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Ellacuría y la «tercera fuerza» -- Héctor Samour

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Prensa Grafica.San Salvador
Profesor-investigador de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas
En este mes se cumplen 29 años del asesinato de Ignacio Ellacuría. Su legado intelectual, moral y político todavía continúa inspirando la misión de la universidad de la que formaba parte, y actualmente es una referencia ineludible de la práctica social cotidiana de mucha gente y de la acción de movimientos sociales en El Salvador y en otros países latinoamericanos, así como también de una amplia producción intelectual de académicos de diversas disciplinas en América Latina, Estados Unidos y Europa.

De sus 22 años de trabajo en la UCA, en sus últimos 10 años como rector, Ellacuría había jugado un rol prominente en organizar y orientar todo el poder institucional de la universidad, a través de su investigación, docencia y proyección social, y de todas sus publicaciones, hacia el análisis de las causas de la pobreza y la exclusión en El Salvador. Además, Ellacuría tuvo una importante presencia pública en los medios de comunicación denunciando las causas estructurales del conflicto armado, los fraudes electorales, la represión militar contra las organizaciones populares y los agentes de las comunidades eclesiales de base, el cierre de las vías pacíficas para acceder al control del poder político y la violación de los derechos humanos.

Junto a esta labor de denuncia y crítica, Ellacuría también se involucró tenazmente en la búsqueda de la solución negociada del conflicto armado. Su voz y presencia pública, sus diálogos con representantes de las fuerzas gubernamentales e insurgentes, su apoyo a la realización de un debate nacional por la paz en el que participaran organizaciones de la sociedad civil no alineadas con alguna de las partes contendientes, entre otras acciones personales que emprendió, estaban orientadas fundamentalmente al objetivo último de la paz.

En este contexto, fue muy importante su tesis de la «tercera fuerza», que la lanzó públicamente en 1986. Ellacuría sostenía que a pesar de que ambas partes se habían reestructurado y fortalecido para conseguir sus objetivos político-militares, ninguna de ellas había conseguido debilitar a la otra; por el contrario, se habían potenciado. Si esto era así, era necesario hacer algo cualitativamente nuevo que no fuera en la línea de robustecer a una de las partes en disputa. ¿Por qué no aprovechar la fuerza de la sociedad –la tercera fuerza– para obligar a concluir la guerra, para definir medidas provisionales que atenuaran los daños y para encontrar puntos fundamentales de acuerdo para empezar a resolver las causas estructurales que le dieron origen? Ellacuría no proponía un tercer partido político que entrara en la contienda ni mucho menos una «tercera vía», sino que estaba apelando a la fuerza de la sociedad civil con el fin de que, en un proceso negociador, esta fuerza de la sociedad ejerciera presión para finalizar el conflicto armado y democratizar el país.

Posteriormente, entre 1990 y 1991, cuando ambas partes en lucha empezaron a caer en la cuenta no solo del empate militar, sino también de la presión abrumadora del pueblo salvadoreño a favor de la paz y de la necesidad de un acuerdo negociado, la tesis de la tercera fuerza de Ellacuría empezó a cobrar realidad y mostraba la racionalidad de su propuesta, que en el momento que él la formuló, no fue valorada adecuadamente por las fuerzas contendientes. Al final, el tiempo le dio la razón, con la firma de los acuerdos de paz en 1992.

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