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EN EL ‘PECADO SOCIAL’ SE ORIGINA LA POBREZA HUMANA. Daniel E. Benadava

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En nuestros días, tiempos en los que la marginación y la exclusión de millones de seres humanos son moneda corriente en nuestras comunidades, la Iglesia tiene el deber evangélico, a partir de las obras y de la divulgación de la Palabra del Señor, de ponerse al servicio de quienes menos tienen. De esta forma, no le es ajeno a la tarea de la Iglesia, bajo la luz del Evangelio, enjuiciar a aquellos sistemas políticos que, a nivel mundial, condenan al Pueblo de Dios a la miseria y el hambre.

Desde hace algunas décadas los » sabios » contemporáneos parecen haber descubierto en el liberalismo la fórmula mágica que sin distinción de raza, color o religión, posee la capacidad de otorgar felicidad, prosperidad y bienestar, a todos aquellos que, sin objeción alguna, la ponen en práctica.

Algunos de los compuestos de esta » fascinante » fórmula son:
* la libertad, derecho fundamental e inalienable de toda persona que se traduce, básicamente, en la facultad que tenemos todos los seres humanos de poder elegir que bienes consumir frente a la inmensidad de objetos que se encuentran a nuestra disposición, o la posibilidad de escoger donde trabajar, frente a las diferentes ofertas laborales existentes en la sociedad;
* la competencia, que supuestamente extrae lo mejor de cada uno, ya que intentando superar al otro, la persona logra mejorarse a si misma, y este proceso, multiplicado en millones de hombres, hace que la humanidad avance en forma constante;
* el mercado, que por obra y gracia de los usos y costumbres modernos, ha dejado de ser el sitio de encuentro donde hombres y mujeres concurren cotidianamente para obtener lo necesario para vivir, para pasar a ser el » templo » donde concurren los ciudadanos, día a día, para realizar transacciones y ascender en la escala social;
* y el consumo que, según muchos dicen, nos permite acceder a bienes siempre nuevos y resplandecientes, a través de la riqueza que logramos acumular, gracias a nuestra » capacidad «, en la libre competencia con nuestros semejantes.

Ahora bien, luego de décadas de haberse puesto en práctica esta » mágica receta » no es necesario tener una gran lucidez intelectual para concluir que cada vez son menos los que acumulan riquezas, y tienen la posibilidad de consumir los bienes y servicios necesarios para mejorar su calidad de vida y, en forma paralela, cada vez son mas quienes, con suerte, reciben las migajas del gran banquete que disfrutan unos pocos.

A pesar de estas cuestiones, resulta penoso ver a muchos cristianos que, si bien con justa razón no dudan en criticar a las sociedades marxistas por ateas y totalitarias, se vuelven timoratos a la hora de rechazar, en forma clara y explícita, las injusticias que se cometen en las sociedades donde se aplican las políticas liberales, ya que las mismas al desregular indiscriminadamente el mercado, eliminar partes importantes de la legislación laboral y reducir los gastos sociales que protegían a las familias de los trabajadores, profundizan el creciente empobrecimiento en el que se encuentran millones de hombres y mujeres, que cotidianamente viven en un contexto de humillante y devastadora miseria – cf. Santo Domingo, 179 -.

Así mismo, también resulta alarmante la postura de muchos cristianos que entienden que no existe relación alguna entre las situaciones de pobreza e injusticia social creadas por el liberalismo y la religión, y » … tienden a reducir el espacio de la fe a la vida personal o familiar, excluyendo el orden profesional, económico, social y político, como si el pecado, el amor, la oración y el perdón no tuviesen allí relevancia … » – Puebla, 515 -. A todos ellos habría que recordarles que » … como la fe exige ser compartida e implica, por lo mismo, una exigencia de comunicación o de proclamación, se comprende la vocación apostólica de los laicos en el interior, y no fuera, de su propio compromiso temporal … » – Medellin, Mov. Laicos, 11 -.

Por estas razones, sabiendo que la Iglesia discierne una situación de pecado social en aquellas sociedades en la que existe un escandalosa y devastadora brecha entre ricos y pobres – cf. Puebla, 128 -; y estando al tanto que la obscena acumulación de riquezas que ostentan unas pocas personas en nuestras comunidades contradice el Plan del Señor, ya que en muchas ocasiones, las mismas fueron fruto de la humillación en la que viven millones por recibir salarios de miseria, y por este motivo, este tipo de fortunas, cosechadas en detrimento de los demás, está podrida, tomada de herrumbre y es fuente de pecado – cf. St. 5, 1-6 -; los cristianos poseemos la obligación evangélica de estar en forma preferencial, pero no excluyente, al servicio de quienes viven en una constante situación de opresión e injusticia social – cf. Mt. 25, 31 – 46 -.

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