera, ¿qué se vería obligado a hacer Estados Unidos?

Me parece obvio. La política tendría que ser la de todos los agresores: 1) pagar reparaciones, 2) acatar la voluntad de las víctimas, 3) hacer que respondan las partes culpables, según los principios de Nuremberg, la Carta de la ONU y otros instrumentos internacionales incluso la Ley de E.U. Contra los Crímenes de Guerra, antes de que ésta fuera desvirtuada por la Ley de Comisiones Militares, una de las más vergonzosas disposiciones legislativas de toda la historia de Estados Unidos.

No hay principios mecánicos en los asuntos humanos, pero éstas son guías plausibles. Una propuesta más práctica es procurar el cambio sustancial de la sociedad y la cultura domésticas, de suerte que lo que debe hacerse se convierta, al menos, en tema de discusión. Es una ingente tarea, no sólo en cuanto a esto, pero la oposición de la élite es más feroz que la del público raso.

Tomado de Yahoo.com vía El tiempo.com
Traducción de Luis E. Guarín G.

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