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En torno al Sínodo de la Amazonía (X): La conversión sinodal -- Rufo González

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Sinodo Amazonia“La Iglesia de hoy necesita una conversión a la experiencia sinodal”
“La sinodalidad, forma específica de vivir y obrar de la Iglesia”
El capítulo V del Documento de la Asamblea Especial para la Región Panamazónica aborda los “Nuevos caminos de conversión sinodal” (n. 86-119). Una cita del cuarto evangelio preside el capítulo : “Yo en ellos, y Tú en Mi, para que sean perfeccionados en unidad” (Jn 17,23). La fe cristiana exige la unidad de Espíritu que es “uno y el mismo en la Cabeza y en los miembros” (LG 7).

El Espíritu de Jesús da conciencia: “en comunión y participación buscamos los nuevos caminos eclesiales, sobre todo, en la ministerialidad y sacramentalidad de la Iglesia con rostro amazónico” (n. 86). El Documento argumenta la sinodalidad en tres bases: la iglesia del Nuevo Testamento, el Vaticano II, y el texto de la Comisión Teológica Internacional: “La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia”, aprobado por la Congregación para la Doctrina de la fe, con el parecer favorable del Santo Padre, el 2 de marzo de 2018.

La Iglesia sigue a Jesús como “camino” de vida acompañada por el Espíritu de Dios. Los cristianos son reconocidos como “los que pertenecían al Camino” (Hech 9,2), porque “habían sido instruidos en el Camino del Señor” (He 18,25; 19,9.23; 22,4; 24,14.22). Este camino es la fraternidad de los hijos de Dios en el Espíritu de Jesús. Camino en comunidad, como aparece continuamente en los Hechos de los Apóstoles (He 1,14ss; 2,42; 4,23..). “Con-camino” (“sin-hodo” en griego) fue el primer Concilio de la Iglesia: “los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron… hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…” (He 15, 22.28). Pablo diría que todos los cristianos son el cuerpo de Cristo (1Cor 12,12); todos deben caminar juntos como los miembros de un mismo cuerpo.

Esta sinodalidad se fue deteriorando a través de los siglos. Servidores de la Iglesia se creyeron ser ellos solos la Iglesia. Se parte en dos la Iglesia: el grupo minoritario se organiza en escala de poder, y el mayoritario queda reducido a masa que sólo asiente y recibe. La jerarquía se apropia del nombre de “clero” (herencia o suerte de Dios), e incluso del nombre de “iglesia”. El pueblo es bautizado sin conocer, asentir y valorar su bautismo. El clero es “consagrado” por el sacramento del Orden -sin constancia alguna en la vida de Jesús-, elevado por encima del bautismo. Se pierde la conciencia del sacerdocio común, el de Jesús, el fundamental. Y brilla el sacerdocio ministerial como principal y único en consideración social.

El clericalismo -avivado por el traje distintivo y separador, la exigencia del celibato y el poder pleno y absoluto en la parroquia, en la diócesis, en la Iglesia universal- invade la Iglesia. Papa, obispo y párroco serán tres grados de poder absoluto. Sólo ellos ostentarán la capacidad real decisoria en su nivel en toda la Iglesia. El pueblo, la gran masa de fieles, sólo oye, ve, calla, obedece. Este sencillo esquema ha estado vigente durante siglos en la Iglesia.

El Vaticano II renueva la Iglesia: “La sinodalidad caracteriza también la Iglesia del Vaticano II, entendida como Pueblo de Dios, en igualdad y común dignidad frente a la diversidad de ministerios, carismas y servicios” (n. 87).

La Comisión Teológica Internacional, citada por el Documento amazónico (n 87), concreta: “Aunque el término y el concepto de sinodalidad no se encuentren explícitamente en la enseñanza del Concilio Vaticano II, se puede afirmar que la instancia de la sinodalidad se encuentra en el corazón de la obra de renovación promovida por él. En efecto, la eclesiología del Pueblo de Dios destaca la común dignidad y misión de todos los bautizados en el ejercicio de la multiforme y ordenada riqueza de sus carismas, de su vocación, de sus ministerios.

El concepto de comunión expresa en este contexto la sustancia profunda del misterio y de la misión de la Iglesia, que tiene su fuente y su cumbre en el banquete eucarístico. Este concepto designa la “res del Sacramentum Ecclesiae”: la unión con Dios Trinidad y la unidad entre las personas humanas que se realiza mediante el Espíritu Santo en Cristo Jesús. La sinodalidad, en este contexto eclesiológico, indica la específica forma de vivir y obrar (modus vivendi et operandi) de la Iglesia Pueblo de Dios que manifiesta y realiza en concreto su ser comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asamblea y en el participar activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora” (CTI, La sinodalidad…, n. 6-7).

“La Iglesia de hoy necesita una conversión a la experiencia sinodal”, afirman los Padres sinodales: “cultura de diálogo, de escucha recíproca, de discernimiento espiritual, de consenso y comunión para encontrar espacios y modos de decisión conjunta y responder a los desafíos pastorales… Urge caminar, proponer y asumir las responsabilidades para superar el clericalismo y las imposiciones arbitrarias. La sinodalidad es una dimensión constitutiva de la Iglesia. No se puede ser Iglesia sin reconocer un efectivo ejercicio del `sensus fidei´ de todo el Pueblo de Dios” (n. 88). Esta conclusión pastoral debería ser preceptiva para todo responsable de cualquier comunidad cristiana: diálogo, discernimiento, consenso, comunión, decisión conjunta. Esta es la verdadera corresponsabilidad eclesial. Lo contrario es clericalismo.

“Espiritualidad de comunión sinodal bajo la guía del Espíritu” (89-90). Los Padres sinodales están convencidos de que ellos continúan la sinodalidad del “Concilio apostólico de Jerusalén” (cf. Hech 15; Gal 2,1-10). Ellos sienten que el Espíritu les acompaña y guía (n. 89). Han hecho un discernimiento comunitario (“centro de los procesos y acontecimientos sinodales”), interpretando desde el evangelio los signos de los tiempos en la Amazonía (n. 90).

Este saberse acompañados y guiados por el Espíritu exige unas actitudes básicas en todos los niveles eclesiales: “respeto a la dignidad y la igualdad de todos los bautizados y bautizadas, el complemento de los carismas y los ministerios, el gusto de reunirse en asambleas para discernir juntos la voz del Espíritu” (n. 91).

Estas actitudes pueden conducir a estructuras eclesiales variadas según la cultura donde arraiga el Evangelio. En Amazonía, las formas de ejercitar la sinodalidad deben ser “variadas, descentradas, respetuosas y atentas a los procesos locales”, vinculadas con las iglesias locales y la Iglesia universal. Lo que no debe faltar es la “especial atención a la participación efectiva de los laicos en el discernimiento y en la toma de decisiones, potenciando la participación de las mujeres” (n. 92).

Este camino es crucial para la Iglesia. Los Padres del Sínodo amazónico han puesto el dedo en la llaga. Convertirse a la sinodalidad no es fácil para muchos, sobre todo para la jerarquía (obispos y presbíteros). Excesivo tiempo el clero siendo el centro y la totalidad responsable de la Iglesia. Es cierto que todos somos culpables. Pero mayor responsabilidad tiene el clero alto y bajo. Más responsables el “alto”, los obispos. Son muy responsables de la parálisis del Pueblo de Dios. Han transigido con la estructura eclesial trasnochada y la teología miedosa, dedicada a justificarla. No han querido confrontarla con el Evangelio.

Por ello, la mayoría episcopal, con equipos de pastoral a su imagen y semejanza, son incapaces de responder a los signos de los tiempos. No se atreven a proponer soluciones evangélicas al margen de las leyes canónicas. Están maniatados por el Código, por pautas “tradicionales”, actitudes sumisas, miedo a los problemas… Este Sínodo y el “Camino sinodal” de la Iglesia alemana ahora son una bendición del Espíritu. Ambos buscan la reforma pastoral y estructural de la Iglesia. Ambos tratan sobre la participación, el poder en la Iglesia, los servicios y ministerios, el celibato opcional y la discriminación ministerial de las mujeres.

Leganés, 30 enero 2020

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