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En la muerte de Isabel, abuela querida, de 89 años -- Benjamín Forcano

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Resucitó
“¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?”
La muerte nos hace entrar más en la vida
Nuestra civilización, hermanos y amigos, no nos prepara para mirar a la muerte, mirarla con serenidad y esperanza. Es un despropósito, por supuesto, hablar de la muerte a los jóvenes. Cuando ellos están comenzando a vivir, llenos de vida e ilusiones, es lógico que encuentren incómodo que se les hable de la muerte. No es la edad ni el momento.
Pero no me refiero a eso. La cultura, que nosotros recibimos, nos oculta la muerte, la teme. Como si la muerte fuera un enemigo en nuestra vida, como si entrara en nosotros como un rayo demoledor que desbarata todos nuestros planes.

La muerte es lo que es: un acto más de nuestra vida, el último, que pone al manifiesto nuestra nuestra fragilidad, nuestra finitud y la evidencia de que la vida no es nuestra.. La vida se nos da y es Otro quien manda en ella, aunque nosotros tengamos que realizarla personalmente. Somos mortales. ¡Por naturaleza!

Es esta la primera lección que todo el mundo aprende: nadie escapa a la muerte, más tarde más temprano, más joven más viejo, de una u otra manera. Lo vemos a diario.
Cuando avanzamos en la edad, cuando el cuerpo comienza a resentirse, cuando la enfermedad nos va abriendo brechas, ya la vemos con más naturalidad. Y, no por eso, la gente mayor se entristece, se pliega de brazos ni renuncia a seguir viviendo.

¡Lo hemos visto en tanta gente, en tantas personas cercanas…! Lo vemos hoy en Isabel. Esta mujer jamás dimitió de la vida, jamás se inhibió, jamás pensó que no valía la pena vivir, ella a sus 89 años, sabía muy bien lo que eran privaciones, luchas, sufrimientos. ¡Qué energía, qué pasión, qué fidelidad! Como una chavala trataba de hacer agradable la convivencia, cuidaba de que los que estaban a su lado fueran felices. Le faltaba tiempo, quería ser parte activa, podía y quería manifestar que con ella no iba la pasividad, el abatimiento, la tristeza. Había que frenarla. ¡Qué grandeza de mujer!

– Isabel, te voy a hablar con el cariño que tú sabes te tengo. Porque tú me escuchas, no has muerto, has cerrado los ojos para abrirlos a la vida en plenitud, tu corazón se ha parado, porque nuestra vida tiene un plazo, se gasta , ha agotado sus recursos y llega un momento en que se produce el transplante o, lo quew es lo mimso, la continuidad de la vida en otra dimensión ya no perecedera, ya no sometida a males y privaciones, ya libre de todas miserias, ya feliz, ya eternamente libre y dichosa.

Dios, el principio, el sostén, la inspiración y meta de nuestra vida ha visto que habías concluido tu misión, te ha reclamado, te has ido hasta El, has llegado y te ha recibido, te ha abrazado, le has emocionado, te ha estrechado con el más grande de sus amores, y te ha dicho: -Isabel, te estaba esperando. Te ha besado y le has hecho feliz . ¡Venid, benditos de mi Padre!

Un ejemplo, el de Isabel, de cómo vivir sin temor a la muerte.
La muerte sirve para poner las cosas en su lugar.
La muerte no frena las ganas de vivir, el entusiasmo por la vida, la lucha por mejorar este mundo.

Pero sí que la muerte trunca las ansias de quienes piensan vivir con egoísmo, sin preocuparse de los demás, acumulando fortunas, poder, privilegios que repercuten en sufrimiento de muchos y que piensan que ese su poder va a durar para siempre. La muerte llega a ellos, a sus sueños, como hacha que les hiere de raíz.

¡Cuántos harían bien en contemplar la muerte como un propio, para no endiosar nada, para no absolutizar nada, para no desasosegarse, pelearse y llegar incluso a la muerte por cosas insignificanates! La muerte les dice que no se desvivan por tantas cosas fútiles sin saber luego vivir con dignidad, solidaridad y libertad.

¡La muerte! Acérquense a ella, ricos y potentados, políticos, banqueros, los grandes de toda suerte , los opresores de la sociedad y les dirá que no, que por ahí no se consigue más vida, más libertad, más grandeza, más felicidad, les dirá que dejen de vivir sin sentido, pues la vida no es un intervalo más o menos duradero para divertirse, tener, sobresalir y dominar.

La muerte les dirá que la vida es bella, que es otra cosa, que precisamente porque es corta hay que vivirla bien, sacando lo mejor de uno mismo para crear bien y felicidad, para ejercer solidaridad, para acercar el corazón a los más necesitados, para practicar el amor. Eso, el amor, es lo más grande, acaso lo único absoluto: practicar el amor, que exige practicar la justicia, respetar al otro, aceptarlo, tener corazón para ser solidarios, porque la vida no acaba en uno mismo, en la propia familia, en los vecinos o en los amigos más cercanos, la vida llega a todos, incluso a los enemigos. Cuando uno deja de amar ya no es él, se empequeñece, se empobrece, reduce su estatura humana y moral. Hay que amar como Dios, padre de todos; hay que amar como Jesús, el Señor y hermano de todos; hay que amar con solidaridad, con ternura, con compasión con los más pobres.

¡Ay, la muerte! Cuántos sueños fatuos deshace, cuántos deseos injustos rompe, cuántos pensamientos equivocados ilumina, cuánta luz comunica, hasta llegar a ella como Francisco de Asís, que la llamaba “mi hermana la muerte”.

Yo creo en la resurrección, yo creo en la vida plena, yo creo en la felicidad eterna, yo creo que no hay dicha más grande que amar a todos, buscando el bien de todos, yo creo que es estúpido romper las relaciones entre unos y otros, que es antinatural no ayudarse, empeñarse en vivir como lobos y no como hermanos, hacer de este mundo un infierno y no un cielo.

Isabel: tú sabes de todo esto, alma limpia, justa, buena, humilde, como lo era también el pausado, tranquilo, sobrio, recio y campero Jesús, tu marido.
Gracias por vuestra vida, gracias por vuestro ejemplo, gracias por vuestra muerte.
Enseñadnos a vivir en paz y en amor.

Acered, 1 de marzo de 2008

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